Vivieron en Madrid

¿Es posible que los mamuts vuelvan a existir?

Pasearon por nuestro país y sus restos nos están hablando de su forma de ligar y de nuestra manera de comerlos. Pero ¿los volveremos a ver vivos algún día?

Pilar Gil Villar - 19/06/2017

Te puede interesar...


La jaula de cristal de este artificial esqueleto dorado de mamut es probablemente un seguro antirrobo. Pero a los visitantes humanos de la escultura nos tranquiliza. La fascinación por semejante enormidad de criatura se mezcla con un temor ancestral a su amenaza. Aunque sea en huesos ficticios y en un retiro dorado de palmeras que lo sacan completamente de contexto. El título que dio su autor a la obra refleja el interés que aún nos despierta: Extinto, pero no olvidado.
No por la ciencia, desde luego, empeñada tanto en rastrear su historia como en plantear –o rebatir– su recuperación a través de la ingeniería genética.

Los avances en genómica arrancan cada vez más información al ADN de su única herencia: los restos fósiles. En el último gran estudio publicado, los genomas de 143 mamuts de todo el mundo nos han hablado de sus relaciones de pareja. Al igual que en los elefantes actuales, cuando llegaba la edad de reproducirse, era el macho quien abandonaba el grupo. Y parece que no se andaba con remilgos en cuanto a la especie de sus posibles candidatas. Porque, dentro de lo que solemos entender por mamuts, se han identificado hasta 160 especies distintas, surgidas en sus casi 5 millones de años de existencia.

Carles Lalueza-Fox, uno de los autores de la investigación, precisa desde el Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-UPF) de Barcelona que trabajaron con mamut lanudo y su ADN mitocondrial, un material genético contenido en los corpúsculos que dotan de energía a las células y heredado solo por línea materna. “Vimos que había tres grandes linajes de mitocondrial, mientras que el ADN nuclear [en el que interviene el cromosoma Y de los machos] tenía una distribución más uniforme, porque los machos se van del grupo”.

Refugiados del clima

Por primera vez en este tipo de estudios se contemplaban restos hallados en la península ibérica. Sí, aquí también hicieron temblar la tierra con sus rotundos pasos. Hoy diríamos que como refugiados del clima. Porque estas latitudes no constituían su entorno natural, representado por la fría estepa nórdica de altas y abundantes hierbas. Pero los máximos glaciales del Pleistoceno la cubrieron de espesos y permanentes hielos que se extendían hasta la Centroeuropa actual. El hambre les empujó hacia un sur más fresco de lo habitual, junto a otro tipo de fauna adaptada al frío como bisontes, rinocerontes lanudos o renos. Diego Álvarez-Lao, de la Universidad de Oviedo, identificó restos suyos en 72 yacimientos de la península, tan sureños como el de mamuts lanudos de Padul, en Granada.

Los más antiguos vinieron hace unos 150.000 años, los restos fósiles más abundantes se cifran en torno a hace 44.000 y los últimos coinciden con las últimas glaciaciones, unos 10.000 años atrás. Aunque no se trató de una presencia continua. De haber sido así, probablemente habrían reducido su tamaño debido al entorno más cálido. Un fenómeno conocido, que el cambio climático actual está provocando en muchas especies. Pero Álvarez-Lao comprobó en un estudio posterior que no había diferencias de tamaño norte-sur. Al regresar al norte cuando las variaciones climáticas lo permitían, la especie no tuvo tiempo de desarrollar esa adaptación.

Bienvenidos a Madrid

A juzgar por la cantidad de restos encontrados, en la confluencia de los ríos Manzanares y Jarama, en Madrid, encontraron refugio a menudo. En sus yacimientos paleolíticos –entre los más numerosos de Europa– han aparecido fósiles tanto de lanudos como de otros animales similares, a veces difíciles de distinguir de ellos, como el Elephas antiquus o el género Palaeoloxodon, caracterizado por unas defensas (o colmillos) rectos.

Según Joaquín Panera, arqueólogo del Centro Nacional de Investigación para la Evolución Humana (CNIEH), la abundancia madrileña no es casual. Sus suelos de yesos se caracterizan por una vegetación pobre y, en los rigores del estío “los ríos se convierten en auténticos corredores ecológicos que concentran sobre todo la fauna de mamíferos”, ya que sus riberas se transforman en el único refugio verde. Además, “el alto Jarama proporciona uno de los pasos más fáciles entre las dos mesetas a través de Somosierra”. Todos factores naturales en pro de concentrar esa fauna ancestral y preservar sus restos, si sumamos que las condiciones geológicas favorecieron la fosilización. Hay otro factor humano que facilita encontrarlos. “Una ciudad grande como Madrid necesita áridos, por lo que se establecieron canteras cercanas y muy a mano para muchos investigadores” con acceso a lo que se pudiera desenterrar en ellas.

De cena, tuétano

Lo que Panera y Susana Rubio-Jara desenterraron en el yacimiento de Preresa, en Getafe, fueron 82 huesos de un solo ejemplar, probablemente de mamut. Un buen botín, enriquecido por estar rodeado de nada menos que 754 herramientas de sílex y cuarcita. José Yravedra, de la Universidad Complutense de Madrid, concluyó que eran restos de un gran festín neandertal, celebrado 84.000 años atrás. Los huesos presentaban marcas de corte características de quienes han rascado de ellos alimento con herramientas. Literalmente, hasta el tuétano. Por primera vez se documentaba la extracción de la médula de esos durísimos huesos, aunque se conocía la práctica en otros animales.

Los testimonios de banquetes mamúticos se repiten en el cercano yacimiento de Arroyo Culebro, también con neandertales como comensales. A todos les vendría muy bien la cena. Según descubrió José Luis Guil-Guerrero, de la Universidad de Almería, la grasa de mamut contenía abundantes ácidos omega 3, muy beneficiosos para el desarrollo cerebral, entonces en plena expansión en nuestros ancestros. Pero dicha grasa también portaba una insospechada carga de información: resultó muy parecida a la de los actuales caballos de Yakutia (Siberia). Dado que estos pasan el invierno en estado de semihibernación, los mamuts también podrían haber practicado ese tipo de reposo.

¿Caza o azar?

Lo que no está claro es si la carne era un botín de caza o puro carroñeo de restos dejado por otros animales. Yravedra nos desmitifica la imagen de nuestros ancestros acorralando a la gran presa: “En un grupo de humanos de unos 20 individuos, existía el riesgo de que al menos cuatro murieran o sufrieran heridas muy grandes”. ¿Compensaba? La consideración podría ser válida incluso para otros depredadores. “Hoy en día el único enemigo del elefante es el león, y eso solo en edades tempranas, hasta los diez años o así”, advierte el investigador. La muerte natural pudo por tanto estar detrás de esas oportunidades de acceder a su carne.

Sin embargo, sí debió de haber cacerías, aunque fueran ocasionales. Vladimir Pitulko publicó el año pasado el hallazgo en el Ártico del cadáver congelado de un macho. Sus costillas presentaban marcas de lanzas afiladas y la mandíbula y el colmillo derecho indicios de que se los hubiera querido separar del cuerpo. No en vano la presión de los humanos se presenta como uno de los factores para la extinción de estos seres, hace 4.000 años.

El porqué del adiós

Ni siquiera tuvo que tratarse de un acoso masivo. La subida de temperaturas que marcó el final de la Edad de Hielo, hace unos 15.000 años, los fue replegando a reductos cada vez más pequeños del norte de Siberia. El derretimiento del permafrost –el suelo perennemente helado– y los glaciares convirtieron las estepas en tundras y pantanos para los que los mamuts no estaban diseñados. En ese momento unos pocos episodios de caza pudieron adquirir un gran peso en la extinción. Un estudio de Jesús Rodríguez, del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CNIEH), sobre esta época consideraba suficiente la matanza de un mamut por persona cada tres años, según la estimación más alta, y uno por persona cada 200 años, según la más baja. Y una vez arrinconados, su declive comenzó a retroalimentarse. Aunque el trabajo de Rodríguez argumenta que una parte de los animales pudo huir hacia el norte de Mongolia, los restos más recientes se han hallado en la isla de Wrangel , en la costa norte de Siberia. De ellos se han extraído uno de los dos genomas de buena calidad descifrados hasta ahora. Su mensaje era premonitorio. Lalueza-Fox explica que “en ellos se había acumulado un gran número de mutaciones negativas para la viabilidad del individuo, algo característico de las especies en extinción, como el lince ibérico, o los últimos neandertales”. Algunas de ellas afectan a la fertilidad, por lo que el individuo no puede contribuir a remontar una población ya menguada.

¿Volveremos a verlos?

El acceso a material génico (y la influencia de Parque Jurásico) disparó el deseo de revivir mamuts. El científico ruso Sergey Zimov sueña con repoblar la tundra siberiana con fauna pleistocena. Aunque la iniciativa con mayor repercusión mediática es la de George Church, director del Equipo de Recuperación del Mamut Lanudo en la Universidad de Harvard. Recientemente se ha publicado que conseguiría un ejemplar en unos dos años. Su propuesta: sustituir algunos genes en una célula de elefante asiático por otros de mamut. Crear un embrión insertando esa célula en un óvulo de elefanta y criar el feto en esta o en un útero artificial.

El resultado sería, en realidad, un elefante con rasgos de la raza extinta. Y aún así, no parece una realidad cercana. Church no ha publicado aún ningún trabajo al respecto, y varios pasos del proceso necesitan aún validación técnica y según Lalueza-Fox, solo la obtención del óvulo de elefanta “no pasaría ningún comité ético”. Nos toca pues seguir imaginándolos y, desde luego, no olvidarlos. n


Comentarios

Publicidad