Historia

Diario de 10 náufragos

Marinos que bebieron sangre de peces o comieron carne humana para no morir en el mar

Vicente Fernández - 23/02/2015

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Las peripecias vividas por auténticos náufragos superan cualquier trama novelesca. Son historias de una dureza extrema, entre las que abundan los casos de hombres impelidos al canibalismo y al vampirismo con tal de poder sobrevivir. Pero también hubo otros personajes que, gracias a su preparación e ingenio, lograron salvarse sin caer en tales excesos, lo que les convirtió en auténticas leyendas del océano.

La furia del mar
¿Quién fue el primer náufrago de la Historia? Es imposible responder a esa pregunta, pero en las crónicas abundan numerosos testimonios escritos que relatan aterradores naufragios, como el que vivió el religioso español Fray Bartolomé de las Casas en 1554, cuando se hundió el galeón que le llevaba a Santo Domingo. “El navío tropezó con una piedra o isleta que no vio, y abriose por medio”, cuenta el fraile. “Algunos asiéronse a las tablas que hallaron cerca de sí. Destos acaeció que un padre y un hijo tomaron juntos una misma tabla y no era tan larga y capaz que por ella los dos pudieran escapar. Y dijo el padre al hijo: Hijo, sálvate tú con la bendición de Dios y déjame a mí, que soy un viejo, ahogar”.

Por entonces, cuando un barco se hundía, la única forma de salvarse era en balsa o chalupa. Luego, los supervivientes quedaban a la deriva, a merced de la providencia. Porque, hasta la invención de la radio, las posibilidades de ser rescatados eran muy remotas.

Fieras desesperadas
Tras pasar días, o incluso semanas, abandonados en la inmensidad del mar, muchos de esos supervivientes recurrieron al remedio más extremo para combatir el hambre y la sed: el canibalismo. Fue el fruto de la desesperación, que es el peor enemigo de los náufragos. A esta conclusión llegó el médico francés Alain Bombard, quien, en 1950, tras estudiar los casos de varios marineros que habían quedado a la deriva, observó que la mayoría había muerto hacia el tercer día. El hombre resiste más tiempo sin comer o beber; por tanto, no era la sed y el hambre lo que les había matado, sino, según él, la ignorancia… El desconocimiento de que el océano puede ser una despensa que, con suerte y habilidad, nos proporcione el alimento y el agua necesarios para sobrevivir.

Y esa ignorancia y esa desesperación están presentes en la aterradora historia del Essex, navío británico hundido en 1821. Los veinte supervivientes que flotaban en los botes salvavidas se negaron a dirigirse a la tierra más cercana, las islas Marquesas, por temor a los indígenas antropófagos, e iniciaron una travesía de cinco mil kilómetros para tratar de llegar a América del Sur. Tres meses después, un barco rescató a los ocho únicos supervivientes.

Habían devorado los restos de sus compañeros muertos, parecían haber enloquecido y se comportaban como fieras temerosas de que los recién llegados pudieran arrebatarles sus reservas de carne humana. En definitiva, se transformaron en los mismos indígenas antropófagos que tanto temor les inspiraban.

Pero, ¿habrían tenido otra salida? Sí. El caso de Steve Callahan es diametralmente opuesto a la historia anterior. El balandro de este norteamericano se fue a pique en 1982, en el Atlántico. Callahan se salvó en un bote inflable, aunque sin tiempo para mandar un SOS, ni de recoger víveres, ni agua. Consciente de que nadie iba a salir en su búsqueda, se dispuso a luchar. Su necesidad más inminente era calmar la sed. Pero, ¿cómo buscar agua dulce en medio de un océano con millones de litros de agua salada?

Gotas de oro líquido
Callahan fabricó un arpón con un cortaplumas y el palo de uno de los remos y, tras varios intentos desesperados, cazó una tortuga marina. Además de carne, el quelonio le proporcionó el remedio para saciar su sed. Le seccionó la garganta y bebió su sangre sin coagular. También consiguió agua de los peces que capturaba, ya que, abriendo la espina dorsal del pescado cerca de la cola, se obtiene una columna que contiene un líquido cefalorraquídeo de sabor dulce que puede beberse. Y con trucos como estos logró sobrevivir setenta y seis días perdido en la inmensidad del océano. ¿Parecen muchos?

Marilyn y Maurice Bailey, un matrimonio que, en 1973, quedó a la deriva en el Pacífico tras hundirse el yate en que viajaban con sus hijos, aguantaron 117 días. Aunque lograron llevar al bote salvavidas varios bidones de agua, el líquido acabó pudriéndose. ¿Qué hacer entonces? Marilyn, que era enfermera, recurrió a una medida extrema. Con un tubo de goma, fabricó unos enemas, con los que ella y su familia absorbieron el agua por el recto. En esa parte del organismo existe una membrana natural (la misma que seca nuestras heces) que sirve para filtrar el agua. Sus cuerpos absorbieron el líquido y evitaron la deshidratación.

Pescar es el medio más lógico para conseguir comida en medio del océano. Pero no siempre es el hombre quien consigue alimento en el mar, ya que sobre los náufragos acecha siempre la amenaza de un peligro mortal: los tiburones. Existen numerosas crónicas que relatan las espantosas muertes de marineros por los escualos. Una de ellas pertenece al conquistador español Bernal Díaz del Castillo, quien describió un naufragio frente a las costas del Yucatán en 1579. En el casco de la nave se abrió una vía de agua y, para evitar que la nao se hundiera, los marinos soltaron lastre: arrojaron al agua parte de su carga, incluidas sus reservas de carne. “Echaron mucho tocino al mar y otras cosas que traían para matalotaje (nombre que los marineros dan a las provisiones). Y cargaron tantos tiburones a los tocinos, que a dos marineros que cayeron al agua los despedazaron y se los tragaron”.

Más cercana en el tiempo, pero igualmente estremecedora, fue la odisea del Albatross, un buque escuela estadounidense que, en 1960, se fue a pique en el Caribe. El capitán y los cadetes se salvaron en los botes, pero la sangre de algunos de los chicos heridos atrajo a docenas de escualos que, durante dos días, acecharon las embarcaciones. Muy excitados por el olor de la sangre, los tiburones embistieron los botes con sus hocicos, para hacerlos volcar, y algunos llegaron a saltar y a meterse literalmente dentro de las barcas. Los muchachos se defendieron golpeando a los animales con los remos e incluso con sus puños desnudos. Fue una lucha encarnizada en la que cuatro de los chicos acabaron despedazados.

Tierra a la vista
El mayor deseo de todo náufrago es divisar la costa cuanto antes. Pero, en algunos casos especialmente trágicos, tierra no es sinónimo de salvación. Lo comprobaron con horror los veintidós tripulantes del Mary-Jeanne, un ferry que se hundió en 1978 en aguas africanas.

Tras pasar más de quince días a la deriva, aquellos desdichados vieron cómo la corriente les iba acercando por fin a tierra. Llegaron incluso a vislumbrar las palmeras y algunas chozas de los indígenas. Pero, de improviso, otra corriente traicionera e inesperada les arrancó de su ruta y les alejó de la costa. Demasiado debilitados para nadar o gritar, contemplaron desesperados cómo el destino les conducía a una muerte segura. Cinco días después les encontró un barco italiano; sólo dos de ellos seguían con vida.

Pero, aun llegando a tierra, la supervivencia no es sencilla. Lo demuestra la odisea del español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un legendario explorador que, en 1527, sobrevivió junto a trescientos hombres al naufragio de su flota frente a las costas de Florida.

La única posibilidad de salvación para aquellos aventureros era recorrer a pie aquel territorio inexplorado hasta encontrar algún asentamiento español. El problema es que no había ninguno en miles de kilómetros.
El conquistador y sus hombres recorrieron toda la Florida y llegaron hasta Texas. A cada paso, aquel numeroso grupo iba siendo diezmado por las fiebres y las luchas con los indios hostiles, hasta que la tropa quedó reducida a sólo cuatro hombres: el propio Cabeza de Vaca, otros dos españoles, llamados Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, y el esclavo negro Estebanico.

Descalzos y casi desnudos, los cuatro fugitivos cruzaron los desiertos del suroeste americano. Se alimentaban de lagartos, que despellejaban con sus manos, y de los gusanos que anidaban en la carne de los animales muertos. El propio Cabeza de Vaca relató su penosa marcha de la siguiente manera: “Por toda aquella tierra anduvimos desnudos, y como no estábamos acostumbrados a ello, a manera de las serpientes mudábamos los cueros dos veces al año. Y nos corría por muchas partes la sangre, de las espinas, piedras y matas con que tropezábamos”.

Un chamán con la piel blanca
La extrema odisea alcanzó su punto culminante cuando el explorador y sus compañeros fueron capturados por los apaches. Y se salvaron de la muerte gracias a que Cabeza de Vaca demostró unas inesperadas cualidades chamánicas. Un joven de la tribu estaba herido por una flecha y el español, sin ningún conocimiento de medicina, se ofreció a curarle. Con un cuchillo le abrió la carne y extrajo la punta del proyectil. Afortunadamente, el paciente sobrevivió a la herida y al inexperto cirujano; los indios, impresionados, llevaron al cautivo a ver a los demás enfermos de la tribu. “Por la noche nos traían a los hombres doloridos”, relató el aventurero, “y nosotros encomendábamos a Dios su curación, de tal fortuna que por la mañana parecían tan recios como si nunca hubieran enfermado”.

 
Aquellas curaciones supuestamente milagrosas convirtieron al español en un venerado chamán, hasta el punto de que el jefe apache Duljian le ofreció como esposa a su hija Amaria, con la que incluso tuvo dos hijos. Tras reemprender su camino, los españoles cruzaron el territorio protegidos por la aureola de poderoso curandero que rodeaba a su líder. Y así, los cuatro hombres avanzaron por Texas, Arizona y Nuevo México. Su asombrosa aventura finalizó al avistar un poblado español en territorio mexicano. Corría el año 1536; por tanto, Cabeza de Vaca y sus compañeros ha­bían pasado nada menos que nueve años vagando por aquellas desoladas tierras.

Me llamo Crusoe, Robinson Crusoe
Pero, probablemente, el náufrago más célebre de todos los tiempos sea el protagonista de Vida y extraordinarias y portensosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante, la novela escrita por Daniel Defoe en 1719. Se trata de un héroe de ficción, pero para crearlo, el escritor se inspiró en un personaje real, el corsario escocés Alexander Selkirk, “víctima” de un castigo habitual entre piratas: ser marooned.

¿Y en que consistía? En ser abandonado en un arrecife con una pistola. Casi todos morían ahogados cuando subía la marea, pero muchos de esos desdichados preferían ahorrarse la agonía volándose la cabeza de un tiro. El caso de Selkirk fue diferente. En 1703, cuando formaba parte de la tripulación del buque corsario Cinque Ports, Selkirk, harto de pillajes y saqueos, pidió voluntariamente que le aplicaran dicho castigo. Su deseo le fue concedido, y le desembarcaron en la isla de Juan Fernández, a 600 km de la costa de Chile. Le entregaron dos mosquetes, pólvora, herramientas y cinco gatos, para que le hicieran compañía. Luego, el barco se hizo a la mar y Selkirk se dispuso a esperar la llegada de otra nave que le recogiera. Pero conforme pasaron las semanas, nuestro hombre comprendió que su espera iba a ser mucho más larga de lo que había imaginado.
Selkirk fijó su morada en una cueva, pero allí descubrió que no era el único habitante de la isla… Millares de ratas anidaban en las entrañas de las rocas y salían en plena noche para devorar a los intrusos; de hecho, incluso exterminaron a dos de los felinos.
Superado el pánico de los primeros meses, Selkirk construyó un refugio en otra zona de la isla, y poco a poco se convirtió en un hábil cazador; se alimentaba de la carne de cabras salvajes y de tortugas gigantes. Y cada noche encendía una gran hoguera en la playa, que servía de aviso para cualquier barco que pasara por el horizonte. Pero nadie veía su luz.
Fueron necesarios más de cuatro años para que un buque recalara en Juan Fernández. Cuando encontraron a Selkirk, el náufrago iba vestido con pieles y no hablaba, sino que rugía, a la vez que recelaba de los recién llegados. Parecía trastornado por la soledad, y tardó varios meses en volver a comportarse como un ser sociable.

El hereje del océano
Todas las historias que hemos narrado pertenecen a personas que protagonizaron epopeyas de supervivencia contra su voluntad. Pero, aunque parezca increíble, también han existido náufragos voluntarios. Y el más célebre de todos fue el médico francés Alain Bombard, quien, en 1951, se propuso demostrar que es posible atravesar el océano viviendo sólo de lo que se obtiene del mar.
Para ello, cruzó el Atlántico a bordo de la lancha neumática L’Hérétique. Partió de Las Palmas el 22 de octubre de 1952 y arribó a la costa americana en diciembre del mismo año.

Para calmar su sed llegó a ¡beber agua de mar! Consumir agua marina es muy peligroso, ya que su elevado contenido en sal altera la composición química de la sangre. En un principio, los riñones filtran y eliminan parte de ese exceso de sal, pero poco después, se atrofian por el exceso de actividad y a la persona le sobreviene la muerte por nefritis.
Pero Bombard pensó que si consumía sólo medio litro de agua marina al día, la cantidad de sal sería lo suficientemente pequeña como para que sus riñones la eliminasen sin un riesgo excesivo para su organismo. Gracias a ese ritmo de ingesta, la acumulación salina fue muy lenta y sus células pudieron asimilarla.

Pero tan terrible como la sed fue la soledad. La angustia de estar confinado en el reducido espacio de una lancha, unida al lentísimo discurrir de las horas y los mareos, hicieron que Bombard sufriera lo que los médicos llaman “síndrome del estrés del mar”.

 
Sus síntomas son náuseas y delirios, que producen visiones y empujan a algunos náufragos a arrojarse al mar para poner fin de una vez a su sufrimiento. Un cuadro aterrador que el aventurero describió después de forma muy expresiva: “Cuando estás a la deriva, la mitad del tiempo la pasas temiendo la muerte, y la otra mitad, deseándola”.


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