Tu sombra es la única que no te abandona

Tan importantes como la luz, las sombras han servido para realizar descubrimientos científicos fundamentales

Marcos Pérez. Casa de las Ciencias de A Coruña - 01/03/2012

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Todas las observaciones terrestres se hacen por medio de la luz o de la sombra”, afirmó el astrónomo Johannes Kepler (1571-1630). Pero, ¿qué es la sombra? ¿Es la ausencia de luz? No. ¿Es un objeto? Tampoco. ¿Existe por sí misma? En ningún caso. Todos sabemos perfectamente lo que es una sombra, pero si intentamos explicarlo la cosa se complica. Quizá por eso, en casi todas las culturas la sombra se asocia al misterio, lo oculto o lo peligroso.

Nuestra especie ha evolucionado en un mundo de luces y sombras, desarrollando un sistema de visión que no funcionaría sin ellas. Se puede comporbar fácilmente que en un día encapotado los paisajes tienen un aspecto plano y sin relieve. Del mismo modo, un rostro fotografiado con luz muy tenue, incapaz de proyectar sombras, parece achatado y desprovisto de rasgos. En ambos casos, nuestro cerebro echa de menos las sombras, que le permiten interpretar la forma y el volumen de los objetos y los espacios. El funcionamiento de nuestra mente llega al extremo de que cuando miramos un cuadro en el que las sombras están mal construidas, lo vemos bien sólo porque nuestro cerebro es capaz de reconstruir la imagen como debería ser en la realidad.

Gracias a las sombras, los filósofos de la Antigüedad descubrieron que la Tierra es redonda, que la Luna está iluminada por el Sol, y hasta pudieron calcular la distancia que nos separa de nuestro satélite. Las sombras nos ocultan las cosas, pero al mismo tiempo nos permiten comprender el mundo.

El mismo año en que Colón descubrió América, Leonardo da Vinci estudiaba la forma de representar con exactitud las sombras, con su cambio gradual en el tono de los colores. En el Renacimiento, los pintores, muchos de los cuales eran buenos matemáticos e ingenieros, se centraron en las sombras: nació la perspectiva. Y en esto, llegó Galileo.

En 1609, el científico de Pisa, que había leído varios estudios sobre la perspectiva y las sombras, observó por primera vez la Luna con un pequeño telescopio que él mismo había construido. Al enfocarlo hacia la región que separa la parte brillante de la oscura, descubrió un paisaje de luces y sombras muy distinto de la superficie perfectamente lisa que le había atribuido la ciencia desde Aristóteles. Galileo miró la Luna de la misma forma que miraba la Tierra: dedujo que, si en la Tierra las sombras las hacían las montañas y las grandes hondonadas, no debía ser distinto en la Luna. Y no sólo eso; observando cómo variaban las sombras a lo largo de la noche llegó a deducir la altura de sus montañas.

Poco después, el pintor Ludovico Cigoli, amigo de Galileo, incluyó a los pies de la Virgen representada en uno de sus frescos una Luna plagada de valles, cráteres y montañas. Era la primera vez en la Historia que aparecía una imagen de la Luna con relieve. Y todo, gracias a las sombras.

La noche sólo es una sombra
Nuestra concepción de la sombra cambia a medida que crecemos. Antes de cumplir los cinco años, los niños apenas pueden asociar las sombras con los objetos que las crean, pero aún así las perciben como una sustancia que emana de las cosas. A estas edades es frecuente observar a los niños jugar con su propia sombra, tratando de despegarla de los pies –como hace Wendy con Peter Pan– o de cubrirla con arena, para esconderla.

En general, hasta los diez años no aprendemos a reconocer las sombras como la ausencia de luz, y descubrimos entonces que, para crearlas, hacen falta una fuente luminosa y un cuerpo que se interponga en el camino de los rayos que emite. Incluso a los adultos que cree­mos haber dominado la cuestión nos cuesta comprender que la noche no es más que la sombra de la propia Tierra.

Las sombras están presentes en multitud de mitologías. Para los hindúes son tan importantes como el propio cuerpo: si la sombra de un intocable roza el cuerpo de un brahmán, el brahmán deberá purificarse. Los chinos tienen leyendas unidas a las sombras: evitan que se deslice en el interior de una tumba o un ataúd abierto, para esquivar la muerte. Y entre los songhays (África Noroccidental), la explicación a los sueños es que la sombra parte de viaje cada noche. Pero las sombras no están presentes únicamente en la mitología, la ciencia se ha nutrido abundantemente de ellas y ha avanzado gracias a su observación y su estudio.

Sombras para medir
Cuenta la leyenda que Tales de Mileto, tras aprender geometría con sus maestros egipcios, descubrió cómo medir la altura de las pirámides. Cuando la sombra de Tales mida lo mismo que Tales, la sombra de la pirámide medirá lo mismo que la pirámide. Basta un poco de geometría para saber que esto ocurre cuando el Sol se encuentra a 45° sobre el horizonte; pero en esa situación, la sombra de la mayoría de las pirámides apenas se extiende unos metros más allá de su base.

En realidad, el método de Tales es inútil, porque exige medir la sombra desde un punto inaccesible, situado bajo el vértice de la pirámide. Este método tan sencillo sólo es válido para objetos espigados, como un árbol o un obelisco. De todas formas, los historiadores coinciden en que los ingenieros egipcios, capaces de levantar estas fantásticas construcciones, no tenían ninguna dificultad para medir su altura por métodos geométricos un poco más elaborados, algunos de los cuales también suponen observar las sombras.

Un auténtico espectáculo
Los eclipses constituyen la manifestación más espectacular de las sombras que puede observar un ser humano. Durante un eclipse de Sol, la Luna se interpone entre él y la Tierra, proyectando una sombra de casi 300 kilómetros de diámetro en la que la oscuridad se hace absoluta. Alrededor de la zona oscurecida encontramos un extenso anillo de penumbra que afecta a las regiones desde las que el eclipse se ve como parcial, y la Luna oculta sólo una parte del disco solar.

Los eclipses de Luna son menos espectaculares, pero aun así, también aparecen en el Antiguo Testamento como una de las señales del Día de la Ira. “El Sol se convertirá en tinieblas, y la Luna en sangre” (Joel, 2:31). Este tipo de eclipses se produce cuando la Tierra proyecta su sombra sobre nuestro satélite, y esta sombra, dada la diferencia de tamaños, cubre fácilmente todo el disco Lunar. Los efectos del eclipse se ven desde la mitad de la Tierra que está sumida en la noche.

La predicción de estos eclipses es relativamente sencilla, y por eso es perfectamente comprensible que el 29 de febrero de 1504 Cristó bal Colón dejase pasmados a un grupo de jamaicanos al anunciar que esa misma noche la Luna llena quedaría por un tiempo sumida en las sombras. Y Aristóteles pudo deducir, observando la sombra circular de la Tierra avanzando sobre la Luna, que nuestro planeta es una esfera.

Geometría, eclipses, alturas, relieves, perspectivas… Las sombras han ayudado a echar luz sobre muchos aspectos de la naturaleza, pero donde más han trabajado es, sin duda, en el campo de la astronomía. No sólo la Luna, sino que también el resto de los planetas del Sistema Solar con sus satélites o sus características propias –como los anillos de Saturno– se han mostrado a los científicos gracias a sus sombras.


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