Drones 'made in Spain'

En 2015 la industria española de aeronaves no tripuladas está llamada a alcanzar su máxima altura

Andrés Masa - 26/01/2015

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El fuego es un saqueador impenitente. Roba a los prados hasta el color, cuando los desvalija en forma de incendio forestal. A su paso deja un silencio aterrador, un mundo mudo, en blanco y negro, estéril. Pero inspirador. Lo comprobó en primera persona el empresario Francisco Gayá hace casi una década. Cara a cara con el paisaje de rescoldos humeantes, su imaginación dibujó un avión no tripulado, autónomo, capaz de recabar por sí mismo suficiente información como para que los bomberos se adelantaran a la jugada de las llamas. El proyecto tomó forma en la empresa Flightech Systems, la cual preside, y culminó con el FT-ALTEA, un dron de 80 kilos y seis metros de envergadura capaz de volar más de cuatro horas a ciento diez por hora.

El ingenio es como una pequeña avioneta con un sensor infrarrojo, entre otros, que detecta una barbacoa a diez kilómetros de distancia. Con la intervención del ALTEA, los pilotos de los hidroaviones podrían limitarse a descargar sobre los puntos estratégicos sin necesidad de reconocer la zona. La identificación de los nuevos focos sería más precisa, ya que una cámara consigue más resolución visual que el ojo de un aviador. También aportaría rapidez a las tareas de extinción, teniendo en cuenta que tanto la puesta a punto como el arranque del aparato son maniobras más ágiles en este tipo de aeronave que en una convencional.
Y podría volar de noche. Además, ahorraría dinero: solo en 2012, uno de los peores años en cuestión de incendios de los últimos tiempos, España gastó 51,3 millones de euros en 6.608 horas de vuelo.

La industria que quiere volar
No cabe duda de que el uso de drones como el ALTEA modificará para siempre la estrategia actual para extinguir los incendios. Pero también la manera de abordar otros tipos de situaciones peligrosas para los seres humanos: estas aeronaves sirven tanto para medir la radiación de Fukushima sin poner un pie en la zona como para revisar molinos aerogeneradores sin moverse uno del suelo.

Un dron podría hacer de una forma asequible y ultraprecisa un mapa que tuviera hasta 400 capas de información

ALTEA es la número uno de una prometedora generación de aeronaves pilotadas por control remoto, nombre técnico con el que se conoce a los drones (RPA, por sus siglas en inglés). Literalmente. En 2013 se convirtió en el primer dron de Europa en obtener una matrícula para uso civil, un requisito indispensable para máquinas de más de 25 kilos. Puede parecer un hito meramente administrativo; nada más lejos de la realidad. “Por encima de ese peso tienes que estar certificado y los requisitos de seguridad son los mismos que para la aviación comercial”, explica Gayá. “Esto, de manera resumida, consiste en demostrar que la posibilidad de una catástrofe es muy reducida. En concreto, según para qué sistema, de alrededor de 10-7 por ciento”, añade. O sea, del 0,0000001 por ciento.

A diferencia de la mayoría de las empresas que explotan las bondades de esta nueva flota, y a pesar de la dificultad evidente del objetivo, la certificación de la aeronave fue una meta irrenunciable desde el nacimiento de la compañía, en diciembre de 2006. Sus fundadores no erraron el tiro. La empresa promete. Según la previsión de la Comisión Europea, la industria de los drones se hará con el 10 por ciento del mercado aeronáutico en la próxima década, lo que supone unos 15.000 millones de euros anuales. Teniendo en cuenta que en la primera década del milenio los incendios afectaron en España a una superficie similar a la región de Murcia, Flightech Systems está en la primera línea de la parrilla de salida.

 “Al principio no sabíamos la enorme dificultad de certificar un avión, y en el caso de un dron los problemas eran aún mucho mayores, porque era algo que no estaba regulado”, recuerda Gayá. De hecho, el calendario trazado tras una primera reunión con la Dirección General de Aviación Civil resultó ajustarse bastante mal a la realidad. Probablemente, ninguno de los dos tenía claro qué había que hacer exactamente: “Salimos con la conclusión de que era posible un plan de dos años para conseguirlo, con un cálculo de dos millones de euros, y al final han sido siete años y diez millones”. Nadie le quitará el número uno a la matrícula de este dron español. Y muchos recorrerán el camino que ha abierto a base del considerable sobrecoste. Porque la idea popular de que un dron es un juguete, un capricho para aficionados a Instagram, un pasatiempo casi asequible, ha velado una realidad mucho más interesante.

Ya sea bajo la forma de reducidas avionetas, ágiles helicópteros o diminutos amasijos de hélices, incluso dentro de una cápsula que recuerda a un torpedo, un dron esconde un robot llamado a revolucionar la sociedad. Sus alas dibujarán una visión completamente nueva del mundo y aportará exóticas maneras de intervenir en él, más baratas y eficientes.

El cambio será profundo: afectará a actividades tan antiguas como la agricultura y abrirá las puertas a novedosas aventuras, como la exploración y la cartografía de los fondos marinos. Ya está pasando.

Con una década a sus espaldas, CAT UAV es una de las firmas veteranas, a nivel europeo, en explotar las capacidades crecientes de las aeronaves. Opera principalmente con dos líneas de aparatos que se diferencian en el peso. Una de ellas está formada por aeronaves de menos de dos kilos, y la otra de alrededor de doce. El motivo de la segmentación es estratégico: cada grupo aborda distintas tareas, según la ley y sus características, pero ninguno necesita disponer de una certificación tan exigente como la del aspirante a bombero ALTEA. Entre sus variados servicios figura la confección de ortofotomapas, que son fotos que a su vez sirven de mapa, porque cada píxel está justo en sus coordenadas geográficas, como en Google Earth. Es más difícil de lo que parece. Una fotografía aérea normal tiene una serie de distorsiones ópticas que la invalidan como plano. Para que pueda cumplir esa función es necesario tomar varias instantáneas que, una vez solapadas y montadas mediante un proceso informático, configuran una imagen válida. Un cuadro muy peculiar, cuando lo pinta un dron.

El mundo a ojos de un dron
“La batalla tecnológica se está librando en la capacidad de discernir con precisión las distintas longitudes de onda de una imagen”, opina Santacana. Y añade: “De la misma forma que en los años noventa y dos mil la revolución estaba en el incremento de megapíxeles de las cámaras, ahora estamos muy interesados en la hiperespectralidad”. En otras palabras, los modernos sensores de imagen que vuelan acoplados a los drones aportan información imperceptible para el ojo humano. Mucha información: en la misma imagen pueden superponerse hasta, hipotéticamente, cuatrocientas bandas de tesoros ocultos, y las posibilidades que esto permite son de lo más variopinto. Los ojos del dron sirven, por ejemplo, para aportar indicios sobre dónde encontrar las minas que  aún esperan los malos pasos de los inocentes bajo la tierra de Bosnia y Herzegovina.

La policía usa drones para controlar las masas de personas y para acceder al interior de los lugares peligrosos

La empresa catalana ha desarrollado esta capacidad dentro de una iniciativa de la Agencia Espacial Europea para el desminado de la zona. Sus drones elaboran un ortofotomapa del terreno donde trabajará el equipo de tierra, pero no un plano cualquiera. El mapa tiene información de los puntos calientes en los que deberían mirar gracias al estudio de la imagen infrarroja del suelo y de la vegetación. El tipo de luz que las plantas absorben para hacer la fotosíntesis y, por lo tanto, la radiación que reflejan, varía en función de factores insospechados. La proximidad de las viejas minas es uno de ellos, porque los productos químicos que desprenden acaban modificando la salud de la vegetación, aunque no se perciba a simple vista.

Por otra parte, el plástico de las cajas absorbe el calor según un patrón distinto del de la tierra. Además, en el momento de colocar el dispositivo letal, el suelo manipulado queda más compacto, o bien más hueco que el espacio colindante, y eso también puede detectarse mediante una técnica de análisis de imagen adecuada. Con todos estos datos, sumados a la información histórica de dónde podrían estar escondidas las trampas, pueden obtenerse sorprendentes indicios para incrementar la eficacia de las cuadrillas de trabajo.

El fascinante proceso ilustra espectacularmente las posibilidades para mejorar el mundo que ofrece la nueva flota cuando se maneja con creatividad. Pero no hace falta irse a Europa del Este para vislumbrar la magnitud potencial de los cambios. Los drones de Santacana sobrevuelan cada verano las playas del área metropolitana de Barcelona para hacer inventario del mobiliario urbano y, de paso, controlar el movimiento anual de la línea de costa. También trabajan en proyectos relacionados con la agricultura de precisión, con el objetivo de conseguir aplicar los fertilizantes y los herbicidas con un criterio científico. La meta es que cada punto de una parcela reciba exactamente la aportación que necesita.

Un robot para salvarte la vida
Hay buenos motivos para confiar en los débiles brazos de un pequeño dron, razones como la ambulancia voladora capaz de hacer llegar un desfibrilador en cuestión de minutos.

Al estudiante holandés que la ha desarrollado le han bastado 15.000 euros para hacerla realidad, una suma infinitamente menor de lo que vale la vida de un ciudadano. El joven de 23 años ha empleado una impresora 3D para fabricar las piezas de su ingenio. Con su ejemplo queda claro que el sector de las emergencias llegará a ser uno de los puntales de la industria.

En Europa hay más de 5.000 pilotos de drones, y solo en Francia hay más de 600 empresas en el sector

De hecho, los zánganos mecánicos ya vuelan sobre nosotros para recabar información fundamental para este tipo de servicios. El Ayuntamiento de Madrid emplea aparatos que aportan nuevas perspectivas en las operaciones del SAMUR, de los Bomberos, de Protección Civil y de la Policía Municipal, desde 2013. “Una de las mayores ventajas es que no tienes que desplazarte entre el tumulto de la gente para ver lo que está pasando”, explica el director de Imágenes Aéreas, la empresa que presta el servicio de imagen al Consistorio madrileño, Javier Izquierdo. “Por ejemplo, puedes ver dónde hay un problema en una manifestación y, como estamos dando a la Policía la imagen en tiempo real, ellos mandan allí un cuerpo de mando para disolverlo”, relata.

El recurso está disponible las veinticuatro horas y suele emplearse en emergencias, manifestaciones, simulacros de evacuación de edificios, accidentes de tráfico, partidos de fútbol... El siguiente paso, previsto por el Consistorio en 2014, es utilizar cámaras térmicas. Esta tecnología es especialmente adecuada para encontrar personas extraviadas, tal y como demostró la Policía Montada de Canadá una noche de 2013. Según el relato de la institución, un conductor se había desorientado tras sufrir un accidente de coche y había llamado al servicio de emergencias para que lo salvasen del frío helador, pero los policías no consiguieron encontrarlo utilizando un helicóptero convencional. Decidieron enviar un dron pilotado por control remoto que contaba con una cámara térmica que mandaba su imagen a los operadores.

Para saber dónde buscar, introdujeron las últimas coordenadas GPS que tenían de la llamada telefónica del ciudadano extraviado y la máquina voló hasta el punto exacto. Allí seguía. El calor de su cuerpo reveló su posición con mucha más claridad de la que una imagen corriente habría podido aportar.
Según la institución americana, es posible que esta sea la primera operación civil en que se salva la vida de una persona mediante un dron. La apreciación establece un precedente importante para quien dude de la eficacia de estas aeronaves en operaciones de rescate de montaña y pone en serio peligro de desempleo a los míticos caballos canadienses.

La firma Erle Robotics afirma haber creado un hardware para poder programar para tierra, mar y aire

Con respecto al entorno urbano, ya nadie duda de las ventajas: la Policía Nacional pudo comenzar a estudiar el incendio que arrasó las instalaciones de Campofrío en Burgos el pasado diciembre sin necesidad de entrar en el recinto, gracias a la ayuda de un compañero volador. Aquello fue una visión del futuro. Con el propósito de potenciar este servicio, ya funciona en España la primera escuela de pilotos de drones de emergencias de Europa. Es una iniciativa necesaria: el trabajo que hace para los servicios de emergencias del Ayuntamiento de Madrid la empresa de Javier Izquierdo no es su actividad habitual. Su núcleo duro está en la grabación audiovisual mediante sofisticados drones.

La nueva era del plano picado
Probablemente, el sector audiovisual es el que más ha florecido de todos los que explotan este tipo de aeronaves, y que promete un auge del plano picado, ese ángulo tan espectacular que se consigue enfocando de arriba abajo.

Es una evolución lógica. “Los drones nos han facilitado mucho el trabajo, sobre todo porque al ser eléctricos, las vibraciones prácticamente han desaparecido”, explica Izquierdo. Y la calidad de la imagen de las modernas cámaras HD, de un tamaño muy pequeño, es extraordinaria. En el sector del consumo, ninguna cámara ha alcanzado tanta popularidad como la de la compañía GoPro, que también ha decidido entrar en el negocio aeronáutico con su marca.

En el cine de Hollywood, estos aparatos ya han sido empleados para captar planos en películas de la saga de Harry Potter y de James Bond, pero siempre en rodajes en el extranjero. Ahora, gracias a la luz verde que recibió en septiembre para su uso en territorio americano, la explosión creativa promete hacer más ruido del que ya está haciendo. Los adelantados a la moda participan en festivales como el New York Drone Film Festival, donde el mes que viene los planos cenitales protagonizan todo tipo de cintas. Incluso una propuesta erótica titulada Drone Boning.

Y los fotógrafos y videoaficionados tampoco se han quedado atrás. Para un artista con ganas de invertir en su equipo, comprar un ayudante volador con el que explorar nuevas perspectivas estará pronto al mismo nivel que adquirir una nueva óptica. Incluso quienes no están dispuestos a hacer inversiones dolorosas pueden hacerse con pequeños juguetes con los que apuntarse al dronestagramming. Eso sí, deberían pensar en afrontar el curso de 50 horas teóricas y 10 prácticas necesarias para convertirse en piloto de dron. En Europa ya hay más de 5.000 pilotos, y la mitad están repartidos entre Francia y Alemania.

En España, la licencia para entrar en el prometedor mercado laboral de estos operadores cuesta entre 500 y 1.500 euros, según el centro y el tipo de licencia. Es menos de lo que algunos piden por la producción de un vídeo breve y sencillo. A nadie extraña que las escuelas hayan aumentado su oferta formativa llamativamente desde septiembre y tampoco que el filón no crezca aún más a lo largo de este año.

Con código abierto también se vuela
“Ahora mismo, las funcionalidades que te permite un dron son poco más que grabar vídeo y hacer fotos, además de poder controlarlo con un mando. Nosotros queremos facilitar a los usuarios poder hacer más cosas”, afirma el CEO de Erle Robotics, David Mayoral. Por supuesto, uno de los artífices de la primera empresa en hacer volar un dron bajo el sistema operativo abierto LINUX no puede resistirse a la posibilidad de que estos inventos se conviertan en algo mucho más provechoso que meras cámaras voladoras, ni a que la mayor cantidad de personas posible conozca y aproveche sus ventajas. Al fin y al cabo, ese es el objetivo general de la comunidad de programadores en código abierto.

La NASA vigila los tornados con el dron que usó antes el Ejército de su país para localizar al terrorista Bin Laden

El objetivo de la compañía vitoriana no es nada menos que disponer de un robot personal susceptible de ser programado para aquello que el usuario, o su cliente, necesite. El gran desarrollo de la empresa es lo que han llamado Erle Brain, un cerebro robótico cuyo funcionamiento está al alcance de cualquier informático o ingeniero interesado en saber qué hay exactamente bajo la tapa de un dron. Una peculiaridad importante de este cerebro es que incluye el Robot Operating System (ROS), un sistema operativo que permite a los programadores desarrollar nuevas soluciones y que es la base de muchos robots: desde los que no son más que unos laboriosos brazos industriales hasta los que han sido diseñados para servir como sencillos y humildes juguetes educativos.

“Nos dimos cuenta de que no había en el mercado una inteligencia que pudiera ser adaptada tanto a aviones como a drones, como a vehículos terrestres, así que partimos de una tecnología propia diseñada y fabricada por nosotros”, explica Mayoral. O sea, que los desarrolladores que se sumerjan en la entrañas de sus circuitos, previsiblemente podrán llevar a cabo proyectos originales por tierra, mar y aire. La propuesta es muy interesante, porque la tecnología robótica es un área ampliamente desconocida debido a los altos costes que acarrea. Romper esta frontera podría generar una cantidad de negocio considerable.
También ayudaría a avanzar en un nivel puramente educativo. En este sentido, iniciativas como la de Erle Robotics serán un elemento definitivamente dinamizador del estudio de los drones desde los niveles más básicos.

En la esfera universitaria, esta formación ya ha despegado este curso con un máster en Ingeniería de Drones organizado por la Universidad de Huelva. De momento, la formación tiene más profesores que alumnos: más de medio centenar de expertos para formar a una treintena de ingenieros. No tendrán problema en encontrar un buen trabajo, puesto que solo la universidad inglesa de Cranfield ofrece en toda Europa un máster similar al onubense.

Regulados por una ley temporal
Pese a todo el trabajo y la creatividad que demuestran innumerables empresas del sector aeronáutico, los avances civiles son tímidos en comparación con los resultados militares. La aportación de miles de millones de dólares, conducidos a través de las manos de miles de trabajadores, han desembocado en los drones más sofisticados. La aspiración de las empresas del sector civil es que suceda algo parecido sin necesidad de que las regiones más remotas del planeta sufran quinientos ataques aéreos: es la cifra que Estados Unidos alcanzó en noviembre y que incluye todas las operaciones llevadas a cabo desde 2001.

Pero las instituciones civiles y las militares están separadas por un grueso muro económico: el dron de 35 metros de envergadura y casi cuatro toneladas que los pilotos de la NASA hacen volar sobre tornados y tempestades, apostados en un acogedor puesto de control en California, para obtener valiosa información meteorológica, es el resultado de un proyecto de 173 millones de euros. La fabricación del gigante, bautizado como Global Hawk, corrió a cargo de la empresa Northrop Grumman, un contratista habitual del Ejército estadounidense. Es posible que no se hubiese llevado a cabo semejante inversión de no ser porque, antes de volar sobre el ojo del huracán, este dron ayudó a la Fuerza Aérea estadounidense en misiones como la localización de Osama bin Laden.

Pero el dinero no lo es todo. Las empresas españolas también precisan un marco legislativo claro para calcular presupuestos estables.
El Gobierno redactó el verano pasado una ansiada regulación que el sector pedía para salir de una especie de limbo jurídico en el que operaba. La incluyó en un decreto-ley que modificaba 25 leyes y establecía 47 medidas para impulsar la economía y la competitividad españolas, conocido popularmente como decretazo.

La norma ha sido un empujón. Antes de finalizar 2014 se crearon alrededor de una treintena de empresas para operar drones. El propósito de año nuevo del legislador fue que España se mire en el espejo de Francia, donde dos años después de regular el uso de los aparatos había 600 empresas habilitadas para operar este tipo de aeronaves. El problema es que la veda no se abrió completamente con esta norma.

La regulación tiene carácter temporal y, de momento, es bastante restrictiva. Parece que la ola tecnológica ha vuelto a sobrepasar a los legisladores. Los empresarios del sector coinciden en la idea de que se estaba trabajando lentamente en una regulación definitiva, pero que esta tecnología ha llegado a la calle mucho más deprisa de lo esperado.

Una de las limitaciones legales que más pesa es que el tope de 140 metros de altura es incómodo. Para operar con una buena productividad, hay firmas que tienen que llegar hasta los 300 metros. Por otra parte, está la limitación del radio de operación a la línea de vista, y también la exclusión del entorno urbano, que es donde verdaderamente se puede hacer mucho dinero por hectárea.

La cautela es comprensible: es necesario preservar la intimidad de las personas, blindar la seguridad de los ciudadanos, de sus bienes, custodiar diligentemente el espectro radioeléctrico y evitar la posibilidad de conflictos con otras aeronaves que operan en el espacio aéreo que se disputan los nuevos aparatos.

La ley definitiva, que podría plantearse este año, tendrá que abordar las limitaciones de volar en entornos urbanos y sobre personas, así como por la noche, en favor de una regulación más permisiva. Eso sí, poniendo los medios para que el dron ambulancia solo sirva para reanimar, nunca para noquear.

Tags: drones.

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