COMPORTAMIENTO

La ciencia de la venganza

La ciencia ha descubierto que la venganza activa en el cerebro los mismos mecanismos que el apetito

Vicente Fernández - 13/06/2011

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Desde que Aquiles estalló en un legendario ataque de cólera por la muerte de su mejor amigo, Patroclo, y se desquitó matando y mutilando a su verdugo, Héctor, ante los muros de Troya, hasta el enigmático protagonista de V de vendetta, la venganza es un impulso que ha fascinado al ser humano. Incluso ahora, tenemos abierto el debate sobre si la muerte de Bin Laden fue una medida justificada para proteger  la seguridad de EEUU o un acto de venganza.
Sea como sea, la historia, la literatura y el arte demuestran que el ser humano está sediento de venganza. Perdón, ¿he dicho sediento? Porque tal vez, y echando mano de la ciencia, lo más riguroso sea hablar de hambre de venganza.

Una  dulce sensación de placer

La doctora Tania Singer, neurobióloga del University College de Londres, realizó un interesante experimento. Los voluntarios fueron divididos en dos grupos, uno activo, que participaba en un juego conocido como “El dilema del prisionero”, y otro pasivo, en el que sus miembros se limitaban a ejercer de espectadores. En el juego, los participantes se dividían por parejas y simulaban ser delincuentes interrogados (por separado) por la policía. Si ninguno de ellos confesaba el delito, solo eran condenados a dos años de cárcel, pero si uno de ellos delataba a su compañero, al chivato le caería un año y a su colega cuatro. La tercera opción consistía en que ambos se delatasen uno a otro, caso en el que serían condenados a tres años.
Los investigadores ya habían acordado con algunos de los participantes que delataran a sus compañeros y ejercieran, así, el papel de traidores. Además, se escanearon con resonancias magnéticas los cerebros de los espectadores mientras presenciaban el juego. Cuando veían actuar a los traidores, se producía una actividad mayor en un área del cerebro seguida de la secreción de una hormona llamada grelina, que es también la responsable del apetito. A continuación, los investigadores fueron castigando a cada uno de los traidores dándoles pequeñas descargas eléctricas en las manos. Esto produjo otra reacción en el cerebro del público: afectaba a los mecanismos del placer, y liberaba serotonina y otros neurotransmisores relacionados, asimismo, con la sensación de saciar el apetito. ¿Qué se puede concluir de este experimento? En palabras de su directora, Tania Singer: “Que nuestro cerebro tal vez esté diseñado para encontrar placer con el castigo a los culpables”.
Otro estudio realizado en Suiza y publicado en la revista Science parece corroborar esta hipótesis. Investigadores de la Universidad de Zúrich realizaron con diversos voluntarios un juego con dinero real. Uno de los participantes tenía que entregar una cantidad a otro. El receptor recibía también la noticia de que el dinero se le iba a cuadriplicar y se le daba la opción de entregar la mitad a quien le había dado la suma inicial o de quedarse con todo. Si el jugador optaba por la segunda opción, el agraviado tenía dos posibilidades: una, castigar al otro jugador dándole una descarga eléctrica u olvidar el asunto a cambio de dinero. Lo curioso es que la mayoría de los ofendidos optaron por castigar físicamente a su compañero de juego. Y al escanear sus cerebros, se observó que mientras aplicaban las medidas punitivas se activaban en su cerebro las áreas relativas a los mecanismos de recompensa.

“El hecho de que la gente encuentre placer en castigar las malas acciones ajenas”, explica el director del experimento, Dominique de Quervain, “puede que sea un mecanismo evolutivo que se generó hace miles de años. Cuando aún no existían organizaciones encargadas de impartir justicia, la venganza era un arma necesaria para la supervivencia”.

la justicia por su mano

El jurista Lawrence M. Friedman en su Historia del derecho penal habla de la existencia de una llamada “Era de la Venganza”, en la cual, al no existir sociedad propiamente dicha, no había nadie encargado de administrar justicia, con lo que solo existía la revancha que los ofendidos se tomaban contra los ofensores. Afirma el autor que: “Esta venganza, aun cuando era la respuesta natural a las acciones que violaban el orden establecido, no podía considerarse como una pena en el sentido legal del término, ya que el grupo social aún no se había puesto de parte del ofendido”. Según el especialista, los albores de algo parecido a un sistema legal se produjeron con la aparición de un doble mecanismo de castigo que por un lado se apoyaba aún en la noción de venganza, mientras que por otro se hacía un esfuerzo por tratar de superarlo. Así, en Oriente Medio surgieron dos instituciones. La primera es la Ley del Talión, venganza pura y dura, aunque establecía un límite: el ofendido no podía causar a su ofensor un daño mayor que el recibido. Y la segunda, la compensación; o lo que es lo mismo, una retribución pecuniaria para que el agraviado se olvidara de vengarse.
A partir de ahí, las primeras civilizaciones fueron construyendo sus propios sistemas legales; unos más primitivos, otros más sofisticados. Pero paradójicamente, la aparición de un código legal no logró desterrar la idea de la venganza de la mente y el corazón humanos.
Según la psicóloga Isabel S. Isaburru: “Es una idea que resulta tan fascinante por la sencilla razón de que todos nos hemos sentido ofendidos en alguna ocasión. La rabia es un sentimiento humano y, para bien y para mal, hemos aprendido a reprimirla, incluso muchas veces cuando nos hacen daño. Por eso nos identificamos tanto con las historias protagonizadas por alguien que repara su honor vengándose de quienes le humillaron”.
Y razón no le debe faltar a la experta, ya que entre los 100 libros más vendidos de la historia, en el puesto número doce encontramos Diez negritos, el clásico de Agatha Christie, que en el fondo es la historia de una atroz y retorcida venganza. En ella, diez personajes que no se conocen entre sí, pero que tienen en común haber  cometido diversas faltas (crímenes, incluso) por las que no serian condenados ante ningún tribunal del mundo, son invitados a pasar un fin de semana en una lujosa mansión situada en una isla. Cuando llegan a la residencia, el misterioso anfitrión no aparece. Solo ha dejado una grabación a modo de macabra bienvenida en la que les informa de que, ya que la justicia establecida no les va a castigar por el mal que han hecho, él se encargará de vengar a sus víctimas. Y efectivamente, los invitados serán eliminados uno a uno de las más despiadadas formas, según una popular canción infantil inglesa.

Fascinados por los justicieros

Para muchos especialistas, estamos hablando de un sentimiento con connotaciones negativas. Ben Fusch, además de psicólogo, es uno de los consultores más respetados del mundo empresarial anglosajón; pero también es un especialista en el tema del desquite, al que ha dedicado años de estudios. “Creo que es cierta la idea de que la venganza es un plato que se sirve frío”, afirma Fursch, “ya que la gente experimenta placer ideando las mil y unas maneras en las que castigará a quien le ha ofendido. Pero esa sensación placentera desaparece cuando la venganza se cumple. Es, además, un placer mezquino, porque raramente queda uno satisfecho y pueden aparecer incluso los remordimientos”.
Para Fusch, el deseo de venganza en ocasiones está ligado al odio, y puede llevar a cometer atrocidades aún más terribles que cualquier ofensa recibida. Así, en la mitología encontramos la historia de Medea, quien se venga de la traición de su amante Jasón de una forma monstruosa: matando a sus dos hijos en común.

Pero por muy espantosas que, así en frío, puedan parecer acciones similares, la cultura popular ha entronizado la figura del justiciero convertido en verdugo y ejecutor. En 2009, una encuesta realizada en Reino Unido y Francia por la editorial Random House, dio como resultado que Edmond Dantès, el protagonista de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, era uno de los diez personajes literarios preferidos de los lectores de ambos países. Y Dantès es el vengador por excelencia de la historia de la ficción.

Traicionado por su mejor amigo y víctima de una conspiración para arrebatarle a su prometida y sus posesiones, Edmond es acusado de apoyar la causa de Napoleón Bonaparte (cuando el emperador ya estaba preso en Santa Elena). Condenado injustamente a cumplir cadena perpetua en el inexpugnable castillo de If, el atormentado héroe dedica una década a maquinar una sádica y retorcida venganza. Pasa un año entero cavando un túnel para fugarse del penal haciéndose pasar por cadáver, se convierte en contrabandista para ganar una fortuna que le permita reintegrarse en la alta sociedad y se labra una nueva identidad para volver al mundo y ajustar cuentas con quienes le traicionaron. Su venganza es despiadada, y se ceba también con las familias de sus enemigos.  Edmond no perdona a nadie, y no tiene reparo en dejar cadáveres inocentes en el camino para recuperar lo que era suyo. ¿Pero cómo puede un personaje tan despiadado despertar las simpatías del público?

la revancha es un ‘business’

Gordon E. Finley, profesor de Psicología en la Universidad de Florida que ha dedicado varios años a estudiar la figura de los justicieros en la literatura y el cine, afirma que: “Edmond Dantès presenta todos los rasgos típicos de un psicópata. Es incapaz de empatizar con nadie, le guía un fin determinado y no le importa el daño colateral que pueda causar para lograrlo”. Y entonces, ¿por qué tantos lectores se sienten cautivados por el? “El mal nos atrae. Nos fascinan Hannibal Lecter y otros asesinos semejantes. Dantès es un criminal tan despiadado como ellos, con la diferencia de que sus enemigos son aún peores. Podemos decir que su maldad es una especie de catarsis de la rabia y el odio que las personas podemos tener reprimidos”, explica el experto. ¿Eso quiere decir que la venganza es un sentimiento mezquino y negativo?
Para Isaburru, hablar de la venganza en términos morales es un error. “Es un impulso humano más”, afirma. “Estamos acostumbrados a los grandes y sangrientos ajustes de cuentas de las novelas y las películas; pero si miráramos a nuestro alrededor, nos daríamos cuenta de que la vida cotidiana está repleta de pequeños y sutiles actos de venganza”.

Razón no parece faltarle. Según un estudio realizado en 2003 por el Departamento de Justicia Criminal de Reino Unido, el 20% de los actos violentos que tienen lugar en aquel país están motivados por el rencor. Ernst Fehr, el responsable del estudio que ya hemos comentado realizado en la Universidad de Zúrich, también ha investigado cómo las ansias de venganza han echado raíces muy sólidas en el mundo empresarial. “Pregúntele a cualquier ejecutivo cuál es la razón que le lleva a tomar una determinada decisión y le responderá que el éxito, el deseo de tener mayores beneficios... Pero seguramente no le estará diciendo toda la verdad”, explica Fehr. Según cuenta el investigador en un artículo publicado en la revista Businessweek, el 35% de las decisiones que se toman en el mundo de los negocios están motivadas por el deseo de vengarse de un competidor, de destruirle o al menos tratar de causarle el mayor daño posible.
Fehr ha recogido numerosos casos que ilustran su tesis. Entre ellos destaca el de Joseph Galli, un ejecutivo que ocupaba un destacado puesto en Black & Decker. Galli deseaba ascender a un puesto superior, pero este fue ocupado por un rival. Furioso, solicitó su despido y acabó fichado por Amazon.
Los cálculos sugerían que el paso más rentable para esta empresa era incorporar juguetes a su catálogo de ventas online, pero Galli se las apañó para convencer a sus colegas de que abandonaran esa idea y se centraran en la venta de herramientas, en un claro intento de desbancar a su antigua firma. Los responsables le hicieron caso y pronto empezaron a perder dinero.
Actualmente, Galli ha pasado por tres empresas diferentes, y su móvil sigue siendo el mismo: tratar de echar a Black & Decker a la cuneta. “Es un caso extremo”, reconoce Fehr, “con un matiz de obsesión. Pero también tiene su lado positivo. En cada nueva empresa, Galli ha ido ocupando puestos de más responsabilidad, lo que quiere decir que, gracias a sus ansias de venganza, ha progresado en la vida”. ¿La venganza, por tanto, es buena? Lo dejaremos en que es algo muy humano. Porque, emulando lo que dijo Walter Scott respecto de errar: “Vengarse es humano, pero perdonar es divino”.


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