Descubrimiento en Egipto

Creíamos que sí, pero Tutankamón no está solo

Utilizan rayos cósmicos en las tumbas de los faraones y han encontrado salas en las que nadie ha entrado jamás. Pueden esconder el tesoro de Keops y el cuerpo de Nefertiti.

José Miguel Parra - 18/11/2016


Un año es lo que llevan ya estas partículas elementales (imposible descomponerlas en otras más sencillas) ayudando a los egiptólogos a averiguar si la gran pirámide de Guiza oculta nuevas cámaras. Los muones, entrometidas partículas, se crean en la alta atmósfera cuando los rayos cósmicos golpean a los átomos que por allí rondan. Pese a su cortísima vida de 2,2 microsegundos se mueven con tanta velocidad que algunas acaban llegando hasta la superficie terrestre atravesando todo lo que encuentran a su paso –nosotros incluidos– de forma inocua, eso sí. Algunos de ellos vienen tan lanzados que terminan por penetrar cientos de metros en la roca antes de fenecer, y esa particularidad es la que han utilizado los físicos para buscar bajo las piedras en Egipto.

Llegan a tierra a razón de un muón por centímetro cuadrado y por minuto, a nivel del mar. Sabemos este dato. También conocemos el material que compone la tumba de Khufu (o Keops, en griego). Está levantada en caliza, con granito en algunos puntos. Además, hay que tener en cuenta su forma (pirámide cuadrada de 146,6 m de altura y 230 m de base) y los huecos que posee. Con esto es posible hacer un cálculo teórico de la cantidad de muones que acabarán llegando a puntos concretos del edificio en un periodo de tiempo determinado.

¿Qué ha pasado cuando los científicos han hecho recuento de muones tras los muros de la Gran Pirámide? Pues que han encontrando discrepancias de calado suficiente como para hacerles sospechar que hay más huecos de los conocidos hasta ahora. En concreto, parecen haber encontrado un pasillo que nace justo detrás de los cuatro gigantescos dinteles a doble vertiente que protegen la entrada de la gran pirámide de Guiza, la «barca funeraria» del faraón Keops. El siguiente paso es intentar definir mejor ese “hueco”, averiguando su posición y dimensiones; para ello se van a colocar placas con película sensible a los muones en puntos estratégicos de la pirámide. Veremos qué nos depara la siguiente cosecha.

Una gran noticia, sin duda, digna del bombo que le está dando el Ministerio de Antigüedades egipcio con la sana intención de mantener al país en
la mente de todos y recuperar una parte de los turistas perdidos. La existencia teórica de ese posible hueco y el uso de los rayos cósmicos para detectar cámaras escondidas en una pirámide no son algo nuevo en Egipto.

Encendida la “cámara de chispas”

En 1968, el mismo año en el que ganó el Premio Nobel de Física, Luis Walter Álvarez comenzó un experimento para detectar posibles huecos en la pirámide de Khaefre (el Kefrén de los griegos) utilizando una «cámara de chispas» donde, en película sensible a los rayos X, recogió... ¡muones!

La intención del estudio era comprobar si, como sospechaba Álvarez, en la pirámide de Khaefre había una cámara más en el núcleo del edificio. El físico consideraba que quizá este faraón había copiado la estructura de la tumba de su padre, la gran pirámide, e incluido en ella una cámara por encima del nivel del suelo. Desgraciadamente, los equipos de esa época no eran tan sensibles como los actuales, ni los ordenadores tan potentes. Al final solo pudieron estudiar el 19 % de la pirámide. No encontraron ninguno hueco y por diversos motivos el experimento no pudo continuar... Hasta hoy, cuando los muones han detectado en la pirámide contigua un posible hueco cuya existencia teórica ya se conocía desde ¡1987!

Fueron dos arquitectos franceses, Gilles Dormion y Jean-Patrice Goidin, quienes en su visita a la pirámide de Keops detectaron algunas anomalías arquitectónicas que solo se explicaban si hubiera más habitaciones y huecos escondidos en la sillería.

En el corredor hacia la Cámara de la Reina les chocaron unos bloques cuya línea de descarga se continúa de uno a otro, en vez de quebrarse para repartir mejor la presión, como se hace para fortalecer el edificio. Esto les llevó a sospechar que detrás de los sillares había unas cámaras desconocidas. Realizadas tres microperforaciones estancas en el punto adecuado, encontraron un hueco relleno de arena de cuarzo.

Otra anomalía la detectaron encima de la Cámara del Rey, pues descubrieron que las cámaras de descarga no realizan tal función. Sospecharon entonces que elevar la bóveda tan por encima de la cripta de Khufu tenía como motivo descargar de presiones una zona amplia, donde estaría situada la verdadera cámara funeraria, aún por descubrir. Según ellos, el comienzo del acceso a esa segunda cámara se encontraría detrás de los dinteles que cubren la entrada a la pirámide; es decir, justo donde los muones sugieren que hay un hueco. Allí se encontraron, en vez de un aparejo de sillería compacto, una serie de grandes losas de piedra que no están incrustadas en la mampostería del edificio. Este detalle las convierte en «movibles» y permite identificarlas como rastrillos obturadores.

Inmediatamente después de los franceses, un equipo de la Universidad de Waseda (Japón) dirigido por Sakuji Yoshimura utilizó un escáner electromagnético para detectar huecos en el monumento de Khufu... ¡y vaya si los encontró! En la zona del corredor de la Cámara de la Reina donde los franceses habían estada horadando, a 1,5 m por debajo del suelo detectaron una cavidad de entre 2,5 y 3 m
de profundidad. Más espectacular resulta que, a 3 m de distancia de la pared norte de la Cámara de la Reina, detectaron una cavidad de 1 m de anchura por 1,5 de altura y ¡30 m de longitud! Es muy posible que se trate de un corredor paralelo al ya conocido. Es más, seguramente tenga que ver con el hueco descubierto por Dormion mediante el estudio de georradar (realizado por Jean-Pierre Baron) situado bajo la Cámara de la Reina.

Prohibido el paso

Por desgracia, un funcionario no permitió realizar una miniperforación para comprobar mediante un endoscopio si los japoneses habían descubierto un nuevo corredor en la pirámide, e impidió también que se averiguara la existencia de estos nuevos huecos. Me refiero a Zahi Hawass, quien, sin embargo, no tuvo problemas en hacer esas miniperforaciones cuando era él quien salía en la tele como jefe de pista. Para que no quepan dudas sobre el buen ojo de Dormion, conviene saber que ese mismo año 2000 detectó algunas anomalías arquitectónicas en la pirámide de Meidum que le sugirieron la existencia de nuevas cámaras y cuya existencia se comprobó poco después mediante una miniperforación y un endoscopio.

Los huecos lógicos

Esnefru construyó dos pirámides gigantescas en Dahshur, justo al sur de Sakkara: la Romboidal y la Roja. La primera posee una característica única, porque sus pendientes exteriores vienen acompañadas en el interior del edificio por una estructura doble. Se trata de dos conjuntos de pasillos y cámaras funerarias independientes, con entradas separadas por la cara norte y la cara oeste, respectivamente. Siendo así, no tendría nada de extraño que su hijo y sucesor, Khufu, hubiera decidido incorporar una distribución similar a su propio mausoleo. Esto explica a priori la presencia de esos corredores y cámaras desconocidos. En uno de los cuales, quién sabe, incluso podría reposar todavía el cuerpo embalsamado del faraón. Dada la pobreza de las tumbas de cortesanos del Reino Antiguo que se han encontrado intactas hasta ahora –el difunto aparece enterrado de forma bastante sencilla y con escaso ajuar funerario–, resulta difícil especular sobre el tipo de objetos que podrían encontrarse en enterramiento real. Lo más interesante sería descubrir que Khufu, un gran amante de la lectura, se mandó enterrar con su biblioteca particular. A ser posible, ya puestos a soñar, acompañado también por una copia de los planos de su tumba y varias estatuas suyas que complete la única y diminuta –7,5 cm de alto en marfil– que se conoce.

La Gran Pirámide no es el único monumento donde las últimas tecnologías ayudan a los arqueólogos a desentrañar incógnitas del pasado faraónico. Eso sí, partiendo siempre de un análisis previo, como es el caso de la tumba de Tutankamón. Estudiando una serie de fotografías a máxima resolución (realizadas por FactumArte para construir la réplica de la tumba), a Nicholas Reeves le pareció detectar en las paredes norte y oeste de la tumba unas casi inapreciables marcas verticales, señal de huecos condenados, cuya existencia y posición coincidiría con lo que cabría esperar en una tumba real de finales de la XVIII dinastía. También el Instituto Getty de Conservación descubrió que la decoración de la pared norte de la tumba está realizada con una técnica diferente a las demás. Las paredes este, oeste y sur constan de una capa de pintura blanca, otra capa de pintura amarilla y, sobre esta, las figuras. En cambio, las de la pared norte se pintaron sobre un fondo blanco y, después, el fondo se rellenó de amarillo. Esto significa que fue realizada en un momento posterior a las otras tres.

Juntando estos datos, Reeves ha sugerido que tras esa pared norte continúa el largo pasillo de una tumba real de finales de la época amárnica. Y, dada la relación entre Nefertiti y Tutankamón –la primera posiblemente ascendiera al trono al morir Akenatón y el segundo fue uno de sus sucesores en el trono–, el egiptólogo británico considera que muy bien pudiera tratarse de la tumba de esta reina.

Las mínimas rugosidades que el egiptólogo británico había creído apreciar en las fotografías de alta definición se pudieron apreciar in situ a finales del 2015. Estudios termográficos realizados días después encontraron grandes diferencias de temperatura entre unos puntos de la pared y otros, justamente allí donde se sospechaba de la presencia de huecos condenados. No solo eso, sino que en un punto del techo también parecía apreciarse una línea que sugería una pared artificial, no tallada en la roca de la montaña.

Después llegó el escáner de Hirokatsu Watanabe, un especialista japonés de reconocida solvencia, pues trabajando con Reeves en el Valle de los Reyes descubrió lo que luego se ha demostrado era una tumba nueva, la KV 63. En la tumba de Tutankamón Watanabe empujó la máquina a lo largo de las paredes y afirmó: «Hasta aquí es roca sólida. A partir de aquí hay un cambio».

Unos meses después, en abril del 2016, Eric Berkenpas, ingeniero electrónico en la National Geographic, y Alan Turchik, ingeniero mecánico, realizaron hasta 40 mediciones con dos antenas de radar de diferentes frecuencias que permiten una mayor penetración (hasta 4 m), además de perfilar mejor la profundidad y los rasgos de lo que pudiera encontrarse detrás. Esta vez, por desgracia, la mayoría de los expertos han interpretado el resultado como negativo.

Dean Goodman, creador del programa de análisis de estos datos que utiliza la mayoría, el GPR-SLICE, afirma que si el vacío existiera el reflejo tendría que ser muy llamativo y evidente, lo que no sucede: «Los datos del georradar a menudo pueden ser subjetivos; pero en este caso concreto no lo son”. No obstante, faltan más mediciones y todo sigue en el aire. Los expertos agotarán todas las vías posible para desentrañar qué hay detrás, si hay más tesoros ocultos en Egipto.    


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