La ciencia de la reinserción

¿Reinserción o prisión permanente? ¿Tú qué opinas?

¿Es posible determinar cuándo un delincuente está preparado para volver a la calle? La prisión permanente revisable pone al sistema penitenciario frente al espejo.

Quo - 20/04/2018

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Las lágrimas sofocaron la voz del fiscal Alejandro Pazos en la Audiencia Provincial de Pontevedra, el pasado julio, cuando pidió la prisión permanente revisable para David Oubel. El hombre admitió haber drogado y degollado a Amaya y a Candela con una radial y un cuchillo; el jurado no dudó en declararlo culpable del asesinato de sus hijas de solo 4 y 9 años.

La suya fue la primera condena a la pena máxima que contempla el Código Penal español desde 2015, y la crueldad que el caso desveló durante todo el juicio también ablandó la coraza del abogado de la acusación particular, Valentín Vallejo. El parricida no dio muestra alguna de experimentar emociones.

La ley establece que deberán pasar entre 25 y 35 años antes de que se revise la pena, cuando se juzgará si el preso está en condiciones de reintegrarse en la sociedad o si debe permanecer en la cárcel. Si la revisión no es favorable para el reo, nuevas evaluaciones determinarán, cada dos años como mucho, la probabilidad de que reincida. Alguien deberá decidir. ¿Qué papel tendrá la ciencia en el proceso?

“La prisión permanente revisable es un campo extraordinariamente complejo, y no sabremos si una persona se reinsertará hasta que no salga y lo comprobemos”, explica el presidente de la Sociedad Española de Médicos Criminólogos, Miguel Ángel Villalba. No hay garantías, puede haber fallos. La ciencia aplicada a la reinserción es inexacta.  

La mayoría de los violadores no reinciden, pero los más peligrosos sí suelen hacerlo.

En opinión del perito judicial, especialista en psiquiatría, el conocimiento empírico solo podrá determinar con seguridad si una persona está curada de una enfermedad, pero no si una psicopatía, una filia sexual o un trastorno antisocial de la conducta hará que vuelva a delinquir.

Parece que no será raro encontrar este tipo de trastornos en los condenados a prisión permanente revisable, puesto que es una pena reservada para los crímenes más inhumanos.                   

Con todo, Villalba señala que la decisión de abrir las puertas tampoco será un experimento.

Su opinión va en la línea de un metaanálisis de 28 investigaciones científicas publicadas entre 1999 y 2008, que habían estudiado la eficacia de nueve pruebas psicológicas comunes para predecir las conductas violentas.

El trabajo, que vio la luz en la revista de la Asociación Psicológica Americana Psychological Bulletin, en 2010, indicó que las escalas que los profesionales emplean para medir la disposición a la violencia, la conducta de los agresores sexuales, el grado de psicopatía de una persona y otros aspectos de la personalidad funcionan. Pero no son infalibles.

¿Cómo medir el futuro?

El profesor de Criminología y Psicología de la Universidad a Distancia de Madrid Rodolfo Gordillo trata de comprender qué falla en la mente de los maltratadores. En concreto, quiere medir cómo afecta a la violencia de género la masculinidad disfuncional, una característica que confiere a algunas personas unos parámetros de agresividad inadecuados, relacionados con el rol masculino que piensan que deben ejercer. Una parte importante de su trabajo se basa en hacer preguntas.

“Se ha visto en ciertos rasgos psicopáticos, o en trastornos de la personalidad, que la falta de control de los impulsos o del deseo lleva a cometer acciones inmorales, a transgredir las normas y los valores sociales”, explica Gordillo. Controlar los impulsos es clave para ganar la libertad de nuevo. El experto en psicometría emplea en su investigación el modelo BIS/BAS, un cuestionario que evalúa la impulsividad y la ansiedad.

El descontrol de los impulsos está detrás de las conductas delictivas más peligrosas y conduce a la reincidencia.

Como todos los cuestionarios, el de la escala BIS/BAS trata de medir lo que sucede dentro del cerebro. A su vez, lo que acontece en el órgano está relacionado con procesos biológicos. Es un camino indirecto para el que los científicos siguen buscando una alternativa más fiable. Ya han hecho algunos progresos.

“El desarrollo de las neurociencias ha permitido medir cómo diferentes áreas cerebrales están relacionadas con la conducta”, dice el profesor de Criminología y Psicología. “La corteza prefrontal es la encargada de inhibir todo lo que son los impulsos emocionales que se transforman en respuestas agresivas”, continúa.

El conocimiento de cómo funciona el cerebro ha servido para mejorar la eficacia de las pruebas psicológicas, que comenzaron a usarse en la década de 1970. Y ha abierto la puerta a
la farmacología.

Hay muchos fármacos, los ansiolíticos y antipsicóticos, por ejemplo, que buscan frenar o impedir que se expresen las zonas que manejan los procesos inhibitorios o excitatorios. Algunos consiguen controlarlos y que la persona se deshaga de
su impulsividad.

Otros medicamentos, como los neurolépticos, también son firmes candidatos a participar en la reinserción de los reclusos más difíciles. Pero no es suficiente.

Escáneres en la prisión

El profesor de Psicología de la Universidad de Nuevo México Kent Kiehl creció en Tacoma, en Washington, a pocos minutos de la casa donde educaron a Ted Bundy, uno de los asesinos en serie más famosos de su país. ¿Cómo un niño que había crecido en una casa como la suya, en su barrio, podía haberse convertido en el monstruo que confesó 30 asesinatos, secuestros, violaciones y prácticas necrófilas?, se preguntó cuando Bundy comenzó a aparecer en los medios de comunicación. Kiehl no imaginaba que se convertiría en una de las personas más indicadas para responder a la cuestión.  

Su interés por desentrañar los entresijos de la mente de los psicópatas encontró tierra fértil en el campo de la investigación científica cuando Robert Hare se convirtió en su mentor.

Hare es considerado el padre de la investigación moderna de la psicopatía, y es el responsable de la escala PCL-R, que se usa en todo el mundo para detectar y evaluar el trastorno.       

La escala mide 20 rasgos de la personalidad con puntuaciones que van de cero a dos.

Si una persona sobrepasa los 30 puntos en la escala de Hare, es que es un psicópata. El norteamericano medio solo llega a 4 de 40 y el preso medio, a 22.

Kiehl ha perfeccionado su destreza en el uso de la herramienta desde que comenzó a investigar la mente psicopática, en una cárcel de máxima seguridad canadiense cuando tenía solo 23 años. Y fue el primero en utilizar un escáner portátil para estudiar el cerebro de estos presos.

Hace un lustro publicó un artículo que afirma que es posible calcular las probabilidades de reincidencia con una imagen cerebral. “El cerebro nos ofrece nuevas pistas para predecir la conducta futura. El truco está en saber cómo decodificar los datos para que sean útiles”, afirma.

Según el trabajo, que vio la luz en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, la región cerebral clave es la corteza cingulada anterior. Los animales que presentan lesiones en este sector del órgano muestran dificultades para regular su conducta; las personas exhiben apatía, desinhibición y agresividad. Algunas son diagnosticadas con personalidad psicopática adquirida.

En su estudio, los presos que mostraron poca actividad en esa zona de la corteza tenían alrededor del doble de probabilidades de reincidir en los cuatro años posteriores a su salida de la cárcel que quienes tenían una actividad más alta. Solo es un estudio, pero uno muy sugerente. “Ahora que sabemos qué circuito cerebral predice la reincidencia, podemos desarrollar tratamientos y planes de gestión para regularlo”, resume Kiehl.      

La psicóloga de la Universidad de Yale Arielle Baskin-Sommers va más despacio. Ella también ha estudiado la relación entre la neurociencia y la vida en prisión. “En algún momento podremos trasladar la detección de los factores de riesgo a tratamientos personalizados y a planes de rehabilitación”, dice. Pero aún es pronto.

Según Baskin-Sommers, las técnicas que se emplean actualmente en neurociencia no han demostrado que puedan determinar por sí mismas cuándo una persona puede o debería ser reinsertada en la sociedad. Conseguirlo tampoco es una aspiración realista, dice.

“La mayor esperanza para la neurociencia es que pueda ser usada como una herramienta dentro de una gran batería de otras medidas que se utilizan para desarrollar planes de riesgo y rehabilitación individuales,
dirigidos a personas inmersas en una conducta delictiva crónica”, concluye la científica.      

Decisiones inteligentes

No es posible determinar con absoluta confianza si una persona volverá a las andadas, y la estadística demuestra que hay muchos mitos alrededor de la reinserción.

Por ejemplo, según Gordillo, el psicólogo que estudia el papel de la masculinidad disfuncional en la violencia de género, la mayoría de los violadores no vuelve a cometer el delito.

La tasa de reincidencia está entre el 5 y el 10 por ciento dos años después de salir de la cárcel. Pero el 80 por ciento de los que reinciden tienen una filia –los pederastas– o son depredadores sexuales. Esos sí son peligrosos, pero es difícil distinguirlos.

El sistema judicial de EE. UU. ha admitido la complejidad del asunto, dejando que la inteligencia artificial ayude a tomar las decisiones. Pero la eficiencia de los sistemas está en entredicho.

El programa Compas es una de las soluciones informáticas que algunos estados usan rutinariamente para analizar el riesgo de reincidencia. Ayuda a tomar decisiones judiciales relativas a la prisión preventiva, la elección de la duración de las penas y la concesión de la libertad condicional. Según sus algoritmos, el corazón de la reincidencia está construido con 137 características.

Un estudio publicado en enero en la revista Science Advances asegura que los mismos resultados podrían obtenerse con solo dos características. Y que un comité de personas sin formación sobre cómo hacer este trabajo tomaría decisiones con el mismo grado de acierto que el programa.

El trabajo ha reavivado una polémica que prendió en 2016. El periódico digital ProPublica analizó entonces las decisiones del algoritmo en unos 7.000 casos reales del condado de Broward, en Florida, para mostrar los sesgos que la máquina había heredado de sus creadores.  

Las probabilidades de que el algoritmo categorizara incorrectamente a las personas como propensas a reincidir era mayor en el caso de los negros. En concreto, tenían un 77 por ciento más de probabilidades de que se los catalogara como susceptibles de cometer un crimen violento y un 45 por ciento de cometer cualquier delito.

La negativa de la empresa propietaria del algoritmo a compartir su código solo ha añadido más leña al fuego. Pero no significa que la informática no pueda mejorar las decisiones humanas.                

Como prueba, un trabajo de la Oficina Nacional de Investigación Económica de EE. UU. Un grupo de científicos utilizó técnicas de inteligencia artificial para tomar decisiones que, según ellos, podrían reducir los crímenes en un 24,8 por ciento sin variar las tasas de encarcelamiento. Con su algoritmo, dicen, la población presa podría recortarse hasta un 42 por ciento.

Esta herramienta podría ayudar a mejorar en el análisis de la reincidencia. Pero, mientras haya cárceles, habrá falsos positivos y falsos negativos. La ciencia no tiene la última palabra.

Por eso existen medidas como la que el juez impuso al segundo condenado a la prisión permanente revisable: 10 años de libertad vigilada si sale a la calle. Ya lo dijo el filósofo: el movimiento se demuestra andando.

Tags: cárcel y leyes.
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