Astronomía

Cómo vivir en otro planeta

Manual de supervivencia para cosmonautas

Manuel Montes - 02/02/2015

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Nuestro cuerpo ha evolucionado de modos muy precisos para adecuarse a las características terrestres: temperatura, atmósfera, gravedad, etc. Pero, ¿qué pasaría si  las temperaturas en nuestra bien amada Tierra fuesen las de Mercurio? ¿Y si los días durasen lo que en Venus? ¿De qué modo resolveríamos cosas tan cotidianas como darnos una ducha o hablar por el móvil en Júpiter? Los astrónomos planetarios, encargados de estudiar los cuerpos del Sistema Solar, han echado un vistazo a lo que “se cuece” en otros barrios de nuestro entorno y, como si de la visita a un parque temático se tratase, te mostramos sus conclusiones.

Primera parada: Mercurio. Nuestro reloj biológico no se encuentra muy a gusto aquí. La combinación de sus movimientos de traslación alrededor del Sol (88 días terrestres) y de rotación sobre su eje (59 días) supone experimentar una jornada (de mediodía a mediodía) extremadamente larga: 176 días, lo que duplica la longitud de su año. Muy adecuada para aquellos a quienes siempre nos faltan algunas horas en el trabajo o varios días en las vacaciones, aunque incompatible con nuestros ritmos biológicos.

El infierno tiene nombre de diosa
Para quienes gusten de las atracciones extremas, no obstante, el averno planetario es la atracción llamada Venus. Lo primero que nos llama la atención es su permanente capa nubosa, que no nos deja ver el Sol: una Londres perpetua. La luz visible no la puede atravesar, y desde el interior, poco o nada podríamos ver, pues las condiciones reinantes acabarían instantáneamente con nosotros. Venus es un caso desbocado de efecto invernadero. El 96,5% de su atmósfera está compuesto por dióxido de carbono; el resto es básicamente nitrógeno. Todo lo contrario que en la Tierra. 

En esencia, el CO2 absorbe el 99% del calor que desprende la superficie, lo que eleva la temperatura hasta los 500ºC. Y esta temperatura es idéntica tanto en el ecuador como en los polos, en la cara diurna y en la nocturna. Si pudiéramos vivir allí, nos bastaría con llevar siempre el mismo tipo de ropa… y un paraguas blindado. Los científicos creen que la atmósfera podría experimentar  precipitaciones de ácido sulfúrico. Un tiempo muy poco recomendable para salir a pasear.

Para aquellos que a esta altura estén sufriendo de saudade, o nostalgia del terruño, el más familiar de los paisajes lo encontramos en la zona marciana. Su aspecto visual no es muy distinto de algunos desiertos terrestres. Pero mirándolo más de cerca, las ganas de pasear por él sin protección desaparecen. La atmósfera está hecha en un 95% de CO2. Pero su bajísima densidad (diez mil veces más débil que la venusiana, ya que la mayor parte del CO2 está congelado en la superficie y en los polos) no la hace apropiada para sostener la vida o frenar la llegada de pequeños meteoritos.

La detección de gases atmosféricos típicamente producidos por procesos biológicos sugiere que Marte podría tener vida microscópica en el subsuelo, el único lugar seguro. El núcleo metálico marciano ya no gira; los volcanes, los mayores del Sistema Solar por la baja gravedad, se han apagado, y el campo magnético del planeta ha desaparecido, lo que ha permitido la llegada de partículas cósmicas muy energéticas.

Un sistema planetario paralelo
Bienvenidos a la mayor de nuestras atracciones. Júpiter es, de los planetas gaseosos del Sistema Solar, el de más masa, pero no la suficiente como para haberse convertido en estrella. A pesar de todo, su gran número de satélites y el tamaño de estos lo han convertido en el centro de un sistema planetario en miniatura. Sus lunas más interesantes son, precisamente, las mayores. Entre ellas destacan Ío y Europa, por razones opuestas.

Pisar Ío es volver a penetrar en los abismos infernales. Se trata del cuerpo más activo, geológicamente, del Sistema Solar. Cercano a Júpiter, este satélite sufre efectos de marea que distorsionan su estructura. Su interior está revolucionado, y varios volcanes (más bien grandes géiseres) expelen constantemente materiales al exterior. Aquí nos esperarían posibles seísmos y lluvias de productos sulfurosos. El calor interno generado por esta luna alcanza una cifra de 100 millones de megavatios. En cambio, Europa es un satélite mucho más tranquilo. Consiste en realidad en un mundo submarino, pues bajo la corteza de agua helada que rodea por completo el satélite debe existir una zona líquida que los científicos están deseando estudiar.

El propio Júpiter es escenario de procesos poco comunes y peligrosos. Su millón de rads (medida de radiación) es muy superior a los 300 que pueden matar a un ser humano. Suponiendo que la fabricaran, nos haría falta una crema protectora de un factor 10 millones.

La gran masa de Júpiter, compuesto básicamente de hidrógeno, también llama la atención. Este elemento no se muestra sólo gaseoso o líquido, como ocurre en la Tierra. El hidrógeno situado a 20.000 km de la superficie de las nubes se comporta ya como un metal líquido.

Esperamos que la visita a nuestro parque haya sido agradable, y no olviden dejar la basura en los contenedores adecuados. Desechos espaciales tenemos de sobra. Gracias.


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