Qué nos mueve a unirnos a grandes grupos

¿Qué incita a los hombres a formar parte de una muchedumbre?

Lorena Sánchez - 26/11/2012

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Las hormigas legionarias se mueven en familias de tres a cuatro millones de miembros. En África las llaman hormigas visitadoras porque si en su camino hay una vivienda la ocupan, se lo comen todo y continúan su camino. Todas las componentes de uno de estos grupos sociales son hijas de la misma madre y ciegas; lo que les guía es el olor de las feromonas que desprenden. A vista de pájaro, una muchedumbre de 25 millones de hombres que se desplaza para bañarse en el río Ganges parece una procesión de visitadoras. “La multitud tiene algo de animal”, interpretó el sociólogo francés Gabriel de Tarde, “es sumisa a las fuerzas de la naturaleza; depende de la lluvia o del buen tiempo, del calor o del frío…”.

Como los animales
Los motivos que hoy convocan a más seres humanos son principalmente religiosos, políticos o festivos. Pero cuando los expertos tratan de explicar por qué participamos en una muchedumbre, hallan razones cercanas a las que llevan a los animales a reunirse en colectivos. Nos unimos para protegernos, igual que las cebras forman manadas para sobrevivir a los depredadores, o buscamos identificación con el grupo y creamos uniformes y símbolos que distinguen a los nuestros, igual que el olor de las feromonas indica a las hormigas legionarias cuáles son de su familia.

En la multitud, nos movemos siguiendo reglas no escritas

En esta línea de similitud con los animales, un curioso estudio reveló que en el seno de una muchedumbre los seres humanos nos movemos de forma similar a como lo hacen los mirlos de una bandada. Durante años, los biólogos de campo habían sido incapaces de averiguar por qué vuelan en formación los pájaros. A simple vista, es fácil comprobar que coordinan sus trayectorias como si todos se hubieran puesto de acuerdo; algo así ocurre cuando los apasionados ravers recorren la calle más larga de Berlín al ritmo eléctrico que destilan los altavoces del Love Parade.

Dentro del grupo el hombre supera sus límites

Un ingeniero informático que solía dedicar las tardes de verano a observar las bandadas de mirlos fue quien encontró la clave: creó un programa en el que introdujo pájaros virtuales a los que llamó ‘boids’, estableció un sistema de gráficos que reproducía los movimientos de los mirlos y comprobó que la razón por la que toda la bandada se movía en la misma dirección era porque cada ave armonizaba sus movimientos con los de los mirlos más cercanos. Siguiendo este modelo, dos investigadores alemanes, Dirk Helbing y Peter Molnàr, programaron masas humanas y comprobaron que también nosotros nos movemos con reglas. Para empezar, nos mantenemos a una distancia precisa de los demás para no tocarles y avanzamos a una misma velocidad. Si dos grupos de gente virtual se mueven en direcciones opuestas por un corredor muy poblado, automáticamente forman filas en una y otra dirección y, en caso de que se produzca una alarma, todos se dirigen hacia un mismo lugar, como harían los animales de un bosque en caso de incendio.
Pero presos del pánico, el orden interno se altera. Así ocurrió el pasado mes de marzo en La Meca, cuando más de dos millones de peregrinos celebraban la fiesta del Cordero o del Sacrificio; en un momento de pánico colectivo 35 personas resultaron literalmente aplastadas. No ha sido el único accidente. En el año 1997 hubo 343 muertos cuando se incendió uno de los campamentos y en 1998 murieron 118 personas durante la misma ceremonia del Sacrificio.

La libido mantiene nuestra conexión con el grupo

Sin embargo, a pesar de que las tragedias se repiten, no existe un solo musulmán –y hay mil millones en todo el mundo– que elimine de sus intenciones acudir, al menos una vez en la vida, a cumplir con el hajj. “Todos quieren estar allí donde está la mayoría y nada les hará cambiar de rumbo”, explica Elias Canetti, psicólogo y Nobel de Literatura. El sociólogo Enrique Gil Calvo asegura que en la multitud el hombre encuentra un estado de satisfacción que le viene dado por las características propias de la muchedumbre. Para empezar “dentro del grupo no hay jerarquías. Nada distingue al rico del humilde. Es el caso ideal en el que todos sienten que no hay diferencias…”.

Hay otro placer propio de las muchedumbres. Gabriel de Tarde lo llamó electrización por contacto y Richard Dawkins, padre de la Sociología, efervescencia colectiva. “Es un estado de euforia propio de las ferias, los mercados, los ritos religiosos o los mítines políticos y es sumamente contagioso”. Efervescencia... Probablemente así lo sienten los dos millones de personas que cada año disfrutan de las lentejuelas, las plumas y los nanométricos tangas que desfilan por el Sambódromo de Río de Janeiro, en Brasil, al grito de “tenemos un destino que cumplir: brillar en Carnaval”. “El hombre jamás puede vivir ese entusiasmo a solas. Por eso acudimos a estadios”, explica Gil Calvo y añade: “Además, cuando se convierte en un miembro más de una muchedumbre el hombre se permite a sí mismo superar sus propios límites, ir más allá de donde se atrevería a llegar en su vida cotidiana”.

No hay jerarquías, produce un entusiasmo contagioso y todo está permitido. Éstas son algunas de las fascinaciones de la masa. Pero Freud explicaba que nada de todo esto sería interesante para el hombre si no estuviera “sugestionado por algún poder. La libido es lo que nos mantiene en conexión con el líder y con los demás miembros del grupo”.

El factor perverso
Una vez formada y en marcha, la masa es tan capaz de derrocar a un gobierno e instaurar un sistema más justo como de linchar a un hombre. “En grandes grupos el hombre sufre la más perversa de las características que genera el colectivo: la irresponsabilidad”, explica el sociólogo Gil Calvo, “que puede llevarnos a cometer los peores crímenes”.

El linchamiento, por ejemplo, es una forma de ejecución propia de las muchedumbres. El término se lo debemos a un magistrado del siglo XVII de Carolina del Sur (EE.UU.) llamado Lynch, que estableció un procedimiento sumarísimo por el cual la multitud podía apoderarse de un criminal, juzgarlo y ejecutarlo en el acto. “La masa –añade Gil Calvo– induce una psicopatía en la que no se distingue el bien del mal”. Para Gabriel de Tarde, además, “las multitudes son inferiores en inteligencia y en moralidad a la media de sus miembros. Los hombres, en conjunto, valen menos que los hombres uno por uno”. Pero en contra de este aspecto turbio de las masas, nadie olvida que fue una multitud pacífica la que liberó a la India de la tiranía británica o un tumulto revolucionario el que tomó La Bastilla en París y cambió la historia.


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