El circo de la inmortalidad

¿Cuánto tiempo queda para convertirnos en inmortales?

La vida eterna está de moda y, a rebufo de las últimas investigaciones que prometen aumentar nuestra longevidad, se ha desplegado una plétora de personajes dispuestos a vendérnosla. ¿Vale la pena comprársela?

Quo - 19/06/2017

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Aquí la tienen. Esperando el aplauso. Mostrando la juventud de su cuerpo nacido en 1950 y preservado gracias a un mantenimiento que predica desde el siglo pasado –la estrategia que ha propuesto incluye el ejercicio, la cirugía plástica, suplementos como vitaminas y muchas hormonas–. Parece que no ha hecho un mal trabajo, pero da la sensación de que, a la presidenta de Humanity+, Natasha Vita-More, lo que ha conseguido con su cuerpo le sabe a poco.

No en vano ha llegado a presidir la organización que difunde por el mundo el mensaje del transhumanismo, la filosofía que defiende una evolución consciente hacia una sociedad cíborg. En sus visiones del futuro, la alteración del genoma para crear seres humanos mejorados y la nanomedicina para curar todas las enfermedades serán la norma. Pero también insuficientes. Por eso la artista ha desarrollado un curioso diseño: un sugerente cuerpo artificial, ultratecnológico, al que podremos descargar la información de nuestros cerebros y ser virtualmente inmortales. Por supuesto, este cuerpo no existe.

El director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, calcula que podremos vivir indefinidamente antes de 2030

El espíritu del movimiento que representa se parece mucho al que el circo ha explotado durante siglo y medio: acróbatas mentales como Vita-More despliegan un espectáculo cautivador que hace reír, llorar, pensar, reflexionar y volver a la rutina con la certeza de que otra vida es posible. Solo cambia el escenario: la arena ha sido sustituida por moqueta, se ha recogido la carpa para no tapar el sol de Silicon Valley y se ha reemplazado el descampado por las salas de conferencias.

La arriesgada promesa de matar a la muerte

El padre de Juan Carlos (prefiere que no publiquemos su apellido) pesa 104 kilos y tiene 78 años, dos ictus y un infarto a sus espaldas. El hijo no quiere perderlo como a su madre, que falleció hace dos años, y cada vez está más convencido de que la tecnología pronto estará de su parte. Sus expectativas se concentran en el desarrollo de la inteligencia artificial. Parece seducirle la idea de que el progreso tecnológico culminará, más pronto que tarde, en un mundo nuevo en el que “vamos a tener máquinas que serán mil veces más inteligentes que nosotros y que van a poder resolver problemas que nuestro cerebro no es capaz de solucionar”, dice.

Incluso podrían llegar a obrar el milagro de librar a su padre del último viaje, un privilegio tradicionalmente reservado a los dioses. “Si hay algo en lo que puedes creer actualmente es en el avance la tecnología”, subraya. Su visión está inspirada en los análisis que el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, publica en internet. Kurzweil ha predicho que, para 2029, la esperanza de vida aumentará más de 365 días al año. El cálculo implica que, virtualmente, podremos aspirar a vivir indefinidamente.

El ingeniero José Luis Cordeiro, quien participó el pasado mayo en el I Congreso Internacional de Longevidad y Criopreservación celebrado en la sede central del CSIC, en Madrid, amplía con creces las ideas de Kurzweil. “Vamos a poder tener partes mecatrónicas, órganos biónicos, vamos a tener ojos, piernas, brazos biónicos, vamos a poder tener cuatro piernas, ocho piernas, diez brazos; vamos a poder tener muchos ojos, en diferentes posiciones y muchísimo más poderosos”, asegura.
Según él, la inteligencia de las máquinas será más potente que la humana –lo que se ha definido como singularidad– y nos fundiremos con ella en menos de tres décadas. La muerte será opcional para 2045. “Vamos a ver la muerte de la muerte. En menos de tres décadas vamos a poder tener un hardware y un software básicamente inmortales, todo nuestro cerebro va a poder ser subido a la nube, a una especie de internet planetaria, de manera que nuestro conocimiento, nuestras memorias, nuestros amores, puedan vivir para siempre dentro de esta red”, recita de carrerilla.

Un asunto espinoso

Según el programa del congreso madrileño, Cordeiro pertenece a la Singularity University. Pero esta empresa, que se dedica a formar dirigentes tecnológicos en Silicon Valley, desmiente a Quo que tenga alguna relación con ella, y añade que solo hizo labores de asesoría hace años, en los primeros compases de la entidad.

Aubrey de Grey afirma que pronto podremos revertir el proceso del envejecimiento gracias a píldoras, inyecciones y algo de cirugía

Cordeiro reniega de ella, lo que curiosamente no hizo cuando esta revista le preguntó por la institución, en una entrevista. Dice que no es una universidad y que está alejada de la singularidad. “Es algo muy pequeño, estoy en cosas más importantes”, responde cuando se le pregunta por el error en su afiliación, que en las últimas semanas ha sido difundido ampliamente en los medios de comunicación más prestigiosos del país.

Y añade que no entiende qué les pasa a los españoles. “En España hay una obsesión con el tema de la singularidad, parece un culto”, afirma. En efecto, el mensaje ha calado hondo en personas como Juan Carlos, que prestan atención a tan atractivos mensajes.

Aunque, por el gesto con el que Juan Carlos cuenta su historia, parece que no tiene esperanza en que los progresos vayan a ser suficientemente rápidos para él. Por eso se ha planteado un plan B: la posibilidad de criopreservar a su progenitor. El proceso consiste en almacenarlo a -196 ºC una vez haya sido declarado muerto y esperar a que, eventualmente, la ciencia pueda devolverle la vida.

“Es un tema que personalmente me está suponiendo muchos problemas con mi núcleo cercano, que me están tratando como si estuviera loco”, admite. Por eso prefiere no dar su nombre completo. “Pero es que creo que no hay ninguna imposibilidad física ni química ni biológica para descartar la idea. Solo hay problemas técnicos no resueltos”, concluye.

Por eso asistió al congreso celebrado en el CSIC, donde participó el presidente de la fundación estadounidense Alcor, Max More. Esta entidad almacena a 150 personas de todo el mundo en tanques de nitrógeno líquido.

Lo importante es la cabeza

More no se pierde en los detalles. Mira el cuadro completo y lo interpreta como el drama universal que es, el de la finitud del ser humano. More es un filósofo que ha sabido adaptar la idea de la muerte a los nuevos tiempos con destreza. Para él, la muerte solo es la pérdida irreversible de la información necesaria para reconstruir el cerebro, la memoria, la personalidad. Un mal evitable.

A sus 53 años, hace tres décadas que decidió dar su consentimiento para pasar por el trance de la criopreservación cuando le llegue su fin. “Nadie quiere que lo criopreserven, pero es mucho mejor que las alternativas”, confiesa. Y añade: “Mi esperanza es que el progreso será suficientemente rápido como para que el proceso de envejecimiento se enlentezca, se detenga y llegue a revertirse”, antes de que le llegue su hora.

Eso sí, lo único que More quiere conservar de sí mismo, como la mitad de sus pacientes, es la cabeza. “Si podemos reparar el cerebro, regenerar el cuerpo será fácil”, explica. Pero no las tiene todas consigo. Ni siquiera el forzudo del circo, Gregory Fahy, ha conseguido congelar y reactivar un cerebro humano.

Un progreso insuficiente

Fahy es una autoridad mundial en criopreservación. Ha congelado y descongelado con éxito cartílago y córneas, lo que le hace ser optimista sobre la perspectiva de hacer acopio de órganos para trasplantes a demanda. El científico ha presentado sus investigaciones en la revista Cryobiology desde la década de 1980. Pero su mayor logro se publicó el año pasado, en un artículo en el que anunció que había criopreservado y descongelado el cerebro de un conejo. Al parecer, el órgano había mantenido su estructura, aunque no era funcional.

El investigador no descarta que pueda comprenderse el proceso gradual por el que muere un organismo con suficiente detalle como para detenerlo a tiempo y revertirlo, aunque pone más énfasis en las posibilidades de avances menos grandiosos, como poder exportar córneas criopreservadas a países como India, donde la salud ocular es dramáticamente insuficiente. Los hay más ambiciosos.

El elenco del espectáculo cojearía sin uno de los equilibristas más célebres, el responsable científico de la Fundación SENS,  Aubrey de Grey. La facilidad con la que transita entre la ciencia y la futurología quita el aliento. Para De Grey, somos como las máquinas. “Si podemos detectar el daño que el cuerpo se hace a sí mismo, seremos capaces de rejuvenecerlo y hacer que siga trabajando aunque no comprendamos cómo funciona la máquina”. Piensa que podremos rejuvenecer con píldoras e inyecciones, y quizá algo de cirugía ocasional. “Estamos hablando de tecnología pionera y la predicción es muy especulativa, pero pienso que tenemos un 50 por ciento de probabilidades de llegar a conseguirlo en los próximos 20 años”.

La verdad de la ciencia

El I Congreso Internacional de Longevidad y Criopreservación fue un evento un tanto extraño. Los conferenciantes tuvieron la oportunidad de dar rienda suelta a sus vaticinios acerca del domino del ser humano sobre su propia naturaleza. Pero también hubo quienes viajaron hasta el salón de actos de la sede central del CSIC solo para compartir los resultados de investigaciones científicas de primer nivel, serias y prometedoras. Como la de la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, María Blasco, quien se ha hecho célebre por su estudio de los telómeros, los encargados de cerrar los extremos de los cromosomas.

Blasco es una referencia mundial, y su trabajo augura grandes avances. Nadie ha visto nunca los telómeros, pero todos saben que están ahí, acortándose con cada división celular hasta que llegan a su límite; para entonces, el final de la vida está próximo. Su grupo de investigación ha hecho grandes progresos. El más impactante es el que ha conseguido que los ratones de laboratorio vivan un 40 por ciento más de lo habitual. Pero hay mucho más, y mejor.

Juan Carlos Izpisúa es uno de los científicos españoles más influyentes del momento. Sabe, como tantos otros investigadores, que un ser vivo es una explosión de vida bastante alejada de la enfermedad durante sus primeras etapas de desarrollo, y que el daño que se acumula durante décadas hace que se produzcan el envejecimiento y las enfermedades asociadas a él. Lo que le distingue del resto de los científicos es su habilidad en el oficio de domador de fieras microscópicas. Izpisúa trata de modificar el genoma y el epigenoma –las marcas que la experiencia dejan en el genoma, modificando la expresión de sus genes– para curar las enfermedades y ralentizar el envejecimiento. También sabe cómo crear células en el laboratorio para reemplazar a las que
se van perdiendo.

Su equipo ha introducido células humanas en un embrión de cerdo y ha conseguido que se reproduzcan durante un breve periodo. Eventualmente, sus investigaciones podrían ayudar a generar órganos utilizando animales como incubadoras. También está estudiando cómo el anfibio llamado ajolote mejicano regenera sus órganos cada vez que los científicos los cercenan.

Cuando los estudios de Izpisúa, y otros, lleguen a los hospitales, muchas enfermedades asociadas a la vejez y la vejez misma, podrán ser contrarrestadas. Pero eso no nos convertirá en inmortales. De hecho, no está nada clara la ventaja evolutiva que una especie sexual como la nuestra obtendría de la inmortalidad. En cualquier caso, “lo que hoy es posible, ayer fue imposible”, admite Izpisúa en relación a lo que se ve en el circo de la inmortalidad. Pero añade que el experimento inacabado de la criopreservación, tal y como De Grey lo ha descrito, es algo difícil de entender.

“Nos cuesta congelar una célula y volverla a resucitar tras el congelamiento. Entiendo que congelar millones y millones de células que constituyen nuestro organismo, y que funcionen de la misma manera que antes, es una tarea de gigantes que se escapa a mi comprensión”, opina Izpisúa. Y no dice más. Ni falta que hace.


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