HISTORIA

Delirios de grandeza

Los líderes más megalómanos de la historia

Quo - 20/04/2009

Obama en el trono
¿nuevo emperador mundial? Un artículo del Chicago Tribune aseguraba que controlar su ego fue el mayor reto del equipo electoral de Obama.

"El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”, escribió Er­nest Hemingway, sorprendido de que tantas personas perdieran el contacto con la realidad tras alcanzar un puesto de autoridad. Como si estuvieran incubando una enfermedad, sufrían curiosos síntomas, que iban desde la necesidad de recibir halagos hasta la sensación de sentirse elegidos para llevar a cabo una misión trascendental y acabar sintiéndose por encima del bien y del mal.

Pero si realmente el poder es una enfermedad, ¿qué agente infeccioso la causa? El hubris. Fueron los griegos quienes acuñaron este término, con el que designaban la falta más grande que podían cometer los héroes: creerse superior al resto de los mortales. El hubris (palabra derivada del término heleno hibris) es el ego desmedido, la sensación de poseer dones especiales que le hacen a uno capaz de enfrentarse a los mismos dioses.

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La mitología está plagada de personajes que son víctimas de su soberbia, como Aquiles, que encolerizó a los dioses al desobedecer su prohibición de ultrajar el cadáver de Héctor; e Ícaro, quien gracias a unas alas fabricadas con plumas y cera creyó que podía volar tan alto como los dioses y llegar al Olimpo. Pero la arrogancia de ambos fue castigada. Aquiles murió a manos de Paris, el hermano de Héctor; y el sol derritió la cera de las alas de Ícaro, de modo que el altivo joven cayó al mar, en cuyas aguas desapareció para siempre. Porque tras el subidón del hubris siempre viene la némesis, que es como los griegos llamaban a la desgracia con la que los dioses castigaban la arrogancia de ciertos humanos.

El hubris era un concepto moral, pero los atenienses acabaron incorporándolo a su código legal, lo que le dio un matiz más práctico (que es el que aquí nos interesa) y lo definió, tal y como lo explicó el historiador Enrique Suárez Retuerta, como: “La violencia ebria que los poderosos ejercían contra los débiles y la arrogancia grosera de quienes ostentan el poder”.

El karaoke presidencial
Nadie está libre de que el veneno del hubris corra por su sangre. Pero han sido los reyes, emperadores, políticos y, en definitiva, los gobernantes de toda índole quienes más han sufrido sus estragos. A fin de cuentas, el poder es la materia prima con la que trabajan, y no es extraño que su ego acabe resintiéndose. No se escapan ni los próceres más honrados y juiciosos, como le ocurrió a Claudio, considerado por los historiadores uno de los mejores emperadores romanos. Tal y como relata Robert Graves en su hermosa biografía novelada, comenzó su reinado siendo prudente y preocupándose por el bienestar de sus súbditos. Hasta que empezó a obsesionarse con la imagen que los demás tenían de él. Y es que a su tartamudez, Claudio unía su aerofagia. En ocasiones le resultaba imposible retener los gases y se sentía ridículo al dejarlos escapar en público. La solución se la brindó su médico personal, un griego llamado Jenofonte, quien le convenció para que promulgara un edicto que obligaba a sus cortesanos a tirarse dos ventosidades por cada una que dejara escapar él. Según cuenta Suetonio en Los doce césares, ese edicto marcó el punto de inflexión a partir del cual el emperador pasó de ser un gobernante comedido a dar rienda suelta a sus caprichos.

Un caso similar, pero mucho más reciente, fue el del presidente de Ecuador José Abdalá Bucaram. Comenzó su mandato aplicando medidas sociales y volcándose en tratar de enderezar la situación económica del país. Pero conforme concretaba sus logros políticos, iba dando rienda suelta a comportamientos cada vez más extravagantes. Creó su propio programa de televisión, en el que atormentaba a los espectadores con ¡interminables sesiones de karaoke!; actuaba junto a un grupo llamado Los Iracundos, e incluso se empeñó en contratar a Diego Armando Maradona como asesor personal por un millón de dólares al año. Llegados a ese punto, la némesis era inevitable, y Bucaram fue destituido de su cargo por “incapacidad mental”.

Pero aunque el hubris se resista a subírsele a la cabeza al gobernante de turno, no pasa nada, porque ahí están los aduladores para darle el empujoncito necesario. Y es que, como escribió John Locke: “La adulación es un vicio horrendo que empobrece al que lo recibe, aunque le haga creerse un dios”.

Amistades poco recomendables
Algo parecido le ocurrió a otro emperador romano, Marco Antonio Basiano, conocido para la posteridad como Caracalla. Sus generosas iniciativas políticas, como otorgar la ciudadanía romana a los habitantes de las nuevas provincias del Imperio, no impidieron que su ego se disparase hasta límites insospechados, hasta el punto de encararse con las facciones críticas del Senado, diciéndoles: “Sé que no os gusta lo que hago, pero por eso poseo armas y soldados, para no tener que preocuparme de lo que penséis de mí”.

Caracalla se rodeó de una corte de aduladores que le lisonjeaban diciéndole que él era tan grande como Aquiles. Al emperador le gustó tanto aquella comparación que hizo envenenar a su mejor amigo, Festus, para agasajarle con un funeral tan suntuoso como el que el mítico héroe griego celebró en memoria de su compañero Patroclo.
En este caso, la némesis no pudo ser más cruel, dado el grado de endiosamiento de Caracalla. El emperador sintió la necesidad de hacer de vientre mientras iba de viaje, saltó de su litera y se ocultó tras unos arbustos para aliviarse. Y allí fue apuñalado por uno de los soldados de su escolta, mientras aliviaba el esfínter.

Aunque Caracalla no fue el primer ni único líder que se ha creído un dios, lo que no es tan habitual es que ese proceso de autodivinización afecte incluso a partes concretas de la anatomía de la persona. Fue el caso del general y presidente de México Antonio López de Santana, quien, tras una brillante carrera militar (entre cuyos triunfos figura la destrucción de El Álamo), llegó a calificarse como “el nuevo Napoleón”. Pero en 1842, tras un ataque a la ciudad de Veracruz tuvieron que amputarle la pierna izquierda. López de Santana la hizo enterrar con honores militares, pero aquello no fue suficiente. Uno de sus validos, el coronel Rafael Muñoz, le dijo que toda la nación debía ser testigo del sacrificio que había hecho por la patria, y le convenció para que desenterrara la extremidad y la llevara a México capital. Allí, Santana volvió a darle sepultura, pero con todos los honores de un funeral de Estado. La pierna fue inhumada en un ataúd cubierto con la enseña nacional.

Tal ejercicio de orgullo tuvo una némesis a la altura. Santana se puso una pierna de madera. En 1847 estalló una nueva guerra contra Texas, y el general salió al encuentro de sus enemigos. Cerca de la localidad de Cerro Gordo ordenó a sus tropas hacer un alto, porque estaba cansado y de­sea­ba echar una siesta. Sus oficiales le dijeron que no era prudente, pero Santana, convencido de que no había enemigos a su alrededor, les respondió: “Si Napo­león pudo echar una cabezada antes de Waterloo, ¿quiénes sois vosotros para impedirme hacer lo mis­mo?” Como si fuera gafe, el general cerró los ojos, y los abrió justo para ver cómo la caballería enemiga irrumpía en su campamento a tiro limpio, le rodeaban después y finalmente se quedaban con con su pierna ortopédica como trofeo.

Quizá uno de los ejemplos más claros de víctima de la manipulación de los aduladores fue Warren G. Harding, nombrado presidente de Estados Unidos en 1921. Este estadista se rodeó de una camarilla de amigotes a los que apodaron “la banda de Ohio”, con los que jugaba al póquer dos veces por semana en la Casa Blanca.
Aquellos sujetos sabían como tratar a un tipo tan maleable como Harding, ya que le dejaban ganar y alababan sus dotes de buen jugador y su temple. El resultado fue que en aquellas partidas salían a relucir algo más que full de ases y tríos de reyes, porque los jugadores conseguían arrancar del presidente concesiones, contratas y apoyos para negocios de dudosa legalidad.

Durante varios años, el presidente vivió en la más completa inopia, y cuando los primeros rumores sobre las corruptelas de sus amigos llegaron a sus oídos, reaccionó con indignación y proclamó: “Ellos jamás me traiciona­rían de esa manera... Mis amigos guardan mis sueños y ayudan a guiar mis pasos”. Cuando las pruebas fueron más que evidentes, Harding no fue capaz de soportar el oprobio. Dicen que quiso presentar la dimisión, pero no pudo hacerlo ya que la némesis le llegó con la forma de un infarto fatal.

Un nuevo ciclo vital por decreto
Dicen los expertos que la mejor cura para el ataque del síndrome hubris es un baño de modestia. Lo sabían muy bien los romanos, quienes crearon la figura del servus publicus, un esclavo que acompañaba a los generales victoriosos susurrándoles al oído la frase: “Recuerda que eres mortal”. Igualmente, una antigua costumbre vaticana prescribía que el nuevo pontífice, tras su elección, debía tumbarse en el suelo antes de sentarse en el solio pontificio, en señal de humildad. Aunque no parece que ni a unos ni a otros les sirviera demasiado. De hecho, no han faltado ni emperadores ni papas egomaníacos.

Como Benedicto IX, que accedió al trono de san Pedro siendo solo un chaval de once años, gracias a que su padre le compró el cargo. El pontífice se comportó como un adolescente caprichoso que hacía y deshacía a su antojo, cegado por el poder que tenía en sus manos. Aburrido al cabo de unos años, revendió el cargo a Juan de Graciano, que se coronó con el nombre de Gregorio VI. Pero una vez fuera de Roma, a Benedicto le entró el deseo de volver a ser papa y organizó un ejército, con el que asaltó Roma para deponer a su sucesor.
Poca cosa, en el fondo, si se le compara con Saparmyrat Nyazov, político que se autoproclamó presidente vitalicio (un bonito eufemismo de dictador) de la república de Turkmenistán. Como otros tantos líderes, llegó al poder con la intención de ejercer una especie de despotismo ilustrado que mejorase las condiciones de vida de su pueblo. Pero al cabo de un tiempo, a sus intenciones se les cayó el adjetivo ilustrado y se quedaron simplemente en despóticas. Cambió el nombre de los meses y de­cretó un nuevo ciclo vital en el que la infancia terminaba a los trece años y la adolescencia a los 25, tras la cual venía una nueva etapa que denominó edad profética, que duraba hasta los 49.

Precisamente, en ese período todos sus súbditos estaban obligados a leer el Rujnama, un tratado político espiritual escrito de su puño y letra. Según sus propias palabras: “Quien lo lea tres veces se volverá más inteligente, reconocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso”. Vamos, que todo eso no se logra ahora ni con el mejor tratado de autoayuda.
Pero no hace falta ser un tirano todopoderoso para convertirse en víctima potencial del hubris. Con ejercer un cargo más o menos discreto ya se está corriendo el riesgo, como demostró recientemente el caso de Roman Abramovich. El magnate ruso fue elegido en el año 2000 gobernador de Chukotka, una de las regiones más remotas y subdesarrolladas de su país.
Sus habitantes le votaron con la creencia de que un líder multimillonario podría impulsar la economía local, pero sus esperanzas se truncaron cuando descubrieron que Abramovich estaba más interesado en utilizar su recién estrenado cargo para hacer realidad un sueño digno del mayor megalómano: construir un túnel transoceánico que uniera Asia y América con un tren de levitación magnética.

Los habitantes de Chukotka manifestaron en numerosas ocasiones su rechazo al magnate, pese a lo cual sigue en su puesto, ya que su amigo Vladimir Putin abolió las elecciones, para evitar que no saliera reelegido, y le reafirmó personalmente en el cargo. Y así siguen las cosas: el pueblo peleando para salir adelante en este mundo canalla y Abramovich regalándole a su novia una parcela en la Luna mientras rumia la manera de hacer realidad su colosal sueño del túnel submarino.


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