Dossier decisiones

¿A qué hora como para no engordar?

Y otras 18 decisiones sobre nutrición que mejorarán tu dieta

Ana Pérez - 02/09/2016

Nada más levantarnos nos enfrentamos al primer dilema: ahora, ¿qué desayuno? ¿Café caliente o frío?, ¿con azúcar, miel o leche? Y si tomo leche, ¿mejor entera o desnatada? ¿Me interesa tomarla enriquecida con algo (calcio, ácido fólico, etc.)? Y… ¿cuándo es el mejor momento para desayunar si no quiero engordar?

El Laboratorio de Alimentos y Marcas de la Universidad de Cornell, a cargo de Adam Brumberg, en Inglaterra, asegura que cada uno de nosotros tenemos que tomar una media de 200 decisiones sobre lo que comemos cada día. Y la mayoría, según esta investigación, elegimos de forma inconsciente, sin saber por qué. De hecho, Brumberg y su equipo aseguran que son muchos los estudios que demuestran que el ambiente es un factor determinante en nuestra decisión final sobre lo que ingerimos.“Las personas que están acostumbradas a comer palomitas de maíz en el cine, se las comerán aunque estén rancias”, aseguran.

De hecho, gracias a la literatura científica reciente, sabemos que es probable que pidas comida basura cuando estás estresado, mientras que, cuando estás relajado, tienes más predisposición a consumir alimentos saludables. También sabemos que si eres chico ingerirás casi el doble de pizza cuando comas junto a una mujer que cuando lo hagas con otros hombres. Mientras que si eres chica, te cortarás más si compartes mesa con el otro sexo que si lo haces con tus amigas.

Y, por último, en un restaurante serás cuatro veces más propenso a pedir postre si tienes un IMC alto que si lo tienes bajo. Incluso, según una investigación reciente publicada en The International Journal of Obesity, si ya sufres obesidad o sobrepeso eres más propenso a seguir engordando, como respuesta al estrés que te provoca esta situación. Según Eric Robinson, del Instituto Universitario de Psicología de la Salud y la Sociedad de la Universidad de Liverpool y coautor de este estudio: “La clave está en la forma en la que retratamos el sobrepeso y la obesidad dentro de la sociedad. Es algo sobre lo que debemos reflexionar, ya que deberíamos emplear más medios en alentar a las personas a introducir cambios saludables en su vida que en retratar el exceso de peso como algo terrible”. Por esta razón, tienen mucho más éxito en las dietas de adelgazamiento quienes planifican lo que comerán con antelación y son conscientes de la importancia del cambio de hábitos que quienes improvisan sobre la marcha, pues estarán expuestos, sin saberlo, a la presión del ambiente.

La trampa de las cinco comidas al día

Aitor Sánchez, dietista-nutricionista y autor de Mi dieta cojea (Ed. Paidós) asegura: “Cuando se nos dan pautas como tomar algo en ayunas, comer cada tres horas o no ingerir nada a partir de las 5 de la tarde, lo que se pretende es más un ordenamiento de la conducta general que un consejo nutricional como tal. De hecho, se trata de hipótesis que a menudo tienen cierto fundamento científico pero que, a la hora de la verdad, no siempre son válidas.

¿Por qué me sienta mal un alimento? Cuando algo no nos sienta bien (inflama nuestro intestino o no somos capaces de metabolizarlo), nuestro sistema inmunológico se defiende produciendo una intolerancia alimentaria.

Por ejemplo, hacer cinco comidas diarias se justifica porque, al repartir la ingesta a lo largo del día, no se alcanzarán picos de glucosa tan altos, lo que en teoría nos ayudará a mantener el peso. Pero la realidad nos demuestra el efecto contrario: los estudios conductuales aseguran que entre el 70 y el 80% de los individuos, cuando van a merendar o almorzar, toman una decisión insana”.

Algo parecido sucede con el desayuno. ¿Cuántas veces hemos oído lo importante que es? Sin embargo, también es la ingesta diaria en la que se cometen más incorrecciones. “¿Que si el desayuno es la comida más importante del día? Si vas a comer galletas, bollería o cereales azucarados prefiero que no desayunes. Ahora, si vas a comer sandía y una tostada de pan integral de verdad con aguacate, entonces sí. Deberíamos hacer más hincapié en qué comer y menos en el cómo”, explica Sánchez.

Los estudios conductuales demuestran que cuando merendamos o almorzamos, el 70% de los individuos tomamos una decisión insana 

Otro tema que podemos plantearnos nada más apagar el despertador es el de tomar ciertos alimentos en ayunas: un zumo de limón con agua, pomelo… De nuevo la premisa tiene cierta base científica, de hecho hay algunos medicamentos, vitaminas y minerales que se recomienda tomar en ayunas para que su absorción sea más eficaz. “Pero que nadie piense que por tomarse un zumo de limón en ayunas va a tener algún beneficio para la salud diferente del que tendrá si se lo toma a mediodía”, apunta Sánchez.

Sin embargo, la doctora María Concepción Vidales, directora médica de Nutrimedic (nutrimedic.com) y autora de La Digestión Perfecta (Ed. Cúpula), discrepa. “Está comprobado que nuestro metabolismo basal es más lento a primera hora y tomar ciertos alimentos, como el zumo de limón, facilita su activación. Además, sus propiedades depurativas pueden preparar a nuestro organismo para el día”, termina. Una vez que hemos decidido desayunar se nos plantea un nuevo dilema: ¿Leche desnatada o normal? ¿De vaca o vegetal, como la de soja?’’

Lo light nos hace engordar

En cuanto a la primera duda, investigaciones recientes aseguran que las personas que toman productos desnatados acaban ingiriendo más calorías y por tanto engordan más. De hecho, hay una investigación reciente realizada a 1.500 personas a lo largo de 12 años en la que se comprobó que quienes tomaban productos desnatados tenían el doble de riesgo de ser obesos que quienes consumían leche entera, mantequilla, nata y queso. Incluso cuando se tenían en cuenta las diferencias en ejercicio físico y consumo de otros productos que podían influir en el peso.

Además, según otro estudio de 2013, la grasa de los lácteos previene la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. ¿La razón? “La saciedad. Los productos desnatados no llenan tanto, de manera que llegamos con más hambre a la siguiente ingesta. Además, inconscientemente, al considerar que engordan menos tendemos a ingerir más cantidad”, explica Sánchez.

También, en los últimos años, hemos oído a menudo cantos de sirenas que nos hablan de lo inadecuada que es la leche de vaca, “porque somos el único animal que sigue tomando leche en su vida adulta”, apuntan algunos. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Es mejor tomar las vegetales?

¡Toma lácteos! ¿O no?

“Las personas digerimos la lactosa solo parcialmente. Cuando somos bebés nuestra síntesis de lactasa es correcta, pero conforme crecemos vamos desarrollando una intolerancia parcial, nos sienta peor. Además tenemos que tener en cuenta algo que a menudo no se dice: la leche no es imprescindible, como tampoco lo es ningún otro alimento por sí mismo (la carne, el pescado, etc.). Siempre hay otras opciones que pueden aportar los mismos beneficios nutricionales.

En el caso de la leche de vaca, hay legumbres y algunas verduras como las coles y el brócoli que tienen tanto o más calcio, algo que deberemos tener en cuenta si efectivamente sufrimos alguna intolerancia o simplemente no digerimos bien la leche de vaca. Pero tampoco es cierto que la leche sea mala per se. Las últimas recomendaciones de Harvard, de hecho, limitan la cantidad de leche que debemos tomar al día,
no porque sea mala, sino para que no descuidemos la ingestión de otros alimentos.

Pero tampoco debemos pensar en las leches vegetales como sustitutivos de la de vaca. De hecho, la de soja por ejemplo, a no ser que esté enriquecida (y habría que ver en qué cantidad), no contiene calcio. Además, mientras la leche entera o la desnatada sabemos que no llevan ningún tipo de azúcar añadido, algunas leches de soja sí lo incorporan, sobre todo para enmascarar su sabor”, advierte Sánchez.

La fruta y la verdura, entera y cruda

Otro alimento que debería formar parte de la primera comida del día es la fruta, que para ese momento solemos consumir en forma de zumo. Además, ahora, la tendencia healthy que todo lo inunda ha hecho que proliferen los licuados de frutas y verduras tanto en el desayuno como en otras ingestas a lo largo de la jornada. Por eso, los expertos han tenido que advertir de lo importante que es tomar la fruta entera. “Por definición, la fruta y la verdura siempre es mejor consumirla cruda que cocinada (algo que no vale para otros alimentos como la carne o las legumbres, aunque hay quien aboga por ello).

“El problema actual no es que nos falte un antioxidante concreto o las propiedades mágicas de la piña, sino que estamos comiendo fatal”

Y la fruta, siempre mejor entera que en cualquier otra forma. Lo peor es el zumo, porque es solo agua con azúcar, desprovisto de la fibra. Después estarían los licuados, que tienen pulpa, pero no se mastican. Y el efecto saciante y la percepción de las calorías masticadas es mucho mayor que el de las calorías bebidas. Así que yo solo recomendaría los licuados a alguien que haga mucho ejercicio físico y necesite tanta cantidad de fruta que sería imposible que se la tomase masticada de una tacada. Pero nunca en casos de dietas para perder peso, por ejemplo”, explica Sánchez.

De hecho, la Sociedad Española de Estudios de la Obesidad asegura: “Los zumos y los licuados no son recomendables ni en dietas de adelgazamiento ni para personas diabéticas. La razón es que, al quitar la pulpa a la fruta, la fibra que contiene se pierde (cuando es lo más recomendable para quienes tienen que perder peso) y los azúcares de la fruta se absorben mucho más rápido, lo que produce un pico de insulina (algo que no les conviene a los diabéticos) y que también se traduce en que fabriquemos más grasa y sintamos hambre antes”. Los expertos advierten, incluso, de que sustituir comidas por licuados de manera recurrente puede causar graves problemas de salud. Un hábito que se está extendiendo como parte de las dietas detox, que abogan por la necesidad de desintoxicar nuestro organismo. Pero, ¿realmente tenemos que limpiarnos de algo?

¿Qué hay que desintoxicar?

La doctora Vidales asegura: “Los ayunos o descansos se realizan desde hace siglos. Porque sea cual sea nuestra cultura, tendemos a cometer excesos. Algo que también sucede en la actualidad con la creciente ingesta de comida precocinada o rápida, que deja en nuestro cuerpo sustancias que nos pueden enfermar. Además, este tipo de alimentos somete a un estrés excesivo a los órganos implicados en la digestión. Así que estos planes nos permiten dejarles un descanso”.

Sin embargo, para Aitor Sánchez, la respuesta ideal a días de excesos es volver a los hábitos saludables con normalidad: “No tenemos que desintoxicarnos de nada, tenemos riñones e hígado que se encargan de eso. La moda detox quiere inculcarnos una idea errónea: ‘vengo de un exceso y toca purgarme’. En realidad busca acallar nuestra conciencia, pero no tiene un respaldo real. La gente es consciente de que se ha sobrepasado y es su forma de compensar. Pero debemos tener muy presente que, en cuestiones de salud, las soluciones rápidas no sirven”, explica Sánchez.

Sin embargo, es lo que nos venden a menudo. Las dietas mágicas basadas en extracto de alcachofa, batidos de proteínas o un jarabe purgante siguen estando a la orden del día, sobre todo después de épocas como el verano y la Navidad, en las que nos sentimos culpables por los excesos cometidos. Pero Sánchez es tajante: “Si alguien quiere perder peso rápido que se corte un brazo, perderá unos siete kilos aproximadamente”, dice sarcástico. Y continúa: “Perder peso de manera saludable no puede ser nunca rápido. Sin embargo, la industria del adelgazamiento, con un 99% de fracaso, está basada en esto y, sin piedad, nos empuja a adquirir productos que nos harán conseguir una pérdida de peso mágica.

Cuando lo que nos interesa no es perder peso sino el exceso de grasa en nuestro organismo, que es lo realmente perjudicial para nuestra salud. En mi clínica a menudo me encuentro con pacientes que se extrañan porque no los pesamos. ¿Para qué? A mí lo que me importa es reeducar su forma de alimentarse y no mirar cuánto pesan. La báscula es un pésimo indicador de salud, hay gente muy delgada que se alimenta fatal. El problema, aunque nos quieran hacer creer lo contrario, no es que nos falte un antioxidante o las propiedades mágicas de la piña, sino que estamos comiendo fatal. Y lo demuestra el hecho de que se esté creando toda una industria de suplementos para paliar carencias derivadas de la mala alimentación. Un caso indignante es el de los suplementos para niños, que nos venden con el mensaje: ‘no importa que no se coma las lentejas o el filete, si le das esto ya estará alimentado para todo el día’”, denuncia Sánchez.

Azúcar no, gracias

Para mejorar nuestra alimentación diaria, los expertos están de acuerdo en que nuestro gran enemigo actual es el azúcar, que está presente en bebidas, zumos, comida preparada y demás. Muchos de los productos que consumimos lo llevan, en algunos casos como conservante y, en muchos, para captar nuestra atención y que sigamos consumiéndolos. Pero, ¿por qué nos pierde? Pues según las últimas investigaciones las causas son biológicas. Según afirma el experto de la Universidad de Newcastle John Prescott en su libro Taste Matters: Why We Like The Foods We Do (El sabor importa: por qué nos gusta la comida que nos gusta), nuestros antepasados cataban semillas, raíces y frutos para saber qué podían comer y qué no y terminaron relacionando el dulzor con los alimentos sanos y el amargor con los no recomendables. Seguramente por eso, la selección natural nos ha llevado a estar preparados para detectar el sabor dulce. Según un estudio llevado a cabo por los científicos del Centro Monell de Filadelfia (EE. UU.) nuestras papilas gustativas cuentan con más cantidad y variedad de receptores del azúcar que de los demás sabores. Así que, ¿debemos cambiarlo por productos edulcorados? Pues no, tampoco.

El pasado otoño la revista Nature publicaba un estudio con roedores en el que investigadores del Instituto Weizmann de Israel demostraron que tres edulcorantes artificiales (sacarina, aspartamo y sucralosa) modificaban las bacterias de la flora intestinal de los animales, lo que propició que generasen intolerancia a la glucosa, esto es, el primer síntoma de desarrollo de obesidad y diabetes. Ellos aseguran que los humanos podemos estar sufriendo los mismos efectos. Sea así o no, la realidad es que la OMS recomienda no superar los 25 gramos al día de azúcar (por debajo del 5% de la ingesta calórica diaria) ni 15 miligramos al día de sacarina. Además, los que no pueden renunciar al sabor dulce siempre pueden optar por edulcorantes naturales como la stevia. Pero como dice Sánchez: “La clave está en desengancharse del azúcar. La gente es adicta a la comida, no es una exageración. Igual que inhalar el humo del tabaco es adictivo, tomar un alimento determinado te puede crear una sobreestimulación en el circuito cerebral asociado a las adicciones muy exacerbada”.

Aunque parezca difícil, algunas investigaciones hablan de que se puede revertir la sobrecarga del sistema de recompensa del cerebro que sufren quienes a menudo eligen la opción insana, es decir, quienes eligen atiborrarse de azúcar. Según un estudio publicado en la revista Nutrition and Diabetes, las personas que se someten a un régimen de adelgazamiento desarrollan cambios en áreas del cerebro relacionadas con el aprendizaje y la adicción, de manera que aumentan su sensibilidad hacia opciones más saludables en detrimento de las más calóricas. Para conseguir esto, podemos empezar por organizar nuestras comidas y seguir un horario adecuado.

¿A qué hora como?

En los últimos años se están produciendo avances reveladores en este sentido. El más importante es uno llevado a cabo por el Instituto Salk para los Estudios Biológicos de San Diego, que ha comprobado que debemos ingerir toda la comida en una franja de ocho horas, es decir, que si desayunamos a las ocho de la mañana debemos agrupar todas las comidas hasta las ocho de la tarde. Esta investigación, hecha con ratones, determinó que los que así lo hicieron ganaron poco peso y no desarrollaron problemas metabólicos, mientras que los que comieron a todas horas de forma desordenada se volvieron gordos y enfermos.

La razón de este sorprendente descubrimiento tiene que ver con la relación entre nuestro ritmo circadiano y nuestro metabolismo. De hecho, hay otras investigaciones que avalan estas conclusiones: una de la Universidad de Harvard publicada en el International Journal of Obesity reveló que quienes comen antes de las tres de la tarde pierden más peso que quienes lo hacen después. Además, está comprobado que hay horas especialmente indicadas para consumir según qué alimentos. Por ejemplo, una investigación de la Universidad de Tel Aviv demuestra que por la mañana nuestra capacidad de metabolizar los azúcares es mayor, mientras por la noche aumenta la intolerancia a la glucosa. Al margen del peso, una investigación de la Universidad de California comprobó que comer a deshoras también influye en el cerebro. Según su experimento, también con ratones, los que comían cuando su cuerpo entendía que debían estar durmiendo sufrían graves consecuencias en su capacidad de aprendizaje y su memoria. En este sentido, la doctora Vidales apunta: “En España lo que más afecta a la digestión es lo tarde que comemos y cenamos. Lo ideal sería desayunar entre las siete y las nueve de la mañana; hacer el primer tentempié sobre las 11:00 u 11:30; comer a las 13:30; tomar otro tentempié a las 17:00 y cenar a las 20:30 como muy tarde”.

Otra gran corriente cada vez más en auge es el veganismo. Igual que cada vez hay más rechazo (en los no intolerantes, se entiende) hacia la lactosa y el gluten, aumentan los partidarios de seguir una dieta vegana, es decir, basada en la ingesta de frutas, verduras y frutos secos. Tal es la fiebre que datos recientes apuntan a que hay entre 3 y 7 millones de veganos solo en EE. UU. En cuanto a la conveniencia de esta forma de vida, cada vez hay más investigaciones que la avalan. Como el estudio de la Universidad de Florencia (Italia) que relaciona la dieta vegana con bajos niveles de enfermedades cardiovasculares y cáncer. Sin contar con el que asegura que la dieta vegana reduce los efectos adversos de la menopausia y los niveles de estrés. Sin embargo, también se encuentran estudios que hablan de las deficiencias en vitamina B12 que padecen quienes no consumen ni carne, ni pescado ni huevos. Entonces, ¿en qué quedamos?

Ser o no ser vegano

Por otra parte, hoy en día experta en este tipo de nutrición Lucía Martínez asegura en su obra Vegetarianos con ciencia: “Ser vegetariano no es más saludable que no serlo, así de entrada. Lo que es saludable es llevar una alimentación adecuada, sea cual sea nuestro estilo de vida y nuestra opción dietética. Ser vegetariano implica normalmente un compromiso social, medioambiental, ético y político. La lucha estriba en conseguir que nuestra alimentación mejore el mundo. Olvidaos del reduccionismo al nutriente. Aquí y ahora no hay ninguna dificultad para llevar una alimentación vegetariana tan saludable como la que más, solo hace falta estar bien informado. Pero esto es aplicable a cualquier modelo de alimentación”.

Algo con lo que parece estar de acuerdo la doctora Vidales: “Hacerse vegetariano es una decisión muy personal y, más que una moda, tiene que ver con tu filosofía de vida. Como médico recomiendo que la persona lleve una alimentación equilibrada y variada, pero si algo no nos sienta bien o pensamos que no debe formar parte de lo que comemos no pasa nada, siempre que nos asesoremos y que un profesional nos indique cómo suplir lo que no vamos a incorporar en nuestra dieta con otros alimentos saludables o con algún tipo de suplemento para compensar”, asegura la experta.

Al pan, pan y al vino…

Por otra parte, hoy en día cuando entramos en una panadería cada vez encontramos más variedades que complican la elección: trigo, espelta, integral, centeno… ¿Cuál es la decisión más saludable? “Aunque creamos que sí, en España no hay pan integral en casi ningún sitio. Lo hay en Austria, Alemania o Suiza, donde está prohibido hablar de pan integral si no lo es al menos en un 90%. Pero aquí tenemos que ir a un herbolario o a un establecimiento muy específico para encontrarlo. Lo que hay en la mayoría de las panaderías es pan con harina refinada de trigo y un 0,5% de harina integral que le da el color, pero sin el grano entero, que es el que mantiene beneficios como el efecto saciante. Lo mismo sucede con los panes de centeno o multicereales. En la mayoría de los casos están hechos con harina refinada. Sería mucho más saludable comer pan de trigo integral que cualquiera de estos panes de harina refinada, aunque esta sea de centeno o de espelta”, termina Sánchez.

Según Science el vino ayuda a diversificar las bacterias del intestino.

Otro clásico es el que nos hace escoger entre agua u otras bebidas durante las comidas. Esta pregunta tiene una respuesta definitiva: agua. ¿Alguién lo duda todavía? Es cierto que aún colean mitos como el que aseguraba que beber agua durante la comida engorda porque nos hace retener líquidos. Pero nada de esto es cierto, el agua no tiene calorías, ni incrementa las de otros alimentos si la mezclamos con ellos. Y como dice Sánchez con sorna: “Nadie tiene sobrepeso porque retiene líquidos, más bien lo que retenemos son lípidos.

Según un estudio reciente beber alcohol mientras comemos inhibe la zona del cerebro que regula la saciedad

Si realmente se retienen líquidos estaríamos hablando de un problema renal o de desajuste de electrolitos, que habría que tratar expresamente”. De hecho, muy al contrario, beber agua durante las comidas estimula el funcionamiento de los riñones y contribuye a un buen equilibrio hídrico en el cuerpo.

Además, una investigación publicada en la revista Health Psychology asegura que beber alcohol mientras comemos inhibe los circuitos cerebrales que nos avisan de cuándo estamos saciados, de manera que comeremos más y peor.

Benditos huevos

Si hay otro alimento que carga desde hace tiempo con un inmerecido sambenito, este es el huevo. De hecho, durante mucho tiempo se recomendó restringir su consumo debido a su alto contenido en colesterol. Sin embargo, desde 2003 varios estudios sugerían la revisión de este consejo y negaban la relación de los huevos con el colesterol y la diabetes. Y ahora, la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria sitúa el huevo en la pirámide nutricional como alimento de consumo diario recomendado. Como dice Sánchez: “El huevo es un alimento fantástico, así que lo podemos comer cuanto queramos. Es un alimento con una aportación proteica genial, con una cantidad de grasa perfecta. Tiene colesterol, pero ahora sabemos que el que tomamos en la dieta no es relevante. Lo importante es la calidad de la grasa y de los alimentos. Así que podemos tomar tres huevos al día sin problema y estar sanísimos”.

Uno de los momentos del día en que más acostumbramos a comer huevos en España es, sin duda, la cena. ¿Hacemos bien o debemos cenar menos?

“La cena es una ingesta más y yo invito a que se organice acorde al día. De hecho, se puede hacer más copiosa si se usa para reponer la gran cantidad de calorías que hemos gastado con anterioridad. ¿Qué pasa? Que a la mayoría de la población se le recomienda cenar ligero porque han comido mucho durante el día. Digamos que es una recomendación de salud pública, que a veces puede ser contraproducente. Porque en muchos casos la cena es la única comida que se hace bien, saludable, porque es cuando estamos en casa y comemos relajados en familia. Por eso, quizás sería mejor centrar el mensaje en que se mejore el desayuno y dejar que la gente siga cenando, aunque eso sí, a una hora razonable”.

“Distribuir más calorías en la comida o en la cena no influye en la pérdida de peso. Lo que influye es el patrón: puedes cenar cocido y no tienes por qué engordar más, si has hecho deporte y has comido algo muy ligero”, termina Sánchez. Otra cosa es que nos siente mal, pero, ¿de qué depende que algo nos siente bien o mal?

¡A tu salud!

“No todos hacemos la digestión de la misma manera.Los adultos podemos tardar entre 3 y 4 horas dependiendo del funcionamiento de nuestras funciones digestivas; de la longitud de nuestro intestino; del peristaltismo (los movimientos de contracción del tubo digestivo que ayudan al avance del contenido intestinal), etc. También depende de lo que hayamos comido. No es lo mismo hacer la digestión de una comilona copiosa con hidratos e incluso alcohol, que hacerla de frutas y verduras, por ejemplo. Y también depende de la genética, la fisiología y la fisonomía de cada individuo”, explica la doctora Vidales.

De hecho, esta es otra de las razones por las que se aconseja hacer cinco comidas al día, para dejar el tiempo suficiente a nuestro sistema digestivo para hacer su trabajo. Eso sí, siempre teniendo en cuenta que los dos tentempiés de media mañana y media tarde deben ser muy ligeros. Su función es mantener el mecanismo basal activo y los niveles de glucosa.

Y sigue Vidales: “También influye cómo lo tolere nuestro organismo. Ahora sabemos que nuestro sistema inmunológico, el que nos defiende de ataques externos, cuando hay un compuesto de un alimento que no nos sienta bien reacciona con una intolerancia alimentaria. Para ello, utiliza unas inmunoglobulinas, las G, que envían anticuerpos contra el antígeno del alimento que nos sienta mal. Cuando esto sucede es porque hay algo en ese alimento que nos hace daño. Ya sea porque no se digiere bien, porque nos causa una inflamación o porque no somos capaces de metabolizar alguna de las sustancias que contiene”. Para saber si este es el caso, tenemos a nuestro alcance análisis de intolerancia alimentaria en sangre, cada vez más comunes y que pueden costar entre 90 y 290 €, según la cantidad de alimentos analizados.

Durante algún tiempo se relacionó a estos análisis con dietas de adelgazamiento, ya que aseguraban que servían para detectar lo que nos hace engordar, cuando en realidad esto no es más que un efecto colateral que no siempre se produce. “Indirectamente, si la intolerancia que tenemos es hacia alimentos que engordan mucho (trigo, ciertos hidratos, etc.), cuando los eliminamos de la dieta para que no nos hagan daño mejoramos nuestra manera de nutrirnos y adelgazamos. De hecho yo he vivido casos en los que el paciente se encuentra tan bien al quitarse esos alimentos que continúa cuidándose más en otros aspectos, empieza a hacer deporte, etc. En definitiva, todos deberíamos hacernos este tipo de análisis alguna vez para descubrir qué nos hace daño, en mayor o menor medida”.

La doctora Vidales cuenta en su libro incluso casos de otras dolencias no digestivas derivadas de intolerancias alimentarias. “He tenido el caso de un niño con una fuerte dermatitis que, tras hacerle la analítica, detectar qué tipos de intolerancias tenía y quitarle ciertos alimentos relacionados con estas, ha mejorado de una forma impresionante su afección en la piel”. Por último y en esta línea del cuidado digestivo, está la moda de los alimentos probióticos y prebióticos. ¿Qué son y por qué hay que tomarlos? Bichos en tu estómago “Nuestro aparato intestinal está lleno de bacterias, buenas y malas. El problema es que cuando las malas superan a las buenas, sobreviene la enfermedad. De ahí la necesidad de tomar alimentos probióticos como los lácteos o el kefir.

Se ha descubierto que la distribución de más calorías en la comida o en la cena no influye necesariamente en la pérdida de peso

Estos regeneran la composición de nuestro intestino reponiendo las bacterias buenas. Ahora sabemos que es fundamental mantener a salvo la microbiota (los microorganismos que pueblan nuestro intestino), que es la que nos protege de las malas digestiones, inflamaciones y otras molestias. Por su parte, los prebióticos son el alimento de los probióticos, por lo que son necesarios en tanto en cuanto queremos mantener sanos a los primeros. Gracias a los prebióticos se evitan enfermedades digestivas, pero también se ha descubierto con las últimas investigaciones que previenen el desarrollo de otras, como las cardiovasculares, dermatológicas y neurológicas” termina Vidales. 

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