¿Nuestro cerebro nos sabotea?

10 grandes meteduras de pata que hicieron historia

Confundimos nombres, nos quedamos en blanco y las palabras se resisten a salir en el momento menos indicado. Aunque el cerebro se empeñe en sabotearnos la vida, nuestros fallos tienen una explicación.

Marian Benito - 25/01/2018

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Si fuera por deslices, Cataluña estaría viviendo “la peor crisis de la dictadura” (sic), algunos fondos de inversión extranjeros tendrían una “felación casi nula” (sic) y el incremento de turistas hacia Rusia serviría para “follar… apoyar ese turismo” (sic). Así de disparatado podría haberse vuelto el mundo si no aclaramos que se trata de los lapsus de memoria más célebres de Margarita Robles, la eurodiputada francesa Rachida Dati y el expresidente del Gobierno Rodríguez Zapatero.

Nos faltan horas de sueño

También podríamos entender que el Reino Unido ha arrebatado a León el honor de ser “la cuna del parlamentarismo” (fin de la cita) y que ahora “es el alcalde el que elige a los vecinos” (fin de la cita). Estos dos lapsus llevan la marca ya archiconocida de Mariano Rajoy, autor también de aquella polémica declaración de “lo que nosotros hemos hecho es engañar a la gente”. También cambió los nombres de Maduro y Trump por los de Madero y Trun, respectivamente. Y no una, sino varias veces en pocos minutos. ¿Qué está ocurriendo con la cabeza de nuestros políticos? ¿Deberían preocuparse? En su descargo, científicos de la Universidad de California achacan estos errores a la falta de sueño. En un estudio publicado en la revista Nature han descubierto que privar al organismo del sueño acaba robando a las neuronas la capacidad de funcionar adecuadamente. “Esto da paso a lapsus cognitivos sobre lo que percibimos”, explica el profesor Itzhak Fried, autor principal del trabajo.

Fried lo observó en un ensayo con doce pacientes epilépticos a los que se les había implantado electrodos en el cerebro para localizar el origen de sus convulsiones. Con el fin de acelerar un episodio epiléptico que provocase las convulsiones, los mantuvieron despiertos toda la noche. Mientras, a los pacientes se les pidió que clasificasen lo más rápidamente posible unas imágenes. Entonces comprobaron que a medida que pasaban las horas las células cerebrales reducían su actividad y se les hacía más difícil realizar su tarea. El equipo asegura que fue fascinante ver cómo la falta de sueño entorpecía la codificación de información por parte de las neuronas y su conexión entre sí. Lo comparan con el comportamiento de un conductor que no ha dormido lo suficiente. Fried deduce que algunas regiones del cerebro podrían estar adormecidas, causando lapsus mentales, aunque el resto estuviese despierto. “Ante la falta de sueño, el cerebro actúa igual que si se hubiera ingerido mucho alcohol”.
Lo explica también Mercedes Atienza Ruiz, investigadora del Laboratorio de Neurociencia Funcional de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla): “La cantidad y calidad de nuestro sueño no solo determinan nuestra capacidad para procesar la nueva información que nos llega todos los días, sino también su estabilización posterior, su resistencia a posibles interferencias y su durabilidad en el tiempo”. A la vista de lo acontecido estos últimos meses en España, la frenética agenda de estos políticos ha dejado poco espacio para las horas de sueño y demasiado a la presión. La peor combinación para la memoria, según Atienza. Cuando quieren rectificar, aunque sea de inmediato, ya han desatado un huracán.

Otro culpable de algunos malos ratos es el fenómeno de la punta de la lengua. ¿Quién no ha experimentado ese olvido repentino de una palabra que se resiste a salir con la sensación de tenerla en la punta de este órgano?  

Noventa minutos en blanco

Es una de esas cosas que, como dice el doctor Manuel Díaz-Rubio en su libro Los síntomas que todos padecemos, simplemente ocurren. Y llegan en momentos de fuerte tensión emocional que provocan una reacción neuroquímica en cadena. La responsable podría ser la hormona corticosterona que liberamos en esos episodios de nervios o ansiedad, bloqueando los sistemas de recuperación de información en el hipocampo y en la corteza cerebral. Son lapsus que pueden durar hasta 90 minutos, algo que experimentan frecuentemente los estudiantes. Después de quedarse en blanco durante un examen, las respuestas empiezan a brotar con extraordinaria soltura de camino a casa. Hasta entonces, podemos dar detalles, incluso algunas de las letras que contiene el nombre… Suele ocurrir una vez por semana en personas jóvenes; en personas mayores, una vez al día. Aumenta con la edad y también con algunas situaciones de estrés, como un periodo electoral. De acuerdo con Atienza, no solo indica que hay un problema en la recuperación de información semántica. “La persona es consciente de que tiene (o incluso puede predecir que va a tener) un problema para recuperar una palabra, normalmente el nombre de un objeto, una persona, una ciudad o un edificio. Esta señal nos permite poner en marcha diferentes estrategias que pueden facilitar o no el objetivo”. Los estudios de la psicóloga canadiense Karin Humphreys, de la Universidad McMaster, sugieren que lo peor es rendirse a la muletilla “como se llame, qué más da” porque el cerebro se acostumbra a tomar el camino fácil.  

Por la idiotez del cerebro

¿Y por qué reconocemos a una persona que nos presentaron en algún momento, pero no logramos recordar su nombre? “Por la idiotez de nuestro cerebro”. Es la respuesta que da el neurocientífico Dean Burnett en su último libro, El cerebro idiota. “A pesar de su brillantez y de tratarse de un órgano evolutivamente avanzado, el cerebro humano es bastante desordenado, proclive al equívoco y desorganizado”.

El autor añade que, además, dispone de un área dedicada a reconocer rostros, pero no hay ninguna que se dedique exclusivamente a recordar nombres. Para pasar esta información a la memoria a largo plazo, es necesario que repitamos el nombre numerosas veces o que nos cause una fuerte impresión.

Juan Moisés de la Serna, doctor en Psicología y especialista en neurociencias, lo llama ‘las huellas de la memoria’. Son tantas que es normal que el cerebro cometa sus particulares deslices.

“Esto se puede producir por diversos motivos. Una falta de atención por parte de la persona a la que se pregunta, niveles elevados de ansiedad que impiden concentrarse u otras cosas en las que pensar que en ese momento se consideran prioritarias”. Uno de los errores más comunes es pronunciar el nombre del ex en pleno acto sexual. No es tan grave, dice la ciencia, y alega algunas razones que podrían justificar tal despiste. “Confundimos los nombres de personas que están en una misma línea de relación, de manera que la madre puede nombrar a toda su prole hasta que, por fin, acierta con el que tenía en mente”. Esta es la explicación que aporta un estudio de la Universidad de Duke, publicado en 2016 en la revista Memory&Cognition. Sucede
también cuando existen similitudes fonéticas (Miriam/María). 

El estrés, según sus conclusiones, aumentaría la probabilidad de nombrar erróneamente, pero una mujer nunca confundiría a su hijo con el nombre del vecino porque este estaría en un estante bien diferente. Pero entonces, ¿por qué llamamos a un familiar con el nombre del perro y no, por ejemplo, con el del gato? La respuesta de Samantha A. Deffler, autora del estudio, es que estas mascotas “están más integradas en nuestras concepciones familiares”.

Ellas salen más airosas

¿Los hombres son más proclives a estas confusiones? Moisés de la Serna indica que las diferencias a nivel cerebral entre hombre y mujer, sobre todo en cuanto a lenguaje, dota a la mujer de mayores recursos para salir airosa cuando no recuerda. “Además, su cerebro emocional más desarrollado le hace contar con una información añadida. Por eso, si el hombre no le da tanta importancia a un aniversario u otra fecha, aunque exista la huella de memoria esta será débil y difícil de recordar”.

Otra posibilidad es que nuestros lapsus sean realmente pensamientos intrusivos que se revelan a través de errores lingüísticos cuando más distraídos o cansados estamos. En un experimento de la Universidad de California un equipo de psicólogos pidió a un grupo de hombres heterosexuales que hablasen de sus profesiones delante de una mujer vestida de modo provocativo. Lo que se vio es que cometían fácilmente lapsus de contenido sexual. Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud achacaba estos fallos a una contradicción en el fuero interno del que habla.

El lapsus se referiría a un material psíquico incompletamente reprimido que es rechazado por la consciencia, pero al que no se ha despojado de toda capacidad de exteriorizarse. Según Freud, el lapsus sería muy revelador con respecto a lo que piensa o le preocupa a quien lo comete y le expone al juicio de quien lo escucha. Gary Dell, profesor de lingüística de la Universidad de Illinois, prefiere dejarlo en un simple error al hablar a causa de las redes semánticas, fonológicas y gramaticales tan complejas que intervienen cada vez que pronunciamos una palabra. “Lo extraño –dice– sería que el cerebro no se confundiese”.

¿Y si fuese algo peor?

Pero a veces son pequeños fallos de memoria que avisan de que el tiempo pasa. Sevil Yasar, doctora de Geriatría en el Hospital Johns Hopkins, señala que la diferencia entre esos pequeños lapsus y fallos de memoria preocupantes es que estos últimos se mantienen durante meses e interfieren en la vida cotidiana. También pueden ser un síntoma precoz de un trastorno neurodegenerativo. Esta es una preocupación común, saber si esos fallos de memoria podrían ser síntoma de algo más grave. Para la ciencia, sería un reto identificar temprano el deterioro.

La conclusión de la Universidad de Berkeley es que no hay nada como una hora de siesta para fortalecer el funcionamiento cerebral y resetear la memoria. Atienza, que participó en un estudio en Harvard Medical School, lo corrobora con otro dato: “Cuantos más minutos de siesta, más estable y fuerte es la memoria recién adquirida”. Tal vez no sería mala idea acondicionar los asientos del hemiciclo para la cabezadita de los políticos, pero las crónicas perderían color.

Tags: cerebro y lenguaje.
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