Las artes ocultas

Durante siglos, cuadros de Rubens, Durero, Tiziano... fueron ocultados al gran p√ļblico por cometer un terrible pecado: mostraban cuerpos demasiado desnudos.

Quo - 20/09/2011

Las artes ocultas
La primera vez que se ve√≠a el vello p√ļbico de una persona real fue en este cuadro encargado a Goya por Manuel Godoy, quien lo escond√≠a en aposentos privados.

Hace un tiempo, Christie‚Äôs subast√≥ la obra de Ti√©polo, Retrato de mujer como Flora, hasta entonces desconocida. ¬ŅC√≥mo es posible que nadie hubiera tenido antes noticia de su existencia? Los abuelos de sus √ļltimos propietarios, una familia noble de Francia, la hab√≠an escondido porque se mostraba un pecho. Pocos meses antes, el presidente italiano, Berlusconi, mand√≥ poner un velo a una copia de otro cuadro de Ti√©polo: La verdad desvelada por el tiempo (v√©ase el recuadro Hoy igual que ayer). El cuerpo desnudo ha sido considerado en Occidente elemento er√≥tico y, en consecuencia, pecaminoso. Su exhibici√≥n ha sido prohibida no solo por normas no escritas, sino por documentos expl√≠citos que enviaban al infierno a quien osara contravenirlos.

Por fortuna, visto el arsenal de cuadros de gente en cueros colgados en los museos de toda Europa, los coleccionistas no tuvieron miedo a las calderas de Pedro Botero, y hoy podemos disfrutar de la sensualidad de Las tres gracias y del descaro con que nos mira la Maja desnuda. Al menos en Espa√Īa, como los reyes y poderosos fueron los principales ‚Äúconsumidores‚ÄĚ de este tipo de pinturas, a los sectores m√°s conservadores de la sociedad no les qued√≥ otra opci√≥n que hacer la vista gorda. Prueba de ello es un documento publicado hacia 1633 en el que un grupo de te√≥logos declaraba pecado mortal dibujar desnudos, pero exim√≠a de culpa a quienes los coleccionasen, con la √ļnica condici√≥n de no exhibirlos p√ļblicamente.

Innumerables obras de arte han pasado a√Īos recluidas en aposentos privados para disfrute exclusivo de unos pocos. Sin ir m√°s lejos, el Museo del Prado posey√≥ hasta 1838 una estancia que, a decir del autor franc√©s Prosper M√©rim√©e: ‚ÄúConten√≠a todas las desnudeces que hubiesen podido asustar a las damas‚ÄĚ. Se refer√≠a a la Sala Reservada, que albergaba los desnudos pintados por Durero, Tiziano, Rubens‚Ķ Algunos de ellos proced√≠an del ‚Äúcuarto bajo de verano‚ÄĚ del Alc√°zar de Madrid, donde Felipe IV se retiraba a dormir la siesta rodeado de im√°genes que se tapaban cuando entraba su esposa. Si bien la reina Isabel de Borb√≥n decidi√≥ hacer de tripas coraz√≥n, hubo consortes menos complacientes. Una de ellas fue Eugenia de Montijo, quien, escandalizada ante la visi√≥n de El ba√Īo turco, de Ingres, impidi√≥ a su marido, Napole√≥n III, colgarlo en sus habitaciones. El monarca tuvo que venderlo a Khalil-Bey, un diplom√°tico turco-egipcio con fama de juerguista que, antes de arruinarse, consigui√≥ reunir una deslumbrante colecci√≥n dedicada, sobre todo, a exaltar el cuerpo femenino.

‚ÄúAlgunas de las indudables delicias de los gabinetes reservados las proporcionaban su propio secreto, la consciencia de su inaccesibilidad y la convicci√≥n de su car√°cter transgresor‚ÄĚ, apunta Javier Port√ļs, conservador del Museo del Prado; y est√° claro que Khalil-Bey estaba dispuesto a retar a la sociedad de su √©poca cuando decidi√≥ hacerse tambi√©n con dos de las obras m√°s turbadoras del siglo XIX: El sue√Īo, que refleja una escena de amor l√©sbico, y El origen del mundo, descripci√≥n casi anat√≥mica de un sexo femenino; ambas, de Gustave Courbet.


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