Es más similar que diferente

La ciencia confirma que el cerebro de hombres y mujeres es igual

Largas décadas de ciencia simplista han llegado a su fin: hoy no puede afirmarse que este órgano sea distinto en hombres y mujeres.

Andrés Masa - 19/05/2017

Imagen cerebrps

Es un mito, eso de que el tamaño no importa. A los hombres les gustan las mujeres con las tetas grandes y a las señoras, los caballeros con la cartera abultada; ellas valoran los pequeños detalles y ellos ocultan las insignificancias bajo un coche innecesariamente largo. Los hombres se sienten cómodos en grandes grupos de amigos, las señoritas prefieren tener menos compañía, pero más íntima.

En esta prejuiciosa –y un tanto desfasada– visión del mundo, el tamaño no solo importa. Es determinante. Al menos, cuando una oportuna simplificación de la literatura científica consigue demostrar que las dimensiones del cerebro, o de algunas de sus partes, difieren muy significativamente entre ambos sexos. Y que eso solo puede significar, prosigue esta argumentación, que los hombres son de Marte y las mujeres, de Venus.

El problema de este discurso es que cada vez está más claro que todos somos terrícolas. Tras décadas de observación mediante imágenes por resonancia magnética (IRM), hay resultados para todos los gustos. Pero no se ha demostrado que exista un cerebro de hombre y uno de mujer en base a este tipo de retratos, que detallan la estructura del órgano y que son muy valiosos para detectar alteraciones y diagnosticar enfermedades.

Más similar que diferente

Los científicos utilizan el término dimorfismo sexual para referirse a los órganos que tienen dos versiones, una masculina y otra femenina. El caso más evidente es el de los órganos sexuales.  La expresión era relativamente frecuente en los artículos científicos sobre el cerebro, construidos sobre imágenes IRM, hace no demasiado.

Cerebro masculino (imagen superior): La imagen muestra que la sustancia blanca es más difusa en estos cerebros. Cerebro femenino (imagen inferior) Una técnica específica muestra que el tracto que alberga la sustancia gris es más complejo.

Actualmente, el término está pasado de moda, pero este tipo de estudios sigue detectando diferencias que invitan a especular acerca de la existencia de un cerebro de hombre y un cerebro de mujer. Eso justificaría hablar de desemejanzas en la conducta, la cognición, la personalidad... Y cuantas más imágenes, mayor especulación.

Las diferencias detectadas son insuficientes para afirmar que hay dos versiones del cerebro

Precisamente la característica más destacada del último estudio que aborda estas diferencias es la gran cantidad de escáneres analizada por los científicos para llevarlo a cabo. Su estudio de más de 5.000 cerebros es el mayor trabajo comparativo hasta la fecha.

El colosal análisis ha permitido a los autores concluir que el cerebro masculino es más grande, incluso teniendo en cuenta que, en conjunto, el cuerpo masculino es más voluminoso. Y aseguran que también es más variable y que eso explica por qué ellos son más distintos entre sí, física y mentalmente, que las mujeres.

En cuanto al cerebro femenino, la corteza, una región que está relacionada con funciones cognitivas superiores, es más gruesa. Según el trabajo, eso podría explicar por qué ellas sacan mejores puntuaciones en las pruebas de inteligencia. A día de hoy, el estudio está pendiente de revisión en una revista especializada, pero los autores no han querido perder el tiempo y lo han colgado en bioRxiv, un repositorio donde cualquiera puede consultarlo. “Ha sido muy útil porque muchas personas han hecho comentarios excelentes sobre el borrador”, afirma el investigador principal, de la Universidad de Edimburgo, Stuart Ritchie. Algunos de ellos, respecto a la discusión sobre si las diferencias entre el cerebro de las mujeres y el de los hombres dependen solo del sexo. En la jerga, si existe dimorfismo sexual. “Después de algunos comentarios, hemos eliminado la discusión sobre el término dimorfismo sexual”, admite el investigador. Y añade: “Parece que está insuficientemente definido”.

Serias limitaciones

El artículo explica claramente que las diferencias son demasiado escasas como para afirmar que haya dos versiones del órgano. Pero dejar caer que el hecho de que las mujeres tengan la corteza más gruesa podría ser la causa de que obtengan mejores puntuaciones en los tests de inteligencia consigue tergiversar el mensaje. 

De todas maneras, es habitual que los análisis de imágenes IRM detecten diferencias entre los sexos. Aunque estos trabajos son fundamentalmente estadísticos y, aparte de las relacionadas con la interpretación de los datos, tienen serias limitaciones que Ritchie y su equipo no han  ocultado.

Afirman que haber estudiado miles de cerebros da solidez al trabajo pero, al mismo tiempo, admiten que solo se han analizado los de personas de 44 a 77 años. Y que ese no es el único motivo por el que la muestra “no era suficientemente representativa de la población general”, en palabras de Ritchie.

La investigación pública ya pide que se tenga en cuenta el sexo en los estudios

Las imágenes proceden de un estudio epidemiológico a largo plazo de la población del Reino Unido, en el que participan medio millón de personas. Pero la investigación solo pudo contar con escáneres cerebrales del 5,5 por ciento de todos ellos.

Y las pruebas de inteligencia a las que se sometieron fueron insuficientes como para establecer una correlación entre el tamaño de ciertas partes del cerebro y las funciones cognitivas. Por eso, traducir las diferencias en la morfología del cerebro
–las diferencias estructurales– a distinciones funcionales, o siquiera insinuar que podría hacerse, es un paso que no cuenta con respaldo empírico. También es el tipo de asociación con la que se corre el riesgo de fomentar una simplificación excesiva de los resultados cuando la información sale de la comunidad científica al público.

Puede provocar que se extiendan ideas como que el cerebro de los hombres está preparado para ganar más dinero y que las mujeres son multitarea –sí, hay estudios que han sido sintetizados con semejantes conclusiones–. O, en otras palabras, que
es natural que los hombres ganen más, por su innata manera de pensar, y que las mujeres deberían asumir responsabilidades en ciertos ámbitos porque están hechas para ello.

“Es muy difícil conectar estructura y función. E, incluso cuando se encuentra una correlación, uno no puede decir qué ha causado qué”, opina la científica de la Universidad de Tel Aviv (Israel), Daphna Joel. “Muchos investigadores y personas de a pie lo hacen, normalmente tomando diferencias en la estructura del cerebro como prueba de disimilitudes en el comportamiento, en las habilidades cognitivas o en las emocionales”, añade. Para Joel no existe un cerebro de hombre y uno de mujer, como concluyó en una investigación que publicó, a finales de 2015, en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El cerebro mosaico

Para que un cerebro humano pudiera clasificarse como exclusivamente de hombre o de mujer, explica el trabajo de Joel, debería haber un alto grado de dimorfismo y una gran consistencia interna en los rasgos definitorios. Pero la comparación entre
la materia blanca, la materia gris y las conexiones cerebrales de 1.400 cerebros concluyó que las características de ambos sexos se solapan. Hay rasgos que están más presentes en uno u otro sexo, pero no hay una barrera nítida que separe los unos de los otros.

En cuanto a la consistencia interna, algo que no se había analizado hasta que el grupo de Joel se puso a ello, el resultado fue que solo el 6 por ciento de los cerebros podían considerarse totalmente masculinos o totalmente femeninos. “Lo que vimos es que ese tipo de cerebros son muy raros, la mayoría contiene un mosaico de características, algunas más comunes en mujeres en comparación con los hombres, algunas más comunes en hombres en comparación con mujeres, y algunas igual de comunes en mujeres y hombres”, recuerda Joel. Además, esas diferencias son solo un indicador estadístico de un grupo y no pueden ser atribuidas a un individuo concreto. Lo que significa que, en lo que respecta a la estructura del cerebro, hay muchas maneras de ser mujer. Tantas como de ser hombre.

Los cerebros que no mezclan rasgos masculinos y femeninos son muy raros

El propósito del trabajo de Joel era comprobar la teoría del mosaico, que había sido postulada en animales en 2011. Si se cumple, “los efectos del sexo en el cerebro pueden ser diferentes, e incluso opuestos, bajo diferentes condiciones ambientales”, explica la científica. Ese mismo año, el ahora catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Cantabria Benedicto Crespo-Facorro, publicó su propia investigación sobre la variación de la morfología de la corteza cerebral en función del sexo. Halló algunas características diferenciadoras pero opina que, en general, “no hay una consistencia que haga pensar que haya diferencias entre hombres y mujeres”.

El psiquiatra, que también es investigador en el Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM), comenzó a estudiar el cerebro mediante técnicas de resonancia magnética en los años noventa, durante un periodo de formación que pasó en Estados Unidos. Desde entonces, su trabajo también ha transitado por los territorios que las nuevas técnicas han ido abriendo a la investigación científica, muy relacionados con el análisis molecular. Y ha comprobado que cada vez que los científicos se acercan a desvelar las claves que podrían explicar las diferencias socialmente aceptadas entre los hombres y las mujeres, se encuentran con la misma barrera: los resultados no llegan a replicarse del todo. Crespo-Facorro está convencido de que las comparaciones a través de técnicas de imagen no podrán señalar dichas diferencias. “La clave está en el nivel de precisión”, explica. “Como las mujeres y los hombres estamos expuestos a distintas hormonas durante el desarrollo, es posible que la organización del cerebro sea diferente a nivel microestructural, pero eso no lo vemos con la resonancia. Así que estamos tratando de evidenciar con resonancia algo que no puede probarse con esa técnica”, resume.

De lo que no cabe duda es de que no existe dimorfismo sexual en el cerebro: “Eso ya no se lo plantea nadie”, opina el catedrático. “Y, en cualquier caso, tampoco sabemos cuál es el impacto de esas diferencias, si es bueno o malo tener el hipocampo más grande, por ejemplo”, revela.

Nuevas perspectivas

En cierto sentido, no haber encontrado el ansiado dimorfismo sexual en el cerebro humano es frustrante: los médicos saben que la prevalencia del alzhéimer, la depresión y la ansiedad es mayor en las mujeres, y se ha calculado que el autismo es,
al menos, dos veces más común en los varones. Por cada caso de esquizofrenia que debuta en una mujer, 1,4 hombres se enfrentan a la enfermedad.

Si las diferencias entre los cerebros de unos y otras saltaran a la vista, sería más sencillo comprender a qué se deben los fallos. Y tratar la enfermedad. “Pero todavía necesitamos más investigación”, advierte el médico especialista en esquizofrenia. Y piensa que, quizá, la diferenciación del sistema inmunológico durante el neurodesarrollo, mediada por las distintas hormonas, sí produzca circuitos cerebrales específicos en hombres y en mujeres.

Tiene sentido porque está claro que, a nivel endocrino, el cerebro funciona de manera distinta. Así lo explicó Marek Glezerman, un profesor emérito de Obstetricia y Ginecología de la misma universidad israelí de Daphna Joel, en una carta que remitió a la revista PNAS como réplica al artículo del cerebro mosaico. “Las gónadas funcionan de maneras distintas debido a diferencias en el hipotálamo, la pituitaria y el eje que forman [con las primeras]. Estas regiones cerebrales parecen morfológicamente iguales; las hormonas que secretan son exactamente las mismas, solo los patrones de secreción difieren –son pulsátiles en las mujeres y casi constantes en los hombres–, lo que conduce a una función de las gónadas fundamentalmente distinta”, escribió.

La idea sugiere que el futuro está en la observación microscópica de procesos como este de la diferenciación sexual. Las pautas básicas son bien conocidas. A las cinco semanas de gestación, el embrión es, potencialmente, varón y mujer. Una semana después, se pone en marcha el programa de formación de la gónadas, que culminará en ovarios o testículos. Si se están formando los primeros, comienza a producirse testosterona; si están creciendo ovarios, los estrógenos comienzan a fluir. Y las hormonas siguen teniendo influencia en el desarrollo durante largo tiempo, como recuerda cualquiera que haya pasado la adolescencia. Pero es un proceso tan complejo que aún está por ver que sea responsable de la formación de conexiones cerebrales diferentes en función del sexo, como sugiere una importante línea de investigación.

El futuro: más diferencias

“Diferenciar entre sexos, tanto física como mentalmente, es una cuestión que desata mucha atracción desde los orígenes de la ciencia y que sigue atrayéndonos”, admite el investigador español Crespo-Facorro. Y, al fin y al cabo, si los atletas compiten en categorías divididas por su físico distinto, es lícito pensar que el cerebro también pueda marcar una diferencia en otros terrenos. Pero ahora hay que añadir al motivo intelectual  una poderosa razón que hará que más estudios ahonden en este tema. Y lo más probable es que las conclusiones engañosas se vean potenciadas en los próximos años. Por una cuestión de dinero.

Los Institutos Nacionales de Salud, que apoyan la investigación científica en Estados Unidos, requieren desde el año pasado que quienes opten a su financiación para sus proyectos indiquen el sexo de las personas que van a participar en el estudio. El sexo se ha convertido en una variable biológica fundamental en el diseño, el análisis y la difusión de los resultados. La idea es que los científicos reflexionen sobre cómo puede influir en sus experimentos y actúen en consecuencia.

Otros países, como Canadá e Irlanda, y la Comisión Europea, también han establecido este requerimiento. Obviamente, esto no significa que se fomente la búsqueda de diferencias entre los dos sexos. Lo que pasa es que esa información puede ser muy relevante en el área de los estudios clínicos, y también puede modificar el resultado de la investigación básica, a nivel molecular.

Además, hay grupos movilizados para que el papel del cerebro femenino adquiera protagonismo. Pink Concussions, por ejemplo, una organización sin ánimo de lucro estadounidense que, desde 2013, trata de concienciar de que las conmociones cerebrales en las mujeres presentan sintomatología distinta –lo mismo que sucede con los infartos–. Pero los bancos de cerebros que estudian este tipo de lesiones trabajan, fundamentalmente, con ejemplares procedentes de hombres.

Lo lógico es pensar que cuanta más información haya, se publicarán más artículos sobre lo distintos que somos. Pero mejor eso que dejar que venza el sesgo de publicación: que los trabajos que no tengan resultados significativos sobre grandes diferencias por sexos, acaben en un cajón.


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