FOTOIMPACTO
Los grandes del mar
Los titanes del océano, de cerca
Pilar Gil Villar - 28/11/2011-
Récord submarino
El más grande de las profundidades, el tiburón ballena, pasea unos 14 m de cuerpo a ras de la superficie. Mientras absorbe plancton y pequeños peces, consiente tranquilo la compañía de humanos.
A nosotros nos impresionan. Veinte metros de tiburón ballena dejándose acompañar mansamente por una turista fascinada, una tonelada de ballena franca recién nacida o trece metros de jorobada lanzados al aire en un salto acrobático. Pero la inmensidad del océano convierte el tamaño de los gigantes de estas páginas en algo tan relativo que la mayoría de ellos ni siquiera lo utiliza para medirse con otros habitantes marinos de gran envergadura. Desde uno de los puestos más bajos de la cadena trófica, se alimentan de plancton y diminutos crustáceos y peces. Solo la beluga, el tiburón ballena y la falsa orca, en realidad un tipo de delfín, se atreven con presas más sustanciosas.
Y superada la sorpresa de sus dimensiones, presentan rasgos aún más fascinantes en su fisonomía. Como el recurso a diseños de formas y claroscuros personalizados. Los dibujos ventrales de las ballenas jorobadas y las callosidades de las francas constituyen una seña de identidad equiparable a nuestras huellas dactilares. Al igual que ese cien en raya blanquinegro de los tiburones ballena, al que se ha atribuido la función de protector solar.
Cosas suyas
Otros rasgos se amplían a toda la familia. Según descubrieron Jon Seger y Vicky Rowntree, de la Universidad de Utah (EEUU), las crías de ballena franca aprenden dónde comen sus madres durante el primer año y acuden allí toda su vida. Los machos de ballenas jorobadas de una zona geográfica comparten el mismo canto de apareamiento. Al año siguiente, será sustituido por un nuevo éxito, de hasta 20 minutos de duración. Aunque nunca alcanzarán el virtuosimo de las belugas, cuyo repertorio de melodías les ha valido el apodo de canarios marinos. Se cree que las modulan con la grasa de la cabeza.
Durante mucho tiempo, el tejido adiposo de muchos colosos marinos encabezó la lista de razones para cazarlos. Seguido por las barbas que filtran el plancton en numerosas especies y que se utilizaban en los corsés, por ejemplo, o por el ámbar gris de los cachalotes. Esta sustancia de sus intestinos terminaba los perfumes más codiciados. Su función está tan poco definida como la del aceite blancuzco de su cabeza. Bautizado como espermaceti por balleneros que lo creyeron semen, se sospecha que influye en la flotación, porque se solidifica con el frío. Pero es otro pequeño misterio de los grandes.
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