Casus belli

Qué guerras más perras

Las contiendas más absurdas de la historia

Vicente Fernández - 19/11/2012

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Honor, miedo y lucha por la supervivencia”, eran las tres causas que el historiador griego Tucídides esgrimía en el siglo III a. C. para justificar una guerra. Pero el sabio heleno se habría avergonzado de conocer la cantidad de excusas absurdas que las generaciones posteriores han esgrimido para declarar las hostilidades.

¡Devuélvannos ese barril!
En 1325, cuando Italia aún no existía como tal y la península estaba dividida en una serie de ciudades- estado, Bolonia llevaba tiempo deseando anexionarse varios terrenos pertenecientes a Módena. La excusa la encontró cuando un grupo de soldados de esta última, que se habían extraviado y penetrado en territorio boloñés, se acercaron a una granja. Hambrientos y sedientos como estaban, se llevaron varios panes y un barril de vino.

Tal minucia fue el pretexto para que el regente de Bolonia le declarase la guerra a sus vecinos. Sí, una bobada, pero el conflicto duró ¡doce años!, durante los cuales se libraron diversas escaramuzas que se saldaron con varios centenares de muertos. Bolonia consiguió su propósito de apoderarse de las tierras que ambicionaba, pero nunca recuperó el barril robado, que los habitantes de Módena aún guardan en el campanario de la ciudad.

La que no se conserva es “la oreja de Jenkins”, un despojo humano que provocó una guerra en la que participaron centenares de navíos y millares de hombres. El polémico cartílago pertenecía a Robert Jenkins, un pirata inglés cuya nave fue apresada en 1731 por los españoles. El capitán Juan León Fandiño, para darle un escarmiento, le cortó la oreja con su espada y le dijo (según la versión británica): “Ve y dile a tu rey que lo mismo haré con él si hubiera ocasión”.

De regreso a su patria, Jenkins compareció ante la Cámara de los Comunes oreja en mano. Los políticos británicos consideraron que, dadas las palabras del oficial español, era como si la mutilación sufrida por el pirata también se la hubieran hecho a su monarca, por lo que le declararon las hostilidades a España. Fue la llamada Guerra del Asiento, en la que los ingleses usaron aquel pretexto para tratar de invadir las posesiones ibéricas en el Caribe. El episodio más sangriento fue el ataque a Cartagena de Indias, en el que una flota de más de cien navíos británicos y 27.000 hombres intentaron infructuosamente conquistar la ciudad defendida por diez mil soldados. Según los historiadores, no se volvió a ver un intento de desembarco de tal magnitud hasta el asalto a Normandía en 1943.
La guerra duró hasta 1748, se saldó con la derrota inglesa y costó miles de vidas. El que salió mejor parado de aquel suceso fue Jenkins, quien, aunque se quedó sin oreja, recibió a cambio un puesto como alto funcionario en la Compañía Británica de las Indias Orientales.

Los falsos polacos de Hitler
A falta de excusa, también sirve inventársela. Todo el mundo sabe por qué comenzó la II Guerra Mundial: por la invasión nazi de Polonia. Pero lo que no es tan conocido es el hecho de que Hitler también se sacó de la manga un supuesto casus belli para justificar dicha agresión. Se trata del Incidente de Gleiwitz.

El 31 de agosto de 1939, un grupo de soldados alemanes disfrazados con uniformes de la policía polaca atacó la estación de radio de Gleiwitz, en la frontera entre ambos países. Los nazis dijeron que habían eliminado al comando asaltante y exhibieron sus cadáveres como prueba (aunque en realidad eran los cuerpos de varios presos ajusticiados en un penal). Ningún gobierno europeo les creyó, pero a pesar de ello, diecisiete días después Hitler invadió Polonia y logró así que el episodio de Gleiwitz pasase escrito en sangre a la historia de la infamia.

Lo cierto es que los germanos ya tenían una amplia tradición en esto de inventarse pretextos bélicos. Ya el canciller Bismarck logró declararle la guerra a Francia manipulando descaradamente un inocente telegrama. Fue en 1870. Ambas naciones mantenían tensas relaciones por el hecho de que un príncipe prusiano aspiraba a sentarse en el trono de España tras el exilio de Isabel II, algo que no hacía ninguna gracia a los franceses.

El embajador galo le envió un telegrama a Bismarck exponiéndole el deseo de Napoleón III de que ambos se encontrasen para tratar el asunto amistosamente. Pero el canciller germano hizo reescribir el mensaje por completo y publicarlo en todos los periódicos del país; Bismarck había cambiado el texto haciendo que lo que era una invitación a negociar se transformase en un inaceptable ultimátum para retirar sus pretensiones al trono español, so pena de guerra. Y claro... corrió la sangre. Fue una contienda que se saldó con la derrota francesa en la batalla de Sedán y tras la cual los prusianos se anexionaron las provincias de Alsacia y Lorena, cuya posesión ambicionaban.

Los goles más sangrientos
¡Ay, el orgullo nacional! El resultado de manipular un sentimiento tan encendido puede ser algo tan sangriento como la Guerra del Fútbol, que en 1970 enfrentó a El Salvador y Honduras. Las causas de este conflicto venían de un año antes, cuando en 1969 las autoridades hondureñas decidieron deportar a los emigrantes salvadoreños y expropiarles sus pertenencias. Tras ese suceso, las tensiones entre ambos países fueron en aumento y llegaron a su momento culminante cuando ambas naciones tuvieron que jugar la eliminatoria para el Campeonato del Mundo de Fútbol, en un partido de ida y vuelta.

El primer encuentro se celebró en Tegucigalpa, capital de Honduras. La víspera, centenares de ciudadanos se concentraron ante el hotel donde se hospedaba la selección salvadoreña para insultarles y apedrearles las ventanas. El Salvador perdió aquel partido, pero, irónicamente, ganó el segundo encuentro, que se celebró en su capital (San Salvador). No contentos con la victoria, los hinchas salvadoreños, para vengar las afrentas sufridas por su equipo, persiguieron a los jugadores hondureños hasta la frontera, agrediéndoles y matando a uno de los suplentes. Al día siguiente, ambas naciones estaban ya en guerra. Una contienda que solo duró cuatro días gracias a la mediación de la ONU, pero que se saldó con varios miles de muertos.

Donde afortunadamente no hubo víctimas (humanas) fue en la llamada Guerra del Cerdo, que en 1859 estuvo a punto de enfrentar a EEUU e Inglaterra. Ambas naciones compartían la posesión de la isla de San Juan de Fuca, cerca de Vancouver. Un mal día, un granjero estadounidense mató de un tiro al cerdo de un vecino que había penetrado en su huerto. Con tan mala fortuna que el puerco resultó ser inglés; es decir, que pertenecía a un colono británico. El propietario exigió el pago de cien dólares como indemnización, pero el “ejecutor” solo aceptó pagar diez. Aquello hizo que los colonos de ambas nacionalidades se enfrascasen en una pelea cuerpo a cuerpo.

Alertadas las autoridades de ambas naciones, tanto ingleses como estadounidenses enviaron a la isla tropas que llegaron a posicionarse listas para entrar en combate. Al final se impuso la sensatez y los americanos pagaron la indemnización. Puede no quedar más remedio que ir a la guerra si te invade el Hitler de turno, pero por la muerte de un cerdo, pues no, ¿verdad?


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