Sin zapatos

Así serían nuestros pies si no se hubiese inventado el calzado

Nadie duda de que Neil Armstrong dio un paso histórico, pero ¿y si no se hubiera inventado el calzado? ¿Lo habría hecho? ¿Cómo tendría los pies? ¿Y nosotros, seríamos diferentes?

Marta García - 06/02/2018

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Entre la bota de Neil Armstrong y los primeros vestigios de calzado han pasado 10 969 años, los 9000 a.C. que pasaron hasta que se encontraron los primeros restos y los 1969 de nuestra era que llevaron a la conquista de la Luna. Miles de años en los que ha habido rudimentos, tendencias, anécdotas, egolatrías y divismos. Los zapatos y su historia han generado ríos de tinta, pero ¿y si no existieran? ¿Si no hubiéramos protegido nuestros pies? ¿Habría dejado Armstrong su huella en la Luna? Es más, ¿sería nuestra pisada igual

Los actores Gwyneth Paltrow y Orlando Bloom, así como la modelo Gisele Bündchen, entre otras celebridades, opinan que incluso sería mejor. Forman parte de un movimiento que se ha dado en llamar barefoot walking y que sostiene que caminar descalzo mejora la circulación sanguínea y el equilibrio y fortalece los músculos de los pies. 

Pero el calzado no se concibió por capricho ni para alimentar una industria que ha facturado el año pasado más de 2000 millones de euros. “Surgió para intentar evitar las heridas y pinchazos que se producían al caminar descalzos y para proteger a los pies del frío y el calor”, explica Isabel Guillén, jefa de la Unidad de Pie y Tobillo de la Clínica Cemtro.

Un invento necesario

¿Cuánto hace de esto? Se han hallado pinturas rupestres datadas 14 000 años antes de Cristo que representan a mujeres calzadas con botas de piel y hombres con polainas de tejidos animales.

El paleontólogo Antonio Rosas, profesor de Investigación del CSIC, señala que los primeros registros reales son del Paleolítico superior, aunque se sospechan usos anteriores por yacimientos de la época gravetiense en los que, junto a huesos humanos, se han encontrado restos vegetales que hacen presumir la utilización de una especie de calzado.

Erik Trinkaus, profesor de Antropología Física en la Universidad de Washington, va más allá. Analizando restos humanos de hace 30 000 años, llegó a la conclusión de que nuestra morfología varió como consecuencia del uso de algún tipo de zapato. Trinkaus, autor de Evidencia anatómica del uso del calzado en humanos a través de la historia, sostiene que se produjo una reducción de los dedos pequeños del pie y ciertas modificaciones a la hora de caminar que afectan a toda la cadena cinética podal y a las rodillas. Estudios biomecánicos complementarios han descrito cómo, al caminar descalzo, se apoya toda la planta y se ejerce menos presión sobre las rodillas.

La fatal modernidad

Así es, al menos, como se cree que caminaron nuestros antepasados hasta que los primeros zapatos envolvieron sus pies con pieles. Eran materiales suaves y flexibles y no alteraron mucho la pisada. El calzado moderno lo cambió todo. La aparición de suelas duras modificó la forma de apoyar el pie sobre la superficie y varió el mapa de presiones que se ejercen sobre los dedos. Empezamos a dar pasos más largos, a impactar primero con el talón, a exigir más a las rodillas… y a perder flexibilidad en el pie, aunque no para Zola Budd, una corredora sudafricana que a punto estuvo de alzarse con la victoria en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984.

Se corría la final femenina de los 3000 metros cuando Budd, que estaba haciendo una excelente carrera, perdió las primeras posiciones para situarse en séptimo lugar. Budd iba sin calzado. ¿Fue esa la causa de su derrota? “Es una enorme barbaridad –opina Isabel Guillén–. En cada uno de los 7000 a 10 000 pasos que damos cada día, se ejerce un impacto sobre los pies que equivale a cinco veces nuestro peso. No es difícil imaginar la sobrecarga que se produce durante la carrera”. Probablemente, si Budd hubiera llevado unas zapatillas con siete clavos en el antepié de distribución y un biselado posterior que hubiera asegurado el apoyo, habría ganado la carrera.

Pero Budd no está sola en su defensa de los pies desnudos.Famosa fue la hazaña de Abebe Bikila, el maratonista etíope que ganó su primer oro olímpico en 1960 sin calzado. También Tegla Loroupe, leyenda femenina keniata de la carrera de larga distancia logró el récord mundial en varias ocasiones, y Ken Bob Saxton, alias Barefoot Ken Bob, se hizo famoso, además de por su resultados en el maratón, por liderar esta tendencia.

A su favor está que la tasa de lesiones entre los corredores de élite que usan zapatillas se mantiene estable en las últimas décadas, según Ross Tucker y Anthony Dugas, fundadores de Science of Sport. Estos expertos señalan que la inferior preparación de los atletas de la década de los años 90 puede estar tras esta falta de mejora en las estadísticas.

“Caminar descalzo, pues, solo tiene sentido cuando el calzado es malo porque puede provocar heridas que se infectan con facilidad –advierte Guillén–. El pie tiene poco riego, escasa vascularización y es muy fácil que se produzcan complicaciones”.
Entonces, ¿zapatos para todo? Un momento. Todo depende.

A Abebe Bikila le valió la medalla olímpica no usarlos, pero a los rusos en la Segunda Guerra Mundial les supuso algún respiro bélico apostar por ellos. El ejército de Stalin, al mando del general Chuikov, decidió equipar a sus soldados con botas tres tallas superiores para rellenar con papel de periódico el espacio libre y evitar la congelación de los dedos. Los alemanes, menos espabilados en este caso, se presentaron a guerrear con calzado de su talla: la necrosis de los pies fue su principal enemigo y murieron con las botas puestas.

Errores históricos

El calzado, pues, ganó aquella batalla aunque no siempre lo ha hecho a lo largo de la historia. La aparición de las hormas en punta en la Edad Media, inspiradas en Oriente, no favoreció la salud de los pies, igual que tampoco lo hicieron los tacones cuando empezaron a usarse en el siglo XVII. Fueron los hombres los primeros que apostaron por ellos para asegurar el pie en el estribo cuando cabalgaban.

Las mujeres rápidamente los incorporaron a su vestimenta para estilizar su figura, a pesar de los efectos perjudiciales que conllevan.

Hoy, el 90 % de las consultas femeninas en podología están originadas por el empleo de tacones elevados y punteras finas. 

“La distribución del peso corporal en bipedestación varía en función de la altura del tacón. Cuando es de dos centímetros, el reparto de peso se realiza al 50 % entre el antepié y el calcáneo; sin embargo, a medida que aumenta la altura, la proporción se descompensa y llega a ser del 90 % en el antepié con tacones de más de seis centímetros.

Como los clásicos

¿Y en otras partes del mundo donde todavía hay tribus que no conocen el calzado? En estos casos, los dedos tienden a abrirse y a ser más musculosos, como los del David de Miguel Ángel, además de que las plantas se endurecen y terminan apareciendo durezas y almohadillas como en la mayoría de los mamíferos, aunque no las callosidades dorsales típicas de los europeos. Pero, también, en palabras de Tim Weaver, antropólogo de la Universidad de California, se refuerza la estructura ósea de las extremidades como consecuencia de la tensiones biomecánicas que se producen. “Cuando se hace ejercicio en el gimnasio no solo se fortalecen los músculos, sino que también lo hacen los huesos”, señala.

Esta es la razón por la que hace miles de años los seres humanos tenían estructuras óseas más voluminosas y por la que a partir del Paleolítico superior dejaron de tenerla. “Caminaban, trepaban, acarreaban todo tipo de cosas”, dice el investigador Erik Trinkaus.

El paleontólogo Antonio Rosas no comparte esta opinión, como tampoco lo hace Susan Cachel, antropóloga de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey.

Para ambos, esta modificación ósea se debió no tanto al uso del calzado como al cambio de hábitos del ser humano, que se hizo más sedentario debido a la aparición de las industrias líticas.

Un gran paso

Hoy, las diferencias entre las poblaciones que usan y no usan zapatos son evidentes para los científicos. El calzado conduce a una mayor fragilidad debido a la presión constante y a la fricción abrasiva continua que el caminar ejerce sobre la planta. Puede que haya quien, como los seguidores del barefoot walking,  piensen que es algo impostado, un artificio que nos ha debilitado. Sea como fuere, descalzos o calzados, nuestra sociedad, y no solo Neil Armstrong, sigue dando pasos históricos para la humanidad.


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