Anatomía

Zapatillas inteligentes

¿Dolor de espalda? ¿Tensión muscular?  Las nuevas zapatillas pueden echarte una mano

Darío Pescador - 14/11/2011

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Apoyas todo el peso en los talones”, me dice Laura. No es un buen comienzo, y eso que ni siquiera he dado un paso. Estoy de pie, descalzo y mirando al frente en su consulta de Madrid. Me indica que camine hacia adelante y vuelvo a suspender miserablemente. “Andas con las rodillas, demasiado impacto en los talones, articulas poco los dedos y no te impulsas para dar el siguiente paso.” Voy a tener que aprender a andar. A mi edad.

¿No se supone que andar es natural? Ni siquiera pensamos en ello. Nos movemos de un sitio a otro pendientes de que no nos atropellen, mirando escaparates o hablando por el móvil, y nuestros pies funcionan solos. Sin embargo, muchas dolencias de espalda y articulaciones pueden tener origen en la postura que adoptamos. Y los humanos hemos dejado de andar con naturalidad desde que llevamos zapatos. De ahí que la irrupción en el mercado de una nueva línea de deportivas que, aseguran, ayudan a mejorar nuestro cuerpo se haya convertido en un importante objeto de estudio para esclarecer si son útiles o no.

 Laura Gómez es fisioterapeuta y monitora certificada por Romana’s Pilates, la escuela originaria en Nueva York. En su consulta ve muchas columnas torcidas. El trabajo para enderezarlas suele empezar en los pies. Solo para mantenernos erguidos, nuestro cuerpo ejecuta una complicada sinfonía de músculos, huesos y tendones en tensión que ajustan permanentemente la postura, como si fuéramos un tentetieso.

 Cuando cambia el terreno –por ejemplo, al subir una cuesta–, el cuerpo se inclina hacia adelante. Si introducimos un factor extraño, como el tacón de los zapatos, que eleva el talón del pie, toda la postura se altera. Para equilibrarnos, la pelvis se desplaza hacia adelante, la espalda hacia atrás, aumentando su curva natural y presionando las vértebras. El cuello se estira hacia el frente, para mantener la cabeza en su sitio. ¿Zapatos de tacón? Mala idea.

Las suelas rígidas también nos afectan. Si los dedos del pie no se articulan, hay menos impulso para el siguiente paso. El esfuerzo extra lo tienen que hacer las rodillas. “Nuestros pies están preparados para caminar por todo tipo de superficies”, dice Abel Galindo, fisioterapeuta y director de la academia MBT en España. “No están adaptados para caminar siempre por terrenos duros y lisos, que debilitan nuestros pies”, añade. Este es el principio de los zapatos MBT (Masai Bareboot Technology). La suela es muy gruesa y tiene forma de barca. Produce un paso inestable, como al caminar sobre arena, lo que obliga al cuerpo a estabilizarse permanentemente. Este trabajo ayuda a mejorar la postura, pero los milagros no existen. “Nunca decimos que adelgazan, o que eliminan la celulitis, como otras marcas han llegado a anunciar”, aclara Abel Galindo.

Mantener los pies despiertos

Otros estudios proponen una solución más radical al problema de los zapatos: caminar descalzos. Incluso correr descalzos.

Al fin y al cabo, es lo que los seres humanos han hecho durante millones de años y han olvidado ya. Hoy en día, los indios tarahumara, o rarámuri, del norte de México son conocidos por su capacidad para correr distancias de más de 200 kilómetros de un tirón, simplemente para visitar familiares. Cuando corren, lo hacen descalzos o provistos de unas sencillas sandalias artesanales.

 Los antropólogos coinciden en que estamos adaptados naturalmente para correr largas distancias, aunque no hagamos uso de esta habilidad. Tanto es así que se cree que la primera forma de caza fue por persistencia: perseguir a los animales hasta que morían agotados.

Chris McDougall, un corredor de maratón que se había lesionado repetidamente, estudió a los tarahumara. En su libro Born to Run explica cómo empezó a correr descalzo y no volvió a lesionarse. McDougall, ya en la cincuentena, corre descalzo en carreras de más de 100 km. Los pies no son simples zancos sobre los que sostenernos. Son sensores muy complejos. Nos informan constantemente de la forma del terreno que pisamos para que nos podamos adaptar a él. Los zapatos nos privan de esa información y dejan ciegos a nuestros pies.

 Se ha descubierto que los gimnastas que caen en una colchoneta blanda tras un salto lo hacen con más fuerza que si es dura. Del mismo modo, cuanto más blando es el zapato, con más fuerza pisamos.
Nuestro cerebro necesita recibir la información del suelo, y de forma inconsciente golpeamos buscando sensaciones. Esas zapatillas con una cámara de aire en el talón no disminuyen el impacto en nuestras rodillas, lo aumentan.

Para esto sirven las nuevas zapatillas

Cuando corremos descalzos, cambia automáticamente nuestra pisada. En lugar de golpear con el talón, el pie realiza un balanceo más suave y apoya más la planta y los dedos. Esto se traduce en menos impacto y menos energía consumida, y por lo tanto, menor fatiga.

Correr descalzo por la selva es una cosa. Hacerlo en una calle asfaltada, con cristales rotos y en pleno invierno es otra. La marca Terra Plana ofrece una solución: zapatos con una suela a prueba de perforaciones de solo tres milímetros. La sensación es parecida a caminar descalzos, pero con mayor seguridad.

Los dedos de los pies también son víctimas de los zapatos. La forma natural es tenerlos separados, lo que proporciona mejor apoyo y estabilidad. Sin embargo, aprisionados en zapatos desde la infancia, están amontonados y sin movilidad. En este caso, es la empresa Vibram, fabricante de suelas, la que desarrolló los zapatos Five Fingers, también llamados de “salamandra”, que además de tener una suela mínima y nada de tacón, separan los dedos de los pies. No parecen los más adecuados para ir a una boda, pero la experiencia es sorprendente.

Una cosa es cierta: con zapatos o sin ellos, muchos deberíamos correr más a menudo.


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