Toda la verdad sobre los vampiros

Una creencia arcaica que no se justifica en pleno siglo XXI. ¿O sí?

Jordi Ardanuy. Autor del libro: Los vampiros ¡vaya timo! (Ed. Laetoli). - 08/11/2012

colmillos, volar, vampiro
La elena helena. La caracterización de la vampira que interpreta Elena Anaya en el ruidoso filme Van Helsing está inspirada en las arpías y las lamias griegas, antepasadas helenas de los famosos chupasangres.

El vampiro o upiro, como también se le llama, es un muerto peligroso. Un tipo de aparecido o reviniente que causa perjuicios a los vivos. Un difunto que regresa de forma corpórea, pero cuya sobrenaturalidad se atestigua, además, por hechos tan extraordinarios como entrar y salir sin abrir puertas ni ventanas, y por su acción a distancia.

¿Víctimas de la rabia?
Debido a que estos mitos estuvieron tan arraigados en la cultura popular y a que hubo incluso (como ya veremos) informes y testimonios oficiales que hablaban del hallazgo de supuestos vampiros, ha habido numerosos intentos de buscar una causa científica que explicara el origen de esta leyenda. Ya en el siglo XVIII se planteó la posibilidad de que se tratara de un mal contagioso semejante al de la mordedura de un perro.
En 1985, el bioquímico David Dolphin propuso que el mito de los vampiros podía deberse a una mala interpretación de un raro desorden sanguíneo conocido como porfiria. Su hi­pótesis justificaba la su­puesta fotosensibilidad de los vampiros y el célebre rechazo al ajo. Pero no se ha demostrado que beber sangre alivie el mal, ni se ha encontrado evidencia de que se haya creído tal cosa. Y lo que es peor, Dolphin intentó justificar científicamente a los vampiros del cine y la literatura, que se alimentan exclusivamente de sangre, huyen del ajo y se esconden del sol. Pero los vampiros históricos no son así. Algunos no ingieren sangre, salen de día y no le temen al ajo.
Otro intento semejante es el del neurólogo Juan Gómez-Alonso, del Hospital Xeral de Vigo, Pontevedra, quien proponía a los enfermos de rabia como origen de todo. La afección puede alterar porciones del cerebro y modificar así los patrones del sueño, lo que convierte en noctámbula a la víctima y la puede llevar a desarrollar una hipersexualidad.
Pero más allá de estos intentos, la cuestión principal es que el mito de los revinientes se enmarca en un sistema de creen­cias sobre el alma en el que es pertinente aceptar su existencia y que desapareció lentamente con la cristianización; una reliquia que aún sobrevive en ciertas zonas, como lo atestiguan los sucesos de Marotinul de Sus, en Rumanía, donde varios ciudadanos fueron acusados en 2003 de profanar el cadáver de un supuesto reviniente.

Fantamas que yacían con mujeres
La creencia en estas criaturas está documentada en numerosas culturas, aunque con sus particularismos. La Iglesia de los primeros siglos se enfrentó a estos mitos, y se vio obligada a proporcionar sus propias respuestas teológicas. Así, Tertuliano (155–230) estableció que los aparecidos no eran más que la obra del diablo, ilusiones: el maligno se mofa de nosotros con imágenes que no se corresponden con la realidad. Para Tertuliano, un aparecido debe tener cuerpo; de lo contrario, es una mera ilusión, un engaño, y usa para ello el término “fantasma”.
San Agustín (354–430) refinó las ideas de Tertuliano y redujo las apariciones a la acción de los ángeles y demonios a través de los sueños. De esta forma, los aparecidos quedaron privados de corporeidad y fueron reducidos a meras ilusiones o reflejos (fantasmas). De la misma forma, serían demonios para el teólogo los íncubos que atacan a las mujeres en sus sueños para satisfacer su lujuria con ellas.
Los íncubos fueron considerados me­ros sueños por la mayoría de autores de textos religiosos del Medievo, aunque ocasionalmente la Iglesia aceptaba su existencia como genuina. Esta posición adquirió un reconocimiento im­portante a partir del Malleus maleficarum (El martillo de las brujas, 1487). El término “íncubo” ha perdurado en la lengua italiana para referirse a un sueño angustioso, lo que en español se llama pesadilla y antaño también pesada. Es la misma opresión que causan vampiros y otros seres del folclore europeo.
Gregorio Magno (hacia 540–604) reforzó las ideas de san Agustín sobre los aparecidos al ilustrarlas con anécdotas y narraciones, con el objetivo de mostrar la importancia de las misas, limosnas y ayunos para ayudar a los muertos a encontrar la paz y la salvación. De esta manera, se establecieron paulatinamente las directrices que marcaron la sustitución de los antiguos cultos a los muertos por el de los santos. Pero muchas de las apariciones no encajaban todavía con el esquema cristiano. Eran vestigios de una cultura pagana en proceso de desaparición, pero que persistía con fuerza en la tradición oral. La Iglesia carecía de una explicación cuando los aparecidos vagabundeaban y mostraban una indudable corporeidad.
Fue en el transcurso del siglo XII cuando surgió la explicación de que Dios autorizaba a veces a los ángeles caídos a que entrasen en los cadáveres y les dieran vida. Para evitar esta posesión, debía recurrirse al viático y a enterrar a los difuntos en tierra sacra.
También se conformó en el seno de la Iglesia durante la segunda mitad de este siglo el concepto del purgatorio. Este lugar se convirtió en la residencia de los difuntos que no podían descansar en paz. A partir de este momento, a los aparecidos se los consideraba “almas en pena”, o condenados. Los relatos de revinientes medievales que nos han llegado localizaban sus apariciones allí donde vivía el difunto.
Precisamente por eso eran citados en los escritos eclesiásticos, ya que po­dían ser empleados, con ligeros retoques, con fines edificantes: los fallecidos apare­cían para redimirse allí donde pecaron, lo que no quedaba lejos del pensamiento pagano según el cual los muertos por causas anormales se aparecían donde morían, ya fuera por venganza o para arreglar otros asuntos pendientes.
Pero la posibilidad de expiar las culpas en la tierra de los vivos se desvanecía con la existencia del purgatorio, que desterraba a los muertos al Más Allá, y los apartaba de su hogar.
La sustitución de las costumbres se observa nítidamente en la saga de Eric el Rojo, del siglo XIII, donde se explica que, tras la introducción del cristianismo en Groenlandia, se inhumaba a la gente donde moría, en terreno no consagrado. Entonces, clavaban una estaca en el pecho del muerto. Cuando finalmente llegaba un sacerdote, la arrancaban y se consagraba el agujero con agua bendita, y después se celebraba un servicio funerario.
En el año 1718, la monarquía de los Habsburgo se anexionó una parte de Bosnia y Serbia. Las nuevas Autoridades de dichos territorios tuvieron que hacer frente a las denuncias de vampirismo por parte de aldeanos, y los informes oficiales fueron publicados en la prensa. Los habitantes cultos de Viena y París ya habían perdido toda noción de esas creencias. Por eso, la constatación en documentos oficiales del hallazgo de cadáveres ensangrentados se convirtió en un fenómeno mediático.

Cadáveres ensangrentados
Probablemente, el documento más importante para la historia de los vampiros haya sido Visum et Repertum (Observar y descubrir), sobre los sucesos en la población de Medvedja, en Serbia (véase el recuadro inferior). Tanto en este informe como en otros casos documentados, los detalles ex­puestos sugieren a los especialistas actuales que los cuerpos estaban simplemente en estado de descomposición, y que las observaciones de los testigos eran correctas, pero que habían sido mal interpretadas.
Ya en 1732, la Real Academia Prusiana de la Ciencia, en un análisis del informe Visum et Repertum, explicaba las supuestas anomalías forenses. Pero tenía más interés la noticia morbosa que los fundamentos científicos.

Un funeral para los huesos
Las explicaciones anatómico-forenses al problema de los cadáveres supuestamente ensangrentados explican muy bien qué es lo que los testigos observaron en la exhumación de los supuestos vampiros. Esta práctica tiene su origen en el ritual del segundo enterramiento, habitual en pueblos antiguos.
En dichas culturas procedían a pelar los huesos y a deshacerse de la carne unas semanas después del fallecimiento, tirándola en lugares inaccesibles o recónditos, o bien quemándola. Una vez terminado este proceso, se llevaba a cabo una segunda inhumación. En las zonas frías se dejaba que el cuerpo se descompusiera durante años antes de celebrar los verdaderos funerales. Mientras no se realizase este rito definitivo, no se consideraba que el difunto estaba muerto.
Los muertos que dejan este mundo no son admitidos en el Más Allá hasta que la carne desaparece. Pero los vampiros, como cadáveres que se resisten a descomponerse, son enemigos del fluir de la ley natural. El reviniente, en tanto existe como cadáver, sigue viviendo en la dimensión humana de la que no puede huir y, por eso, puede volver.
Además, la transformación de los muertos en vampiros está ligada a la de los humanos en lobos y otros animales. Los hombres-lobo en las creencias germanas son similares a los vampiros. En la tradición eslava, el licántropo podía convertirse en upiro al morir. No fue hasta la Edad Media cuando el vampiro adquirió sus rasgos diabólicos, in­mortalizados por el cine y la novela.


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