MEDICINA

Cirugía de ciencia ficción

Los 8 casos reales más increíbles

Rafael Mingorance - 03/02/2015

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Fátima y Amina son dos siamesas marroquíes que acudieron al Hospital La Paz de Madrid. Compartían las piernas, la pelvis y el aparato genitourinario. “Se trataba de un caso poco frecuente. Estudiamos al detalle cómo las separaríamos intentando que el reparto de órganos fuera equilibrado”, comenta el doctor Juan Tovar, jefe de Cirugía Pediátrica de La Paz. La operación se realizó el 14 de febrero de 2001. Hasta entonces, nunca se había practicado con éxito en España una operación en siamesas tan compleja. Bajo la batuta del doctor Tovar, los equipos de ortopedia, urología, neurología y reconstrucción plástica trabajaron sincronizando sus conocimientos durante meses, y llegó el momento decisivo. Tras separar la pelvis, hubo que reconstruir sus aparatos genitales.  

Existen pocos casos como el de Fátima y Amina. De hecho, ocurre una vez por cada 200.000 nacimientos. Separarlos es una hazaña. Es muy duro cuando existe algún órgano compartido y hay que decidirse por el bebé que tiene más posibilidades de sobrevivir.  Y a veces las cosas no salen bien.

Cirugía fetal

Para salvar una vida humana, a veces hay que salvar barreras naturales extraordinarias, como puede ser el vientre de la madre. La cirugía fetal es un desafío esperanzador. Un caso extremo y pionero en Europa es el que trataron José Luis Peiró y Francisco Soldado en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona en octubre de 2007. Cuando Lucía era solo un feto de 21 semanas, su pierna izquierda y el cordón umbilical, que la mantenía unida a la placenta de su madre, sufrieron una amenaza inesperada. Ambas partes quedaron cada vez más envueltas en la cinta amniótica que, de pronto, se había desprendido del útero.

La situación se volvió crítica y a punto estuvo de matar a Lucía. Pero la historia quedó resuelta con un desenlace feliz. Este caso evidencia, una vez más, que el desarrollo de la medicina pasa por estrechar vínculos con los avances tecnológicos de última generación. “Parece un invento de ciencia ficción. Tratamos al feto como un paciente más y lo operamos en su medio líquido, dentro de la madre. Lo planificamos todo con tanto esmero que, si surgía cualquier imprevisto, sabíamos que tendríamos capacidad de respuesta para actuar con rapidez y sin provocar daños”, afirma el doctor Peiró, codirector del programa de cirugía fetal del Hospital Vall d’Hebron. “Aprendimos mucho de las pruebas de cirugía fetoscópica que realizamos con ovejas; después, trasladamos todo el conocimiento adquirido al tratamiento de seres humanos”, dice el doctor Francisco Soldado Carrera, líder de la línea de investigación en brida amniótica del Vall d’Hebron.

Imaginación y vanguardia

El pionero de la cirugía fetal es el doctor Michael R. Harrison, que trabaja en la Universidad de California, Estados Unidos. Inició sus investigaciones con animales y creó un programa clínico a principios de la década de 1990. En Estados Unidos han hecho ya alrededor de 400 cirugías fetales abiertas, como espina bífida y tumoraciones pulmonares fetales. En lo que se refiere a cirugías intrauterinas, solo la desarrollan países como España, Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido y Brasil. De nuestros hospitales, destacan Vall d’Hebron, Hospital Clínic, de Barcelona y Virgen del Rocío, en Sevilla.

Con frecuencia, la solución en el último momento viene de la imaginación del cirujano, y a veces se abren nuevas vías para abordar males comunes. “Destacaría un caso de medicina extrema común a principios del siglo XX. Cuando el doctor atendía de urgencia a un niño que padecía difteria, para evitar que se ahogara, le practicaba una traqueotomía. En situaciones límite, si estaba en casa del paciente, llegaba a utilizar el cuchillo de la cocina”, señala Jacint Corbella, presidente de la Reial Acadèmia de Medicina de Catalunya (RAMC). Todavía no existía el suero antidiftérico, y lo prioritario era salvar vidas echando mano de la imaginación y de los recursos disponibles.

Menos aparatoso, pero igual de eficaz, resultó el remedio de Harry Beecher, quien trabajó como anestesista durante la Segunda Guerra Mundial. A falta de morfina, inyectaba una solución salina, totalmente inocua, que provocaba en los heridos el efecto de un anestésico.

La siguiente va más allá de una “solución imaginativa”, y sin duda oiremos hablar de ello en los próximos meses. El desafío, en esta ocasión, consiste en bajar la temperatura del paciente hasta inducirle un estado de “animación suspendida”, sin pulso, sin presión arterial, sin ondas eléctricas en el cerebro. Y sin deterioro funcional tras la operación. En el Hospital General de Massachusetts, en Boston, Estados Unidos, han empezado a utilizarlo en pacientes con traumatismos graves.

El tratamiento consiste en enfriar al paciente hasta los 10ºC.
 La temperatura normal del cuerpo humano es de 37ºC, y las personas normalmente mueren deprisa si la temperatura del interior del cuerpo cae por debajo de los 22ºC. Esta técnica se basa en conectar una bomba a los principales vasos sanguíneos del cuerpo y reemplazar la sangre por un suero salino a soloamente 2ºC de temperatura. 

El responsable a cargo del equipo de investigación, el doctor Hasan B. Alam,  cree que aproximadamente el 90% de los pacientes con traumatismos graves, que ahora mismo podrían estar abocados a una muerte prácticamente segura, pueden llegar a salvarse mediante está innovadora técnica.

Soluciones de emergencia

Poco efecto placebo sintió el doctor Ivanovich Rogozov cuando, atrapado en una base antártica soviética durante el invierno de 1961, sufrió un ataque de apendicitis y tomó la decisión de operarse a sí mismo abriéndose el abdomen. La operación duró 45 minutos, un tiempo mínimo si se compara con los tres meses que Marco Antonio Carrasco Vergara tuvo la cabeza abierta antes de ser intervenido por Fernando Palacios Santos, neurocirujano del Hospital Nacional Guillermo Almenara Irigoyen, de Lima. Resultó un caso extremo.

El paciente había sufrido un accidente de tráfico durante el mes de octubre de 2005, y su pronóstico hacía temer lo peor. El impacto súbito le provocó una inflamación cerebral de tal calibre que impedía cualquier intento de cirugía rápida para reconstruirle los huesos de la cabeza. “Extrajimos la región frontoparietal izquierda y la guardamos dentro del abdomen del propio paciente, porque allí se conservaría mejor que en una nevera; no perdería ni un ápice de su vitalidad. Cuando las constantes del afectado se estabilizaron, recuperamos la pieza y reconstruimos el cráneo. ¡Cómo cambia la vida! Antes de padecer el accidente, el chico era botones de un hotel. Ahora enseña música tradicional. A pesar de sufrir un leve defecto de memoria, se desenvuelve bien en el día a día”, comenta mediante una entrevista telefónica el doctor Palacios.

Ming Lin podrá conducir después de que los cirujanos le salvaran la mano que un tractor le arrancó de cuajo. Tras el accidente, quedó en tal mal estado que los médicos del hospital Zhengzhou, ubicado en la provincia china de Henan, tuvieron que implantársela en la pierna durante tres meses. Una vez regenerado el tejido, despegaron la mano de la pierna y a continuación volvieron a colocarla en el brazo.

Aunque a algunos pueda parecerles lo contrario, la medicina extrema tiene poco de ciencia ficción.


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